Tiempo de hacer buenas elecciones

Ya estamos celebrando el esperado tiempo pascual, culmen de todo el año litúrgico y celebración gozosa y esperanzada de la resurrección del Señor en la que esperamos poder participar.

Un sinfín de aspectos se nos irán ofreciendo durante el tiempo pascual, para nuestra oración y meditación, con el fin de iluminar nuestra vida cristiana, pero siempre con la elección que renovamos, en las promesas bautismales, en la solemne Vigilia Pascual: ¿Renuncias a Satanás, a sus obras y a todas sus seducciones? El enemigo es Satanás. 

 ¿El amigo, el apoyo, dónde está? He aquí: ¿Crees en Dios Padre Todopoderoso? ¿Crees en Jesucristo, su Hijo único, que nació y sufrió? ¿Crees en el Espíritu Santo, en la santa Iglesia católica, en la comunión de los santos, la resurrección de la carne y la vida perdurable?

San Ignacio vio eso muy bien. Dos ejércitos formados en batalla, a las órdenes de dos príncipes y grandes capitanes. De los dos estandartes, uno es rojo y negro, llevando el pecado y la muerte escondidos en sus dobladuras. El otro es blanco y rojo, llevando bordados dos corazones, símbolos de pureza y de amor, con los nombres de Jesús y María.

Es el combate de la luz contra las tinieblas, de la tierra contra el cielo, y si los dos estandartes son igualmente rojos es porque la sangre derramada de los mártires, es la misma sangre que tienen los que la derraman.

Bautizarse es escoger bando y bandera. Esta lucha espiritual se parece mucho a nuestras guerras modernas, donde nada es seguro, donde el enemigo está en todos lados.

Tú, Señor, nos has avisado que hay que temer más al falso hermano que al enemigo declarado, y aún más al enemigo que está en nuestro propio corazón. Luchas por fuera, angustias por dentro, decía el apóstol Pablo.

Escoger el lado de Cristo es rechazar astucias, seducciones, adulaciones, promesas, placeres, riquezas. Y si resistimos, también hay que asumir odios, torturas, desprecios, persecuciones, calumnias y angustias de toda clase por haber rechazado lo que todo el mundo busca.

Luchar contra Satanás y todo su mundo hoy es raro, pero le pedimos al Señor que nos despierte el Espíritu recibido en el Bautismo, pues vivimos en medio de la confusión, sin normas morales, donde todo está permitido y da igual lo que se haga en contra de la vida o en la banalización y degradación de la hermosa sexualidad que Dios nos ha concedido para amar y ser amados.

No es fácil vivir contra corriente y en minoría. Pero mirando el estandarte de Cristo, porque lo prometimos el día de nuestro bautismo, y con su gracia, sigamos en el combate contra las seducciones de Satanás.

San Juan Pablo II, en un momento en que debía escoger entre las dos banderas, sintió en su corazón estas palabras: “El mal se destruye a sí mismo. Tú dedícate a hacer el bien”.

¿Por dónde empezamos? ¿Qué tenemos que hacer? Por cuidar y salvar el amor y la unidad en nuestras familias, donde crecemos y nos desarrollamos armoniosamente, cuidando el cuerpo y el espíritu. No separándonos ni dividiéndonos entre los católicos, sino que vivamos unidos en la familia de los hijos de Dios que es la Iglesia. Y, huyendo de mediocridades, hagamos todas las cosas como si solo dependieran de nosotros, pero con la confianza del que sabe que todo depende de Dios.

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

Pórtate siempre con educación, y no hagas a otro lo que a ti no te agrada

Prácticamente todo el mes de marzo, a excepción de la solemnidad de san José y de la Anunciación del Señor, son días cuaresmales. Es decir, tiempo de intensificar la oración, pidiendo perdón a Dios por nuestros pecados, y de penitencia, como signo de conversión y reparación por el mal cometido. 

Jesús preguntó, en cierta ocasión, a sus apóstoles: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Pedro tomó la palabra y dijo: Tú eres el Hijo de Dios vivo. Le dice Jesús: Dichoso tú, Simón, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo”. (Mt 16,15).

Hay pues, un saber, un conocimiento, una sabiduría humana, que no se adquiere por cauces puramente científicos o académicos, sino que son fruto de la gracia, cuando sabemos estar atentos y a la escucha de la profundidad de nuestro ser, que se abre al espíritu de Dios. 

