Ser instrumentos de Dios

La Iglesia no puede repetir lo que dice el mundo. Debe decir lo que le es propio, sin traicionarlo por querer evitar la cruz y el sufrimiento que comporta ir contra corriente.

Un padre/madre/amigo no es mejor padre/madre/amigo por darle la razón a su hijo o amigo sin más. Es verdadero padre/madre/amigo, cuando te dice lo que nadie se atreverá a decirte y lo que cree sinceramente.

Escuchar, comprender, compartir,…no quiere decir no tener opinión o criterio propio, por el temor a ser catalogado de antiguo y de no estar al día de las cosas modernas.

A todo esto se añade la osadía e inconsciencia, bastante generalizada, de querer opinar y creer saber de todo, sin tener necesidad de escuchar a nadie.

En este ambiente, los católicos debemos saber dónde estamos, qué significa nuestra pertenencia a la Iglesia católica y cuales han de ser nuestros criterios de actuación en la sociedad en que vivimos.

Para nosotros la Eucaristía y los Sacramentos, son los puntos más importantes de nuestra fe, pues alimentan nuestra vida cristiana, y no están regulados por el capricho, moda o interpretación personal del momento. La Iglesia no es un auto-servicio en el que cojo lo que me gusta y aparto lo que no.

La Iglesia, Esposa de Cristo, ha de transmitir el mensaje de salvación en todo tiempo y lugar, que comienza por invitar a la conversión personal y empezar una nueva vida en Cristo.

Y así, como en una orquesta, armónicamente, deberíamos funcionar las comunidades de seguidores de Cristo. Dirigidos por los pastores de la Iglesia y alimentados con su doctrina.

En un mundo mediatizado por las presiones publicitarias, que modelan las conductas y encaminan el pensamiento, la verdad de Cristo debe resplandecer para orientar el comportamiento de sus seguidores.

Cada uno, donde esté, tiene la obligación de hacer el bien, ser responsable del trabajo que se ejerce y pensar en los demás.

Si una persona va a Misa, va a encontrarse con Cristo y alimentarse de su Palabra y de su Cuerpo, para poder, en la familia y en el trabajo, intentar ser una buena persona que evite el mal, haga el bien y practique la caridad con todo el mundo.

Por eso el templo del Señor merece respeto y los que asisten, también. Debemos recordar que nuestra libertad se acaba, donde comienza la libertad de los demás.

La moral católica sigue estando en vigor, por lo que los Mandamientos de la Ley de Dios y de la Santa Madre Iglesia son fundamentales para vivir en cristiano. No hay mejor examen de conciencia que repasar los mandamientos.

Uno va a Misa, no para encontrarse con los “suyos” y buscar que Dios nos dé la razón. Uno va a Misa para encontrarse con Dios y abrirle el alma, pedir perdón por los pecados cometidos y suplicar su gracia y su misericordia, para uno mismo y para nuestro mundo.

San Agustín decía que era obispo para sus fieles y cristiano con sus fieles.

Nuestro bautismo, nuestra fe, debe ser la clave de interpretación de la sinfonía de la vida y, a través de ella, valorar los principios que rigen nuestra vida, sean los políticos, los económicos o la manera de vivir. Si pensamos como piensa el mundo; si nuestros criterios son los del mundo, entonces debemos pensar qué significa para nosotros el ser cristianos.

El mundo, uno de los enemigos del alma, nos ofrece espejismos de felicidad, como si todo se pudiera comprar y vender. Como si no hubiera nada más que el disfrutar y aparentar. No habla de las personas que quedan en la cuneta de la vida, destrozadas y frustradas, por no conseguir las expectativas anunciadas.

La fe que hemos recibido es un don, un tesoro, que debemos cuidar.

Nos invita a ir hacia Dios, el único que puede sanar las heridas de la vida y de nuestro corazón, ofreciéndonos la vida eterna. Y nos confía la hermosa misión de ser instrumentos de Dios para las situaciones de la vida y personas que nos encontremos.

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

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