Icono del sitio Parròquia de Sant Isidre Llaurador

Buscarse un entrenador personal

 

Entre las modas de gente que sale en los “papeles” y en ciertos medios de comunicación, está la de tener un entrenador personal; sobre todo esto se pone de relieve cuando se quiere hablar de salud  y de mantener la figura como si no pasasen los años. Pero, incluso en los gimnasios al alcance de casi todos, hay personas que cuidan de “personalizar” el esfuerzo físico, dosificándolo y adaptándolo a cada constitución física y a cada edad.

Como siempre, las cosas del mundo y de la moda, las entendemos a la perfección y sin embargo, lo mismo aplicado al alma, hace muchos decenios que entró en crisis, abandonándose con mil y una excusas. Me refiero a la dirección espiritual.

La dirección espiritual va entrenando el alma y guiando con la fe, la esperanza y el esfuerzo personal, las diferentes etapas de la vida. El sacerdote, con prudencia y con la gracia de estado, acompaña al católico en su seguimiento de Jesucristo y en su vivir como hijo de la Iglesia.

Ir por libre, en cambio, no lo aceptaríamos en cualquier disciplina artística, musical o deportiva; pero hace demasiado tiempo que entró este “ir por libre” en la espiritualidad católica. No en todos ciertamente, pero sí mayoritariamente. 

El priorizar muchos sacerdotes las acciones sociales casi de manera exclusiva, primó, en ocasiones, la “actividad” sobre la “identidad” del creyente. Voluntariados y experiencias pastorales diversas, proporcionando satisfacción inmediata, llevaron a descuidar el trabajo interior, que no se ve pero que determina nuestra manera de actuar y vivir.

Hacer el bien una temporada, una etapa de la vida en que no tienes otros compromisos, sin quitar mérito a la ayuda que se presta, tenemos que reconocer que no es difícil; en cambio intentar ayudar, hacer el bien, donde estés y con quien estés, de manera permanente, no es nada fácil.

Por eso necesitamos quien nos vaya guiando, iluminando con la fe nuestras diversas situaciones; haciéndonos reflexionar sobre lo que hacemos y porqué lo hacemos y manteniendo la luz de Cristo encendida en nuestra vida, tal como la Iglesia nos entregó en nuestro Bautismo: “Recibe la luz de Cristo; que el pecado no apague esta luz”.

El director espiritual, el confesor, no es el amigo que a todo te dice que sí y que te comprende, dándote la razón; sino el que te hace pensar, te muestra tu limitación y te ayuda a fortalecer lo que está más débil. Te invita al esfuerzo personal, con la ayuda de la gracia de Dios.  

Y sí, necesitamos alguien que nos ofrezca otra perspectiva desde la fe. ¿Alguien se ha visto su propia espalda? Sí, con un espejo. Pues eso, necesitamos quien nos ayude a conocernos.

Buen final de Cuaresma y provechosa Semana Santa.

 

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

 

Editorial Marzo 2024

Salir de la versión móvil