Adquirir buenos hábitos

El paso de los valores a las virtudes es el paso de la teoría del bien a la práctica del bien. Ese tránsito se da por el puente de los hábitos. Las virtudes son hábitos adquiridos. No nacemos con ellas. Solo la repetición de un mismo acto cristaliza en un tipo de conducta estable y fácil que llamamos hábito. Gracias a los hábitos, el hombre no está condenado como Sísifo a empezar constantemente de cero. Y el secreto para afianzar una conducta no es otro que la repetición.

Un acto aislado no constituye un modo de ser. Sabemos que para consolidar una conducta es imprescindible la repetición de los mismos actos. Por eso se ha dicho que quien siembra actos recoge hábitos, y quien recoge hábitos cosecha su propio carácter. En consecuencia, “adquirir desde jóvenes ciertos hábitos no tiene poca o mucha importancia: tiene una importancia absoluta” (Aristóteles). Los pedagogos  saben que, si los hábitos perfectivos no arraigan pronto, la personalidad del niño queda a merced de sus deseos.

El esfuerzo es necesario. “El arte de vivir se parece más a la lucha que a la danza”, sentenció el emperador Marco Aurelio. Por una misteriosa incoherencia (los católicos lo llamamos pecado original), ningún hombre es como a él le gustaría ser. Sabemos que los seres humanos traicionan a menudo sus propias convicciones éticas, no hacen el bien ni evitan el mal que deberían. En esa debilidad constitutiva se manifiesta también la necesidad de la fortaleza. Unas veces, son los bienes primarios quienes ejercen una presión desmedida: la comida, la bebida, el sexo, la comodidad o la salud pueden adquirir un atractivo casi irresistible. En otros casos, el desorden nace del enorme protagonismo que hemos ido concediendo al dinero, al trabajo, a la posición social. Las concesiones a cualquier desorden cristalizan en un hábito desordenado, en un vicio. 

Nos proponemos muchas cosas y no hacemos lo que nos habíamos propuesto. Ese querer y no querer es una experiencia de incoherencia interna, de debilidad humana, como si algo estuviera estropeado dentro de nosotros. Hasta aquí llega la reflexión ética, y la reflexión espiritual continúa diciéndonos que la gracia, que no suple a la naturaleza, sí la perfecciona con los sacramentos que acompañan la vida del creyente.

Nos esforzamos en pulir nuestros defectos, pero no lo hacemos como Sísifo, sino como aquél que se siente perdonado una y otra vez y puede comenzar una nueva etapa con el auxilio de la gracia de Dios; que no solo conoce nuestro error, vicio o pecado, sino que conoce también nuestro interior y nuestra buena disposición para continuar en el camino del bien, apartándonos del camino del mal.

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

Editorial Agosto 2021

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