Virgen Del Carmen Y Santiago Apóstol

Julio es el séptimo mes del año y el corazón del verano, símbolo de descanso, calor extremo y vacaciones. Debe su nombre a Julio César, ya que él nació en este mes. Su esencia varía desde la tradición agrícola hasta el descanso estival. Julio simboliza la vitalidad, el verano, la abundancia y la expansión. Representa la plenitud de la naturaleza, la energía solar radiante, el descanso vacacional y el punto medio del año que invita a la reflexión. 

Si miramos el calendario litúrgico, al lado de la memoria de San Joaquín y de Santa Ana, padres de la Virgen María y patronos de todos los abuelos, Santo Tomás apóstol nos recuerda que la incredulidad hace que no sepamos ver al Resucitado en el testimonio de los hermanos. Pero sin duda destaca la fiesta de la tan querida y popular advocación de la Virgen del Carmen. 

La Virgen del Carmen es la denominación común que recibe Santa María del Monte Carmelo. Su denominación procede de su veneración en el monte Carmelo, en Tierra Santa, cerca de Haifa. Carmelo o Carmen se pueden traducir como ‘jardín de Dios’. Esta advocación mariana ha sido difundida en el mundo entero por la Orden de Nuestra Señora del Monte Carmelo, los llamados carmelitas y se conmemora el 16 de julio.

La veneración se remonta a un grupo de ermitaños que, inspirados en el profeta Elías, se retiraron a vivir en el monte Carmelo. Estos, hacia el año 1200, formaron la Orden de Nuestra Señora del Monte Carmelo. 

Según la tradición carmelita, el 16 de julio de 1251, la Virgen del Carmen se apareció a San Simón Stock, superior general de la Orden, entregándole el escapulario, principal signo del culto mariano carmelita, prometiendo librar del castigo eterno a los que lo llevasen. El escapulario recibió reconocimiento papal en 1587. La Virgen del Carmen también es llamada Estrella del Mar ( Stella Maris) y es patrona de los marineros. La devoción hacia la Virgen del Carmen se extendió a partir del siglo XVI.

Otra gran celebración en julio es la solemnidad del Apóstol Santiago, patrón de España y meta de la peregrinación de miles y miles de hombres y mujeres que, haciendo el Camino hasta su sepulcro, renuevan y oxigenan su alma.

Santiago de Zebedeo, también conocido como Santiago el Mayor, es uno de los apóstoles más destacados de Jesús de Nazaret. Es conocido en la tradición cristiana como Santiago el Mayor para distinguirlo de otro miembro del grupo de los doce, Santiago el Menor. Nacido en Betsaida (Galilea), fue hijo de Zebedeo y Salomé, y hermano de Juan. Santiago de Zebedeo estuvo con Jesús en ocasiones especiales: en la resurrección de la hija de Jairo, en la transfiguración y en el huerto de Getsemaní, donde Jesús se retiró a orar en agonía ante la perspectiva de su pasión y muerte. También fue testigo privilegiado de las apariciones de Jesús resucitado y de la pesca milagrosa en el mar de Tiberíades. Según el libro de los Hechos de los Apóstoles, Pentecostés encontró a Santiago en espera orante, siempre como uno de los máximos referentes de la primera comunidad cristiana, junto con Simón Pedro y Juan. Murió a manos de Herodes Agripa I en Jerusalén,  en el año 47 después de Cristo. Es Año Santo Compostelano, cada vez que la fiesta del Apóstol Santiago cae en domingo.

 En este mes de julio propongámonos ser cada uno de nosotros un “jardín” de Dios para los que nos rodean, con la actitud del peregrino que poco lleva para el camino, confiando en la Providencia de Dios, ligeros de equipaje, en la búsqueda de la sabiduría que nos proporciona Dios haciendo el camino.

Francisco Prieto Rodríguez, pbro.

