Sin Sacerdotes, No Hay Sacramentos
Constatar la situación real es necesario; reflexionar sobre las causas que nos han llevado a esta situación es urgente; adoptar los cambios de rumbo tanto sociales como religiosos pide valentía y determinación.
Influye en la dramática disminución de sacerdotes y vida religiosa la disminución de la natalidad, la desestructuración de la familia, las influencias de las filosofías imperantes y derivadas del poco reflexionado “mayo del 68” y su influencia en la sociedad actual. Afectó a la sociedad y la Iglesia y su acción apostólica, así como en la vida de los consagrados. El ambiguo “espíritu del Concilio” defendía el espíritu de ruptura con la tradición anterior y abría la puerta, sin ningún tipo de filtro a todo lo que supusiese novedad, solo por el hecho de serlo.
Como ya nos dijo el Señor, la cizaña crece junto al trigo y hay que esperar a que se puedan distinguir sus diferencias, no vaya a ser que confundamos una cosa con otra. Pero ya han pasado sesenta años de aquellos momentos en que parecía que nos íbamos a comer el mundo y los frutos del trigo y de la cizaña son bien diferentes. Pero si hay algo en el Evangelio es la llamada constante a la conversión y a la esperanza en la misericordia de Dios.
Sed valientes, no temáis, yo estoy con vosotros hasta el fin del mundo, nos dice el Señor. Así pues, pasemos de la reflexión a la acción. Estamos en cuaresma y que se note el cambio en nuestra manera de pensar, que nos conduce a un estilo de vivir y obrar.
No separemos la sexualidad de los sentimientos porque nos lleva a la desestabilización y confusión en el vivir la dimensión de la familia, donde desde la estabilidad y la búsqueda de la armonía a través del respeto mutuo, vamos creciendo y madurando, como célula de la sociedad.
No podemos vivir como niños malcriados que creen que tienen derecho a todo, creciendo a su antojo y sin ninguna obligación. Solo derechos y ninguna responsabilidad en nada. Aprender a valorar lo que tenemos y saber que las cosas, como los estudios, la familia, el trabajo bien hecho, piden esfuerzo y dedicación.
Tratar a los demás, como queremos que nos traten a nosotros, es el consejo que nos da el Señor para construir unas buenas relaciones humanas.
Y Dios, siempre por encima de todo, pues la fe es un don y la práctica religiosa un regalo que alimenta y cuida nuestra espiritualidad y contacto con el Señor. Cuidar nuestra fe y practicarla con humildad, sencillez, agradecimiento y alegría nos ha de distinguir como hombres y mujeres que en el vivir cotidiano exhalan el buen olor de Cristo a través de las obras.
La catequesis es la transmisión de la fe, de las oraciones, del culto y de la piedad que va acompañando las distintas etapas de la vida. Y de una comunidad ferviente, que vive y guarda la fe y los valores transmitidos de generación en generación, podrán surgir jóvenes que, oyendo la llamada del Señor, quieran ser sacerdotes para ser “otro Cristo” en medio de sus hermanos los hombres.
Francisco Prieto Rodríguez, pbro.
Párroco




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