A muchos creyentes les resulta actualmente difícil entender la existencia de un precepto eclesiástico que impone la asistencia a la misa dominical. A este propósito hay que decir que la Iglesia de los primeros tiempos no urgió con preceptos disciplinares especiales la asistencia a la asamblea dominical. Era algo tan normal y estaba tan arraigado en la conciencia de los fieles que éstos no necesitaron leyes especiales para asegurar su presencia en la misa dominical. La asistencia en los primeros siglos aparece como fruto de un convencimiento personal profundo y no como resultado de una imposición disciplinar.
No es tanto la urgencia del precepto lo que debe mover a los fieles a participar en la asamblea eucarística dominical, cuanto la necesidad interior, vivida con responsabilidad personal, de celebrar la fe con los hermanos y de compartir fraternalmente el Cuerpo y la Sangre del Señor. Son muy elocuentes a este respecto las palabras de la Didascalía de los Apóstoles: “No os despreciéis, pues, a vosotros mismos y no privéis a nuestro Salvador de sus miembros; no dividáis y no disperséis su cuerpo; no antepongáis vuestros asuntos a la Palabra de Dios, sino abandonad todo en el día del Señor y corred con diligencia a vuestras asambleas, pues aquí está vuestra alabanza. Si no, ¿qué excusa tendrían ante Dios los que no se reúnen el día del Señor para escuchar la palabra de vida y nutrirse del alimento divino, que permanece eternamente?”.
La grave crisis de vocaciones sacerdotales que padecemos estos últimos años en España está afectando al servicio pastoral que la Iglesia presta a las comunidades católicas. Tampoco son pocos los sacerdotes que se están viendo obligados a multiplicar su presencia en distintas comunidades parroquiales, a fin de asegurar la Eucaristía dominical. En realidad, apenas si hemos tomado conciencia del problema.
Demos gracias a Dios porque en nuestra parroquia se celebra diariamente la Eucaristía, así como los domingos y fiestas cristianas. Pero no olvidemos que ordinariamente Dios perfecciona la naturaleza, pero no la suple y que lo que está en nuestras manos es responsabilidad nuestra. Faltan vocaciones porque falta vida cristiana. Y falta vida cristiana porque hemos olvidado ser sal y luz en nuestros ambientes.
Propongámonos fomentar la vida cristiana con nuestra manera de vivir la fe, guiados por los diez mandamientos de la Ley de Dios y de los cinco mandamientos de la santa madre Iglesia; defendamos los valores de la familia y de la educación católica de la infancia y la juventud. En una sociedad democrática y libre, los católicos obedecemos a Jesucristo; y Él es el que nos manda predicar el Evangelio de la Salvación, que nos transmitió como Buena Noticia para la humanidad.
Francisco Prieto Rodríguez, pbro.
Párroco

