Llevamos unos meses con el corazón y la oración puestos en el sucesor de Pedro, el Papa de Roma. Primero, la enfermedad del Papa Francisco, hasta sus últimos días, nos hacían sufrir viendo su deterioro físico. El 21 de abril entregó su alma a Dios y el sábado día 26 sus exequias fueron en la plaza de San Pedro del Vaticano y el entierro en la Basílica de Santa María la Mayor de Roma. Después, la preparación del Cónclave y la elección del Cardenal Prevost, en cuarta votación en la Capilla Sixtina, hizo que el jueves 8 de mayo, se anunciara al mundo que teníamos un nuevo Papa que había tomado el nombre de León XIV. Todos estos acontecimientos centraron los ojos de todo el mundo en Roma y en la Iglesia Católica.
Nuestro nuevo Papa León XIV se presentó al mundo como hijo de San Agustín, es decir, como religioso agustino con un marcado acento misionero que le hizo pasar décadas en Perú, siendo los diez últimos años obispo de Chiclayo (Perú) nombrado por el Papa Francisco.
En este tiempo hemos tenido acceso a abundantes biografías suyas que nos muestran sus capacidades de gobierno, humildad, escucha y diálogo; así como un fuerte enraizamiento espiritual en la Orden religiosa de San Agustín a la que pertenece.
En estos primeros días de pontificado ya hemos podido vislumbrar las líneas que irán marcando el camino de la Iglesia, pero destacaría la invitación a que seamos misioneros en medio del mundo que vivimos aquí y ahora. Complejidad social; ideologías que dirigen e influyen en las masas humanas y en las nuevas generaciones; desigualdades de todo género; confusionismo en los derechos y deberes del ser humano; olvido y marginación de lo espiritual y trascendente, así como la pérdida y vivencia de la transmisión de la fe, a través de las costumbres, tradiciones y expresión litúrgica.
Nuestro nuevo Papa León XIV, entre muchísimas cosas que ya nos ha dicho, insistió desde el primer momento en que en medio de la incredulidad y de las dificultades vivamos con ardor misionero nuestra identidad católica, siendo sal y luz como quiere el Señor y tendiendo puentes para que a través de nuestro estilo de vida, Jesucristo sea conocido y amado.
Me permito ofreceros, queridos feligreses, esta breve adaptación de la Regla de San Agustín, que de manera sencilla puede ayudarnos a vivir nuestra vida cristiana como hijos de Dios e hijos de la Iglesia.
1. Ante todo, amad a Dios y después también al prójimo, porque estos son los mandamientos que principalmente se nos han dado.
2. Vivid unánimes y tened un alma sola y un solo corazón hacia Dios.
3. No todos tenéis iguales fuerzas, así que a cada uno según su necesidad.
4. Aspirad a que lo que tengáis, de buen grado sea común.
5. Honrad los unos en los otros a Dios, de quien sois templos vivos.
6. Aplicaos con instancia a la oración en las horas y tiempos señalados.
7. Que sienta el corazón lo que dice la boca, cuando alabáis a Dios.
8. Más vale necesitar poco que tener mucho.
9. No os hagáis notar por vuestro porte, ni pretendáis agradar con los vestidos, sino con la conducta.
10. Conoceréis que adelantáis en virtud cuando cuidéis y procuréis el bien común antes que el propio.
11. Absteneos de las palabras demasiado duras, pero si alguna vez las pronunciáis, no os avergoncéis de aplicar el remedio con la misma boca que produjo la herida.
12. Exhalar en vuestra conversación y en toda vuestra vida el buen olor de Cristo, no como siervos bajo el peso de la ley, sino como hombres libres dirigidos por el Espíritu Santo.
El señor que nos envía a la misión para, instaurar todas las cosas en Cristo, nos dará la luz y la fuerza que necesitamos.
Francisco Prieto Rodríguez, pbro.
Párroco.