Los frutos de esa Sabiduría, todo el mundo los aprecia y alaba, pues son valores de los que andamos siempre bastante escasos: sensatez, prudencia, honestidad, buen criterio, sano juicio, sentido común (así llamado porque se supone connatural al ser humano, pero del que se dice que es el menos común de los sentidos). 

Pero si no plantamos el Árbol de la Sabiduría cuando somos jóvenes, no podrá darnos su sombra en la vejez.

Vivimos un momento de la historia en que se está recogiendo lo sembrado en el siglo XIX y buena parte del XX: el “nihilismo” como forma de vida, en el que con la “muerte de Dios” el ser humano vive la plena autonomía; el hombre como dios de sí mismo.

El Sínodo de los Obispos Europeos de 1999 declaraba en el documento final que Europa, religiosamente hablando, ha ido renunciando a sus raíces y se ha instalado en el indiferentismo, sumida en lo puramente material y económico. Vive como si Dios no existiera.

San Juan Pablo II decía, en “Mi Decálogo para el tercer milenio”, que un mundo sin Dios, antes o después, termina construyéndose contra el hombre y que al hombre contemporáneo le resulta difícil aceptar la fe, porque le asustan las exigencias morales que la fe representa.

La Sagrada Escritura nos habla de una “Sabiduría” que se ofrece al ser humano que está dispuesto a la reflexión sobre sí mismo y sobre su propia existencia (Sabiduría 6,12-16).

Para alcanzar esta sabiduría que Dios nos ofrece, pongamos los primeros peldaños que dan título a esta reflexión y que no podemos dar por supuestos: ser educados y respetuosos en todo momento y con todas las personas y no hacer a los demás lo que no queremos que nos hagan a nosotros. (Tobías 4, 14-15).

Si nos esforzamos en estos dos humildes propósitos seguro que Dios bendecirá nuestros esfuerzos de conversión cuaresmal y avanzaremos hacia la Sabiduría.

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

El silencio de Dios

Hemos pasado la gran tragedia del Holocausto, el horror de Ruanda y seguimos con  otros genocidios que asolan países diversos (de unos se habla mucho y de otros nada), y muestran la cara del mal y del horror del ser humano contra el ser humano. Muchas veces ha resonado la terrible pregunta ¿Por qué Dios calla y no lo evita?.

Desde la razón y desde lo incomprensible que son estos hechos, aparece “la libertad humana” con todo su dramatismo. Libertad de la que presumimos orgullosos en todo momento y de la que decimos que no podemos vivir sin ella.

Pero delante de tantas maldades causadas por el propio ser humano, pedimos explicaciones a Dios, para no asumir nuestra responsabilidad.

¿Acaso Dios es culpable de que usemos mal nuestra libertad? ¿No somos nosotros los que causamos el dolor y muerte, a otros semejantes? ¿Sale de Dios el odio y la violencia que anida en los corazones y que lleva a cometer semejantes crímenes? ¿Es Dios culpable que yo sea envidioso, maledicente y tenga una mirada turbia sobre las personas y acontecimientos?.

Dios nos ha concedido esa libertad que no es libertinaje, pero que se confunde muy a menudo. Ser libres es un don para buscar, con nuestra inteligencia y voluntad, el camino del bien, no para elevar nuestro “yo” por encima de los que nos rodean y que tienen los mismos derechos que nosotros en este mundo.

No pidamos a Dios lo que no hacemos nosotros.

El deseo de que Dios cumpla nuestros deseos sin más, es la gran tentación que tenemos. No es estar nosotros al servicio de Dios, sino querer que Dios esté a nuestro servicio.

Una nueva Cuaresma se nos ofrece para acercarnos con mejor disposición a Dios. Para ver como está nuestra vida y para agradecer a Dios que, a pesar de nuestros pecados, contra nosotros mismos y contra el prójimo, Dios es misericordioso y calla, siempre esperando nuestra conversión.

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

Agua pasada, no mueve molinos

Nos preparamos para celebrar el Nacimiento del Hijo de Dios. Se alegra nuestro corazón porque podremos volver a repetir que nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. Y se nos indican las señales para descubrirlo. Un lugar humilde, unos esposos que se aman, se comprenden y se apoyan en la adversidad. Y un Niño, que está en medio de carencias materiales, pero rodeado de un amor inmenso.