Párroco

 

Editorial julio 2026

Mes del Sagrado Corazón de Jesús

Aunque el cénit de la devoción cristiana al Corazón de Jesús lo marcan las revelaciones de Cristo a Santa Margarita María de Alacoque en el siglo XVII, ya  San Bernardo, abad de Claraval, en el siglo XII, manifestaba su devoción a la humanidad de Jesús. Más tarde, en el siglo XVI, San Juan de Ávila predica y da forma a la veneración del corazón de Cristo. Y San Juan Eudes,  en el siglo XVII, la populariza y consigue incluirla en la liturgia.

Jesús mismo quiso dejarnos los rasgos definitorios de su personalidad, hasta formar su autorretrato en el lienzo del Evangelio. “Yo soy el pan de vida, bajado del cielo” para alimentar la debilidad humana. “Yo soy la luz del mundo” para iluminar las tinieblas de la humanidad. “Yo soy el buen pastor” para conducir a los seres humanos. “Yo soy el camino, la verdad y la vida” para que caminéis rectamente. “Venid a mí, todos los cansados y agobiados, que yo os aliviaré”.

El Evangelio es la carta del Padre anunciando una alegría profunda, un gozo íntimo. El evangelista Juan confiesa: “A Dios no lo ha visto nunca nadie; pero el Hijo que está en su seno nos lo ha revelado”. “Cuando recéis decid: ¡Padre nuestro!»

Consecuencia práctica de esta buena noticia de la paternidad divina y la fraternidad humana es el anuncio de Jesús de su última voluntad: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros”. Y el consejo ignaciano: “El amor hay que ponerlo más en las obras que en las palabras”, para que no quedara duda de que el amor cristiano es cuestión de práctica.

El corazón que palpitó por los caminos de Galilea, que recibió el lanzazo, sigue latiendo tras la resurrección. El Cristo definitivo, actual, nos muestra como signo-síntesis de su personalidad la llaga de su pecho, que da acceso a su Corazón, al Corazón que tanto ha amado a los hombres. 

Pero la correspondencia al amor de Cristo tiene que completarse con la imitación. San Ignacio de Loyola lo formuló lúcidamente: “Pedir conocimiento interno de Cristo, para más amarle y seguirle”.

Francisco Prieto Rodríguez, pbro.

Párroco

 

Editorial junio 2026

Volver a Tiempos Más Sencillos

Un nuevo mes de mayo, florido y hermoso, el mes de las flores, nos invita a mirar a la flor más hermosa de la creación, la Virgen María, madre del Señor. En la humildad de Belén, de Nazaret, de Caná de Galilea, …nos sigue diciendo “haced lo que Él os diga”.

El tiempo pascual llega a su plenitud con Pentecostés y la efusión del Espíritu Santo sobre María y el colegio apostólico, y la súplica de la Iglesia peregrina pidiendo que venga a nosotros el Espíritu del Señor Resucitado y renueve nuestros corazones y la faz de la tierra.

Y, como no, como cada quince de mayo, la festividad de nuestro santo patrón San Isidro Labrador. Continúa teniendo mucho que decirnos a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Como la mayoría de nosotros, era de procedencia humilde, de gente trabajadora que se ganaba el sustento con el trabajo de sus manos. Era un asalariado. Un buen cristiano que tenía a Dios como referencia absoluta de su vida. Antes de ir a trabajar o al volver a su casa, la visita al Señor era lo principal del día. Formó una familia y tuvo un hijo, pero su humilde casa siempre estuvo abierta a todo aquel que llamaba a la puerta. Dificultades tuvo como las tiene todo el mundo. Vivir honradamente del fruto de su trabajo no le libró de la maledicencia de las lenguas viperinas que en todo se meten y que quisieron manchar la honestidad y fidelidad de su mujer, también santa y que veneramos como Santa María de la Cabeza.

Estuvo a punto de ver morir a su hijo ahogado en un pozo, pero la oración ferviente de ese santo y humilde matrimonio hizo que Dios obrase uno de sus milagros más conocidos popularmente. Casi tanto como el de cuando oraba en medio del trabajo fatigoso de la labranza, los ángeles del Señor le ayudaban para que no se distrajera de la oración que le dirigía al Señor.

