Sabiduría que no es de este mundo
La sabiduría de este mundo es necedad ante Dios (1Cor 3,19). En tiempos de Jesús se habían establecido seiscientos trece preceptos derivados de la Ley de Dios: doscientos cuarenta y ocho positivos y trescientos sesenta y cinco prohibiciones; tantas prohibiciones como días tiene el año.
Seiscientos trece mandamientos para aprender; seiscientos trece mandamientos para recordar; seiscientos trece mandamientos para poner en práctica.
San Pablo quiere observar la Ley y cumplirla de corazón, pero hizo la dolorosa experiencia de que con solo la buena voluntad no basta. Por eso se indigna contra los hipócritas que van todos los sábados a la sinagoga, ocupando los primeros puestos, siendo al mismo tiempo duros con sus empleados o con sus familias. Y el mismo san Pablo experimenta la amargura de su propia debilidad que lo humilla. Por resumir su situación diciendo que “querer está a mi alcance, pero hacer lo bueno, no. Pues no hago lo bueno que deseo, sino que obro lo malo que no deseo”.
Camino de Damasco, la experiencia que tiene con Jesús le hace ver que todos sus esfuerzos por querer hacer cumplir la Ley no era la forma adecuada. Aquel día fue captado por el amor de Cristo. Hasta ese momento había vivido tratando de merecer el amor de Dios, cumpliendo y haciendo cumplir los seiscientos trece preceptos del buen israelita. Su experiencia fundamental la cuenta diciendo: “Porque nos apremia el amor de Cristo al considerar que, si uno murió por todos, todos murieron: Y Cristo murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos”.
Y descubre la sencillez del amor de Dios, y se descubre repentinamente como alguien que puede ser amado. Lo que entra en su vida no son nuevos preceptos, sino la certeza de ser infinitamente amado. Y eso le cambió la vida, pues quedó liberado no solo de la maraña de mandamientos y obligaciones, sino de sí mismo y de su ansia de perfeccionamiento. Ahora le basta mirar a Cristo que le ama y ha dado su vida por él.
Ha descubierto que la santidad no es el cumplimiento de normas ni una agotadora subida a la perfección, sino la alianza, la amistad con Cristo y la vida con Dios en todo momento y circunstancia.
Quien a Dios tiene nada le falta. Solo Dios basta.
Francisco Prieto Rodríguez, pbro.
Párroco.




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