Un Dios que nos habla a lo más profundo de cada uno. Todo un Dios, hecho carne de nuestra carne en la ternura y debilidad de un Niño, nos está diciendo que, como los pastores y reyes, podemos avanzar en nuestra historia, que no podemos cambiar, pero sí aprender de ella.

El rey David, de cuya estirpe nacerá Jesús, el Señor, tiene momentos claves en su vida delante de los cuales su reacción sigue sirviendo para enseñarnos a nosotros.

Después de pecar con la mujer de Urías, recibe el mensaje de Dios a través del profeta Natán sobre su mala acción. La reconoce inmediatamente, pidiendo la misericordia de Dios por su pecado.

Cuando su pequeño hijo estaba muy enfermo, rezaba y suplicaba a Dios por él, aceptando los designios de Dios, el único Señor de la vida.

Y en la huida que tiene que hacer de su propio hijo Absalón para salvar su vida, lo insultan y se mofan de él. El rey David acepta la humillación y el dolor de que su propio hijo se rebele contra él. En medio de la desgracia no se aparta de Dios.

David fue un gran hombre que cometió también grandes pecados, pero siempre los reconoció y se humilló ante Dios, tratando de enmendar su vida.

El salmo 50, que recitamos todos los viernes, hace suyos los sentimientos de David y también los nuestros: petición de misericordia ante el propio pecado y acción de gracias por el perdón de Dios y la nueva oportunidad que nos concede.

Bienvenidas las luces de colores y los deseos de hacer regalos, pero no perdamos de vista que el Mesías, el Hijo de David, lo que hace es asumir nuestras miserias y debilidades. El Niño Jesús, sonriéndonos, nos invita a apreciar las cosas humildes y sencillas, que son las realmente importantes.

No se trata de reescribir nuestra historia, cosa que es imposible, sino de no repetir los errores cometidos.

Recemos con el salmista:

  • Levanto mis ojos a los montes: ¿de dónde me vendrá el auxilio? El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra. (Salmo 120).
  • El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar? (Salmo 26).
  • El sacrificio agradable a Dios es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú, oh Dios, tú no lo desprecias. (Salmo 50).

Hurgar en las heridas personales o colectivas del pasado no soluciona nada, amarga el presente e impide mirar esperanzadamente al futuro.

Que tengamos todos un esperanzado Adviento, para poder tener una feliz Navidad.

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

El mundo de antes, ya es como una postal; pero los Santos no pasan de moda

Poco a poco, vamos viendo que muchas de las cosas que antes formaban parte de nuestra existencia y valorábamos como imprescindibles, desaparecen. Conocer nuevas personas, convivir y comunicarse, celebrar tradiciones civiles y religiosas, descubrir nuevas culturas y estar pendientes de las últimas novedades, ya no se puede hacer habitualmente. Las circunstancias imponen restricciones y piden evitar eso a lo que estábamos acostumbrados.

Pronto las nuevas generaciones verán esas tradiciones, que han configurado nuestra manera de ser, como si viesen una postal antigua. Costará pero se hará. Para eso están los medios de comunicación que influyen en los comportamientos y dirigen las masas.

En medio del hoy que nos toca vivir, la fiesta de Todos los Santos nos recuerda que la santidad es el reto de los seguidores de Jesucristo. El ejemplo de los santos, con su variedad, nos muestra que mantener la fe, aún a costa de sacrificios e incomprensiones, y no dejar que se endurezca nuestro corazón, ni se nos nuble el sentido para seguir distinguiendo el bien del mal, nos sigue diciendo que vivir con esperanza y aspirar a la vida eterna, es mejor que conformarse a las modas, intereses y mediocridades del mundo.

Pasan los imperios militares, económicos o ideológicos pero el bien o el mal se siguen distinguiendo.La buena persona que intenta hacer el bien, que mira de ser mejor, que pone esperanza y ánimo delante de las dificultades de la vida y que siempre está dispuesta a construir y evitar la toxicidad en su pensar y obrar, sigue siendo un regalo para la humanidad. Es el regalo de los santos que Dios nos sigue haciendo y a la santidad a que nos invita a cada uno.

Ser Santo nunca pasa de moda.