Hoy día, todo se ha complicado mucho. La modernidad nos hace vivir con mucha complicación las cosas más ordinarias y hacen muy difícil las relaciones humanas incluso con los más próximos. Saber tener una escala de valores ayudaría mucho a nuestra manera de vivir y cuidaría nuestra salud mental. No todo es importante; hay que saber priorizar y, en muchas ocasiones, saber decir que no a tantas y tantas cosas que se nos proponen. Vivir con sencillez, con el auxilio de la gracia de Dios, nuestra cotidianidad, como la Virgen María en Nazaret y San Isidro Labrador cuidando su familia y ganándose el pan de cada día con su esfuerzo en los campos de labranza.

Que nuestra parroquia que se honra con la protección San Isidro Labrador viva de tal manera que Jesucristo sea conocido y amado.

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Francisco Prieto Rodríguez, pbro.

Párroco

 

Editorial mayo 2026

Abril, Mes de la Pascua

 

Excepcionalmente el Domingo de Resurrección se celebra los últimos días de marzo, siendo su fecha más temprana el 22 de marzo. Pero en los primeros veinticinco días de abril suele celebrarse la Pascua del Señor, a la que sigue la cincuentena pascual.

Sin embargo, el mes de abril no queda huérfano de grandes santos y santas que, día a día, van señalando el camino de seguimiento de la vida, pasión y muerte de Jesucristo, que lleva a la participación de la vida nueva que el Señor Resucitado ofrece a sus discípulos.

Destacamos a San Francisco de Paula, fundador de los Mínimos; a San Vicente Ferrer, el valenciano apóstol de Europa; el padre Damián, San Damián de Molokai, el apóstol leproso entre los leprosos; el Hermano Rafael, San Rafael Arnáiz, propuesto como modelo a los jóvenes de hoy por el papa San Juan Pablo II; el gran San Isidoro de Sevilla con sus famosas “Etimologías” entre otras obras y a Santa Catalina de Siena, patrona de Italia, copatrona de Europa y la segunda mujer Doctora de la Iglesia. Por último, nos fijamos en la figura del Papa San Pío V, el papa de la reforma de la Iglesia en los difíciles años que siguieron al Concilio de Trento. También se le conoce como el Papa del Rosario, ya que ante la batalla de Lepanto (1571) que había de librar la cristiandad capitaneada por Don Juan de Austria para detener el expansionismo de los otomanos en el Mediterráneo, pidió que se rezase el santo rosario y por eso se instituyó la advocación mariana de la Virgen del Rosario. La imagen del santo Cristo de Lepanto, que se venera en nuestra catedral de Barcelona, iba en la nave capitana en la batalla que le ha dado el nombre.

Y como figura estelar de abril, la Virgen María, junto a su Hijo resucitado, la “Rosa de abril, morena de la sierra”, la Virgen de Montserrat, patrona de Cataluña y la “Morenita” de Sierra Morena, la Virgen de la Cabeza, patrona de Jaén. Ambas imágenes veneradas en nuestra parroquia expresan la unidad de la fe en la diversidad de culturas que se mezclaron enriqueciéndose mutuamente.

La cincuentena pascual nos permite profundizar nuestra propia identidad cristiana y eclesial, contemplando la pujante comunidad de discípulos que surgió en torno al Resucitado, convencidos de que Jesús vive para siempre glorioso y triunfante.

Y en este marco del misterio pascual, san Juan Pablo II instituyó el segundo domingo de Pascua, tradicionalmente llamado “Domingo in albis” (porque los neófitos llevaban las túnicas blancas de su bautismo, celebrado en la noche santa de Pascua) como Domingo de la Misericordia Divina, dejando bien clara la estrecha unión que hay entre el misterio pascual y el misterio de la misericordia de Dios.

