¿Ser o parecer?

¿Vivir ofreciendo una “imagen” o vivir siendo como tú eres realmente?

Estamos muy condicionados por las modas y la presión ambiental que nos empuja a “estar al día”. Pero, aunque ser uno mismo no es nada fácil, no podemos dejar de planteárnoslo porque, ni más ni menos, nos jugamos el ser felices el tiempo que tengamos de vida.

Voces que alertan de la importancia de este planteamiento siguen apareciendo, gracias a Dios, pero su difusión es minoritaria y no pueden competir con la vorágine ambiental que intenta conducir a la sociedad.

Sembrar una idea en un corazón y en una mente, sigue siendo lo más revolucionario que se puede hacer. De aquí la disputa constante en los medios políticos por las plataformas educativas. Pero parece que más que el bien común o el deseo de una sociedad mejor a través de la cultura y el saber para todos, solo se intenta imponer una determinada manera de vivir.

Atreverse a pensar, a conocer la historia, a reflexionar sobre lo que está bien o mal, hace a la persona libre para tomar sus propias decisiones. Vivir con una ética, hagas lo que hagas, es fundamental y no tiene que plantearse ninguna persecución por las ideas religiosas que se puedan tener.

Un cristiano, un católico, un agnóstico, un ateo, un creyente de cualquier otra religión, ¿acaso no ha de ser honrado? ¿no ha de ser responsable de sus actos? ¿no debe ser coherente con lo que dice?.

Una auténtica educación social pasa por ayudar a ser personas libres que sean capaces de tomar sus propias decisiones y afrontar el siempre condicionante “qué dirán”.

El problema de las personas que nos han sumido en las diferentes crisis de las últimas décadas, o del último siglo, no es que tuvieran un bajo nivel de matemáticas, ciencias o gramática, saberes necesarios, sin duda; su problema era la falta de ética y de valores humanos.

Con el exceso de tecnología a edades inadecuadas, estamos creando generaciones de espectadores de la vida, incapaces de tomar decisiones libres que aporten soluciones a los problemas que tenemos planteados, y esperando siempre que alguien haga algo o que el Estado lo resuelva. Así se mantiene a la población en un estado de adolescencia perpetua.

La educación debe ayudar a desarrollar la individualidad, pero también ayudar a pensar en los demás.

La transformación social solo será posible desde la transformación personal.

El reto que tenemos por delante es ayudar a formar personas libres para asumir su propia vida y ser felices como son; que saben pensar y ayudan a los demás a  encontrar el sentido de su propia vida, sin tener que estar sometidos a las presiones y dictaduras que condicionan la existencia.

Qué escogemos, ¿un minuto de vanagloria, de apariencia, de lucimiento ante el que te escucha? ¿O bien ser lo que somos, con humildad, felices, y sin tener que vivir de cara a la galería?

¿Dónde queremos estar? El miedo nos hace marionetas y cuando nos dicen que “todo el mundo lo hace”, se tranquiliza nuestra conciencia.

Jesucristo no vino a contentar al mundo, sino a darle la luz de la Verdad, enseñándonos el camino hacia la Vida eterna.

El Señor nos dice que estemos en el mundo, sin ser del mundo. Por eso, apliquémonos aquella frase histórica que dice: “Más vale honra sin barcos, que barcos sin honra”.

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

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