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

Ser instrumentos de Dios

La Iglesia no puede repetir lo que dice el mundo. Debe decir lo que le es propio, sin traicionarlo por querer evitar la cruz y el sufrimiento que comporta ir contra corriente.

Un padre/madre/amigo no es mejor padre/madre/amigo por darle la razón a su hijo o amigo sin más. Es verdadero padre/madre/amigo, cuando te dice lo que nadie se atreverá a decirte y lo que cree sinceramente.

Escuchar, comprender, compartir,…no quiere decir no tener opinión o criterio propio, por el temor a ser catalogado de antiguo y de no estar al día de las cosas modernas.

A todo esto se añade la osadía e inconsciencia, bastante generalizada, de querer opinar y creer saber de todo, sin tener necesidad de escuchar a nadie.

En este ambiente, los católicos debemos saber dónde estamos, qué significa nuestra pertenencia a la Iglesia católica y cuales han de ser nuestros criterios de actuación en la sociedad en que vivimos.

Para nosotros la Eucaristía y los Sacramentos, son los puntos más importantes de nuestra fe, pues alimentan nuestra vida cristiana, y no están regulados por el capricho, moda o interpretación personal del momento. La Iglesia no es un auto-servicio en el que cojo lo que me gusta y aparto lo que no.

La Iglesia, Esposa de Cristo, ha de transmitir el mensaje de salvación en todo tiempo y lugar, que comienza por invitar a la conversión personal y empezar una nueva vida en Cristo.

Y así, como en una orquesta, armónicamente, deberíamos funcionar las comunidades de seguidores de Cristo. Dirigidos por los pastores de la Iglesia y alimentados con su doctrina.

En un mundo mediatizado por las presiones publicitarias, que modelan las conductas y encaminan el pensamiento, la verdad de Cristo debe resplandecer para orientar el comportamiento de sus seguidores.

Cada uno, donde esté, tiene la obligación de hacer el bien, ser responsable del trabajo que se ejerce y pensar en los demás.

Si una persona va a Misa, va a encontrarse con Cristo y alimentarse de su Palabra y de su Cuerpo, para poder, en la familia y en el trabajo, intentar ser una buena persona que evite el mal, haga el bien y practique la caridad con todo el mundo.

Por eso el templo del Señor merece respeto y los que asisten, también. Debemos recordar que nuestra libertad se acaba, donde comienza la libertad de los demás.

La moral católica sigue estando en vigor, por lo que los Mandamientos de la Ley de Dios y de la Santa Madre Iglesia son fundamentales para vivir en cristiano. No hay mejor examen de conciencia que repasar los mandamientos.

Uno va a Misa, no para encontrarse con los “suyos” y buscar que Dios nos dé la razón. Uno va a Misa para encontrarse con Dios y abrirle el alma, pedir perdón por los pecados cometidos y suplicar su gracia y su misericordia, para uno mismo y para nuestro mundo.

San Agustín decía que era obispo para sus fieles y cristiano con sus fieles.

Nuestro bautismo, nuestra fe, debe ser la clave de interpretación de la sinfonía de la vida y, a través de ella, valorar los principios que rigen nuestra vida, sean los políticos, los económicos o la manera de vivir. Si pensamos como piensa el mundo; si nuestros criterios son los del mundo, entonces debemos pensar qué significa para nosotros el ser cristianos.

El mundo, uno de los enemigos del alma, nos ofrece espejismos de felicidad, como si todo se pudiera comprar y vender. Como si no hubiera nada más que el disfrutar y aparentar. No habla de las personas que quedan en la cuneta de la vida, destrozadas y frustradas, por no conseguir las expectativas anunciadas.

La fe que hemos recibido es un don, un tesoro, que debemos cuidar.

Nos invita a ir hacia Dios, el único que puede sanar las heridas de la vida y de nuestro corazón, ofreciéndonos la vida eterna. Y nos confía la hermosa misión de ser instrumentos de Dios para las situaciones de la vida y personas que nos encontremos.

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

¿Ser o parecer?

¿Vivir ofreciendo una “imagen” o vivir siendo como tú eres realmente?

Estamos muy condicionados por las modas y la presión ambiental que nos empuja a “estar al día”. Pero, aunque ser uno mismo no es nada fácil, no podemos dejar de planteárnoslo porque, ni más ni menos, nos jugamos el ser felices el tiempo que tengamos de vida.