Que las gracias recibidas en estas santas fiestas de la Resurrección del Señor, se manifiesten en abundancia de buenas obras hacia los hermanos.

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Francisco Prieto Rodríguez, pbro.

Párroco

 

Editorial abril 2026

Sin Sacerdotes, No Hay Sacramentos

Constatar la situación real es necesario; reflexionar sobre las causas que nos han llevado a esta situación es urgente; adoptar los cambios de rumbo tanto sociales como religiosos pide valentía y determinación.

Influye en la dramática disminución de sacerdotes y vida religiosa la disminución de la natalidad, la desestructuración de la familia, las influencias de las filosofías imperantes y derivadas del poco reflexionado “mayo del 68” y su influencia en la sociedad actual. Afectó a la sociedad y la Iglesia y su acción apostólica, así como en la vida de los consagrados.  El ambiguo “espíritu del Concilio” defendía el espíritu de ruptura con la tradición anterior y abría la puerta, sin ningún tipo de filtro a todo lo que supusiese novedad, solo por el hecho de serlo.

Como ya nos dijo el Señor, la cizaña crece junto al trigo y hay que esperar a que se puedan distinguir sus diferencias, no vaya a ser que confundamos una cosa con otra. Pero ya han pasado sesenta años de aquellos momentos en que parecía que nos íbamos a comer el mundo y los frutos del trigo y de la cizaña son bien diferentes. Pero si hay algo en el Evangelio es la llamada constante a la conversión y a la esperanza en la misericordia de Dios.

 

Sed valientes, no temáis, yo estoy con vosotros hasta el fin del mundo, nos dice el Señor. Así pues, pasemos de la reflexión a la acción. Estamos en cuaresma y que se note el cambio en nuestra manera de pensar, que nos conduce a un estilo de vivir y obrar.

No separemos la sexualidad de los sentimientos porque nos lleva a la desestabilización y confusión en el vivir la dimensión de la familia, donde desde la estabilidad y la búsqueda de la armonía a través del respeto mutuo, vamos creciendo y madurando, como célula de la sociedad.

No podemos vivir como niños malcriados que creen que tienen derecho a todo, creciendo a su antojo y sin ninguna obligación. Solo derechos y ninguna responsabilidad en nada. Aprender a valorar lo que tenemos y saber que las cosas, como los estudios, la familia, el trabajo bien hecho, piden esfuerzo y dedicación. 

Tratar a los demás, como queremos que nos traten a nosotros, es el consejo que nos da el Señor para construir unas buenas relaciones humanas.

Y Dios, siempre por encima de todo, pues la fe es un don y la práctica religiosa un regalo que alimenta y cuida nuestra espiritualidad y contacto con el Señor. Cuidar nuestra fe y practicarla con humildad, sencillez, agradecimiento y alegría nos ha de distinguir como hombres y mujeres que en el vivir cotidiano exhalan el buen olor de Cristo a través de las obras.

La catequesis es la transmisión de la fe, de las oraciones, del culto y de la piedad que va acompañando las distintas etapas de la vida. Y de una comunidad ferviente, que vive y guarda la fe y los valores transmitidos de generación en generación, podrán surgir jóvenes que, oyendo la llamada del Señor, quieran ser sacerdotes para ser “otro Cristo” en medio de sus hermanos los hombres.

Francisco Prieto Rodríguez, pbro.

Párroco

 

Editorial marzo 2026

Conversión y Escucha de la Palabra de Dios

La Cuaresma es un tiempo de desierto, un tiempo privilegiado, un tiempo de gracia. El Dios que condujo a Israel por el desierto por medio de Moisés convoca a la comunidad cristiana y la anima a emprender el camino cuaresmal. El desierto, lugar hostil y lleno de dificultades y obstáculos, anima a los creyentes al combate espiritual, al enfrentamiento con la propia realidad de miseria y pecado. La Cuaresma debe ser interpretada como un tiempo de prueba. Los cuarenta años que Israel pasó en el desierto fueron un tiempo de tentación y de crisis, durante los cuales Yahvé quiso purificar a su pueblo y probar su fidelidad. También Jesús fue tentado en el desierto. Durante la Cuaresma, la Iglesia vive una experiencia semejante, sometida a luchas y privaciones, pues el cristiano vive un combate espiritual ejercitándose en la lucha contra el mal. Pero no es tanto la penitencia corporal lo que interesa subrayar cuanto la conversión interior del corazón.

