La fuente de la esperanza es Cristo

La Iglesia se sigue presentando con el mismo anuncio de siempre, que es su único tesoro: Jesucristo es el Señor; en Él, y en ningún otro, podemos salvarnos (Hch 4,12). La fuente de la esperanza, para Europa y el mundo entero, es Cristo, y la Iglesia es el canal a través del cual pasa y se difunde la ola de gracia que fluye del Corazón traspasado del Redentor. San Juan Pablo II confesaba lleno de esperanza que el Señor resucitado y vivo es la única y verdadera esperanza del hombre y de su historia.

El último libro de la revelación, el Apocalipsis, clama “Ven, Señor Jesús”. Es quizás, la invocación más antigua que conservamos. ¡Maranathá! ¡Ven, Señor Jesús!. Es una palabra aramea, la lengua que hablaba Jesús. Es una exclamación que se conservó en su dicción original. Con este mismo grito, el Apocalipsis cierra el Nuevo Testamento.

Pastores y comunidades caminamos muchas veces, bajo el síndrome del atardecer, como la Iglesia de Laodicea, pues la tibieza y el escándalo se han apoderado de nosotros. Pero no todo está perdido, pues Dios sigue llamando a nuestra puerta y nos espera con infinita paciencia. Si le abrimos nuestro corazón, seremos renovados para anunciar, henchidos de esperanza, la esperanza del reino entre nosotros.

En medio de esta esterilidad que experimentamos, Dios continua presente tejiendo los hilos de la historia, de manera incomprensible para nosotros. La tarea profética del pastor hoy, junto a la enseñanza y a la guía por el desierto de la comunidad, es mantener y levantar el ánimo y la esperanza del pueblo de Dios.

Dejemos de lado el miedo, la resignación y la nostalgia del pasado y, con la valentía de los mártires, confesemos nuestra fe en Dios, como una confesión de esperanza en el futuro, conscientes de que el Señor nos acompaña y nos lleva de la mano.

 

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

 

Editorial Octubre 2022

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