Voces que alertan de la importancia de este planteamiento siguen apareciendo, gracias a Dios, pero su difusión es minoritaria y no pueden competir con la vorágine ambiental que intenta conducir a la sociedad.

Sembrar una idea en un corazón y en una mente, sigue siendo lo más revolucionario que se puede hacer. De aquí la disputa constante en los medios políticos por las plataformas educativas. Pero parece que más que el bien común o el deseo de una sociedad mejor a través de la cultura y el saber para todos, solo se intenta imponer una determinada manera de vivir.

Atreverse a pensar, a conocer la historia, a reflexionar sobre lo que está bien o mal, hace a la persona libre para tomar sus propias decisiones. Vivir con una ética, hagas lo que hagas, es fundamental y no tiene que plantearse ninguna persecución por las ideas religiosas que se puedan tener.

Un cristiano, un católico, un agnóstico, un ateo, un creyente de cualquier otra religión, ¿acaso no ha de ser honrado? ¿no ha de ser responsable de sus actos? ¿no debe ser coherente con lo que dice?.

Una auténtica educación social pasa por ayudar a ser personas libres que sean capaces de tomar sus propias decisiones y afrontar el siempre condicionante “qué dirán”.

El problema de las personas que nos han sumido en las diferentes crisis de las últimas décadas, o del último siglo, no es que tuvieran un bajo nivel de matemáticas, ciencias o gramática, saberes necesarios, sin duda; su problema era la falta de ética y de valores humanos.

Con el exceso de tecnología a edades inadecuadas, estamos creando generaciones de espectadores de la vida, incapaces de tomar decisiones libres que aporten soluciones a los problemas que tenemos planteados, y esperando siempre que alguien haga algo o que el Estado lo resuelva. Así se mantiene a la población en un estado de adolescencia perpetua.

La educación debe ayudar a desarrollar la individualidad, pero también ayudar a pensar en los demás.

La transformación social solo será posible desde la transformación personal.

El reto que tenemos por delante es ayudar a formar personas libres para asumir su propia vida y ser felices como son; que saben pensar y ayudan a los demás a  encontrar el sentido de su propia vida, sin tener que estar sometidos a las presiones y dictaduras que condicionan la existencia.

Qué escogemos, ¿un minuto de vanagloria, de apariencia, de lucimiento ante el que te escucha? ¿O bien ser lo que somos, con humildad, felices, y sin tener que vivir de cara a la galería?

¿Dónde queremos estar? El miedo nos hace marionetas y cuando nos dicen que “todo el mundo lo hace”, se tranquiliza nuestra conciencia.

Jesucristo no vino a contentar al mundo, sino a darle la luz de la Verdad, enseñándonos el camino hacia la Vida eterna.

El Señor nos dice que estemos en el mundo, sin ser del mundo. Por eso, apliquémonos aquella frase histórica que dice: “Más vale honra sin barcos, que barcos sin honra”.

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

Fracaso y Oportunidad

Estudios recientes nos dicen que Cataluña y España son un fracaso ejemplar en abandono escolar y desempleo. También hemos pasado de la era industrial a la era digital. Se han relativizado los títulos académicos y se priman  capacidades y habilidades. Estamos en un mundo en cambio acelerado, en el que hay que aprender cada vez más y más rápido.

Hace ya muchos años, los más innovadores no pedían solo títulos y certificados, sino capacidades reales. Para evolucionar y superar lo caduco, valoraban el pensamiento crítico, la creatividad para ofrecer alternativas y la gestión de la complejidad y la diversidad.

Estas capacidades  son imprescindibles para abrir un futuro más esperanzador, porque la realidad cada vez es más diversa y compleja y pide saber funcionar con auténticos equipos de trabajo.

En el ámbito religioso, experimentamos una descristianización en el que las nuevas generaciones no solo no están en contra de la religión católica, sino que viven prescindiendo de ella. Desaparece una generación de católicos que no tienen relevo y si no somos capaces de presentar lo esencial y diferencial de nuestra religión y la centralidad de Jesucristo, no seremos sal y luz ni para el presente ni para el futuro. No somos unos agentes socioculturales ni una oenegé. 

Tanto en lo civil como en lo religioso debemos reconsiderar nuestros planes educativos y evangelizadores. La desaforada “titulitis” sin contenido y las “fórmulas” evangelizadoras nos ofrecen un panorama que, si no fuese por la fe en el Señor Jesús, sería desolador, sin esperanza.

Jesucristo nos invita a que sepamos transformar la realidad, para mejorar la vida de las personas sin distinción. Con la fuerza del Espíritu Santo, podemos transformar nuestros fracasos en nuevas oportunidades.

Para la nueva época debemos ofrecer una cultura amplia, de claro humanismo cristiano, con una apuesta clara por la exigencia, el esfuerzo y la disciplina autoimpuesta. Y una religión que se acerque al corazón de la persona que sigue buscando autenticidad, rehuyendo fórmulas o recetas prefabricadas, como si Dios estuviera a nuestro servicio y para lo que nos conviene. Tenemos la oportunidad de ofrecer el Misterio de Cristo desde la fidelidad a los Sacramentos y al Magisterio de la Iglesia. Y aceptando ser un “pequeño rebaño” y signo de contradicción para nuestro mundo.

Nos espera una sociedad de todos los colores, credos y edades, por lo que tenemos que aprender a gestionar nuestra fe en el ámbito de esa nueva cultura.

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

Preocupaciones sacerdotales

De manera estable, como saben, vivimos en la parroquia tres sacerdotes. Tres edades distintas y distintos modos y experiencias de vida sacerdotal. Poco a poco hemos ido encajando los caracteres y nos enriquecemos mutuamente compartiendo las diferentes perspectivas que tenemos. Nos une una espiritualidad sacerdotal compartida y una opción de vida totalizante en la que el Señor Jesús es Padre, Maestro y Pastor. Un sacerdote joven de edad y de ordenación, con treinta y pocos años; un sacerdote de mediana edad, con algo más de cincuenta años, más de veinticinco de sacerdote y que en plena actividad pastoral tuvo que renunciar al apostolado directo y ofrecer sus dolores y confinamiento por la Iglesia. En este tiempo de confinamiento que hemos pasado, jocosamente nos decía que él llevaba confinado muchos años. Y servidor, metido ya en la sesentena y que, gracias a Dios he podido celebrar ya los cuarenta años de ordenación sacerdotal. Compartimos diariamente la mesa y nos enriquecemos hablando de las cosas humanas y divinas. Sobre todo de nuestro ministerio sacerdotal y de la parroquia a la que queremos servir presidiéndola en nombre de Cristo el Señor.

Procuramos darle tiempo a las relaciones humanas, conversando y compartiendo preocupaciones, noticias o lecturas que nos hacen pensar. La persona siempre es lo primero y nunca es perder el tiempo conocerse más y compartir el pensamiento.

Como suele suceder, muchas veces las conversaciones más jugosas surgen de la manera más casual y entre una actividad u otra en que nos cruzamos por la parroquia. A parte de compartir lo cotidiano, de una manera u otra, algunos temas surgen en nuestras conversaciones: la necesidad de una buena formación sacerdotal para ser buenos pastores del pueblo de Dios y no meros animadores socioculturales. Tener clara nuestra vocación de sacerdotes seculares, que saben vivir y compartir con los demás sacerdotes, pero asumiendo la soledad y la opción de vida que nos compromete a regir, santificar y enseñar a la comunidad encomendada por nuestro obispo, desde la misión recibida por la imposición de manos. Estamos llamados a vivir un amor esponsal con Cristo.

Nos preocupa también las tendencias que invaden muchas de nuestras comunidades, relegando por la actividad la celebración de los sacramentos, como vida de la comunidad creyente, a un segundo plano. También, para no hacer la lista interminable, nos preocupa la falta de una mínima solidaridad entre nosotros los sacerdotes. No somos los propietarios de las parroquias, sino enviados por el Señor. No tenemos que inventar o contentar según modas, sino enseñar y celebrar según nos enseña la santa Madre Iglesia. Como pastores del Pueblo de Dios debemos conducir al rebaño a buenos pastos y defenderlo de todo aquello que le puede hacer daño, sean modas o personas que no buscan el bien de las almas, sino su propio beneficio. Necesitamos una manera de actuar entre sacerdotes que nos haga apoyarnos mutuamente, dejando rivalidades y protagonismos y ciñéndonos a hacer presente a Jesucristo, para que sea conocido y amado. Y cuando uno deja una parroquia y misión, debe saber retirarse y no entrometerse ni descalificar al que le ha sucedido.

Nuestra vocación de sacerdotes de parroquia nos hace ser avanzadilla de la Iglesia en los ambientes donde vive la gente y allí hacer presente al Señor en los sacramentos y tanto hacer una catequesis infantil, dar la santa Unción a un enfermo o cuidar de Cáritas parroquial… Un poco de todo y variado. En todas partes nos arreglamos como podemos y tratamos de dejar la parroquia un poquito mejor de lo que nos la encontramos. Esta es nuestra misión. Y de nuestros superiores nos gustaría que nunca dejasen de ser padres y pastores, que nos guían, nos sostienen y nos confortan. De ellos necesitamos empatía, flexibilidad, comunicación y confianza. Organigramas y estructuras, las justas y la persona siempre por encima de todo, cuidando el aspecto humano, espiritual y afectivo de cada sacerdote.

Como ven, tres generaciones que pueden hablar, complementarse y ayudarse. Cada uno en su lugar, pero receptivos y llevando a la oración y a la reflexión lo que dicen los hermanos. Puedo decir, dando muchas gracias a Dios, que vivimos un ambiente fraterno y cordial en que vamos avanzando y complementándonos mutuamente para bien de las almas que nos han sido encomendadas.

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

En espíritu y verdad

San Juan XXIII decía que había que abrir las ventanas de la Iglesia, para renovar ambientes contaminados. San Juan Pablo II iniciaba su pontificado diciéndonos que no tuviésemos miedo de abrir nuestro corazón a Cristo. Ahora en esta nueva etapa de la sociedad y de la Iglesia, Jesús nos dice, como a la Samaritana, que adoremos a Dios en espíritu y verdad.

A costa de mucho dolor y sufrimiento, hemos aprendido a valorar muchas cosas en este tiempo. También nuestra fe, con todos los acontecimientos, se ha visto obligada a purificarse y replantearse qué es ser creyente en Jesucristo y qué connotaciones nos implica a la hora de vivir, como nos dice el Señor, intentando ser sal y luz en donde estemos.

Decir que tenemos fe, juzga ya nuestra manera de vivir. Si tenemos fe, nuestro obrar no puede ser jamás como el del mundo. No se puede poner una vela a Dios y otra al diablo.

Nuevo tiempo, nueva y renovada manera de vivir nuestra fe, desembarazándonos de los criterios y medidas del mundo.

Recordemos que Jesús nos dijo que a “vino nuevo, odres nuevos”. Nuevo tiempo, nueva y renovada manera de vivir nuestra fe, desembarazándonos de los criterios y medidas del mundo. Si tenemos que agradar a alguien, no es a la moda, a la opinión pública, ni a los intereses mundanos. Debemos agradar a Dios con una vida limpia que nos aleje del pecado y se manifieste en actos con recta conciencia e intención, que busquen el bien y la verdad.

Tenemos la oportunidad de hacer una relectura profunda de cómo vivimos las enseñanzas de Jesús y los caminos, algunos confusos y desconcertantes, que ofrece esta cultura de la globalización en la que nos hayamos inmersos.

Es hora de separar el trigo de la cizaña; de apartarse de lo que no humaniza; de saber cómo tiene que vivir un hijo de Dios en la Iglesia y en el mundo, sin caer en la mundanidad; debemos saber rechazar las tentaciones que el mismo Señor tuvo que sufrir.

Debemos agradar a Dios con una vida limpia que nos aleje del pecado y se manifieste en actos con recta conciencia e intención, que busquen el bien y la verdad. Nuestras obras no las debemos hacer para ser bien vistos por los hombres, sino por Dios.

No se trata de hacer cristianos dependientes, sino adultos en la fe que la traduzcan en obras. Ni de súbditos obedientes sin espíritu crítico, sino libres y atentos a la voluntad de Dios, poniendo en práctica las enseñanzas de Jesús.

El cristiano no sigue una teoría, sino que tiene un estilo de vida. Una manera de vivir según el evangelio de Jesús de Nazaret y las enseñanzas de la santa Madre Iglesia. Ojalá que, siguiendo los ejemplos del Señor, seamos especialistas en lavarnos los pies mutuamente y creer en su palabra cuando nos dice: “El que quiera ser el primero que se haga el último, el servidor de todos”.

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. Párroco.