Los textos bíblicos orientan la actitud cuaresmal de cara a una profunda purificación del corazón y de la misma vida de la Iglesia. La verdadera conversión a Dios se manifiesta en una apertura generosa y desinteresada hacia las obras de misericordia; en definitiva, la Cuaresma se entiende como una lucha contra el propio egoísmo y como una apertura a la fraternidad. La Cuaresma viene a ser un tiempo que permite a la Iglesia tomar conciencia de su condición pecadora y someterse a un exigente proceso de conversión y de renovación.

 

Tenemos por delante un largo camino para la escucha de la palabra de Dios, para la reflexión personal y para el encuentro silencioso con Dios en la soledad de ese desierto que nos hemos construido en la profundidad de nuestra conciencia íntima. Al final de esa peregrinación, la Pascua se nos aparecerá como una explosión de luz fulgurante y transformadora.

Francisco Prieto Rodríguez, pbro.

Párroco

 

Editorial febrero 2026

Vivir cada momento del día

Aún resuena en nuestro corazón la celebración del gran Jubileo Ordinario que durante todo el año 2025, tanto el papa Francisco como León XIV, han invitado a vivir a toda la Iglesia en clave de esperanza cristiana, como “Peregrinos de Esperanza”.

Este año 2026, que ahora arrancamos, estará marcado, entre otros santos, por la figura extraordinaria de san Juan de la Cruz, en el momento en que se cumplen trescientos años de su canonización y el primer centenario de su nombramiento como Doctor de la Iglesia Universal.

El Santo de Fontiveros fue elegido por santa Teresa de Jesús como la piedra angular de su ansiada reforma del carmelo descalzo. Más allá de ser el primer descalzo, Juan de la Cruz cautivó el corazón de la madre Teresa por su altura y finura espiritual: “estimara yo tener por acá a mi padre fray Juan de la Cruz, que de veras lo es de mi alma, y uno de los que más provecho le hacía el comunicarle” reconoce la propia Teresa en una de sus cartas.

Y así no dudaba en recomendar su consejo espiritual a la priora del convento de Beas de Segura: “Cuán sin razón se queja, pues tiene allá a mi padre fray Juan de la Cruz, que es un hombre celestial y divino…Miren que es un gran tesoro el que tienen allá en ese santo, y todas las de esa casa traten y comuniquen con él sus almas y verán qué aprovechadas están, y se hallarán muy adelante en todo lo que es espíritu y perfección”.

María, los apóstoles, los mártires, las vírgenes, los confesores, una inmensa nube de testigos de la fe nos rodean y nos invitan a seguir, como ellos a Jesús. Lo importante es que todos estamos llamados a la santidad, y a vivir cada momento del día, pues así podríamos resumir la alta mística de san Juan de la Cruz.

Acercarnos a San Juan de la Cruz y conocerle más de cerca hace imprescindible conocer a Santa Teresa de Jesús, la gran mujer reformadora del Carmelo masculino y femenino. Una historia apasionante donde Dios teje lo humano con lo divino a través de personas y circunstancias abriendo nuevos caminos en la historia de la Iglesia.

Hoy, que tan fácilmente nos movemos de un lado para otro, o bien nos podemos acercar virtualmente, les invito a “conocer y visitar” algunos lugares donde se han vivido y escrito páginas gloriosas de santidad, mística y poesía de nuestro siglo de Oro español. Dense una vuelta por Ávila, la ciudad de los caballeros, donde Santa Teresa de Jesús inicia la Reforma carmelitana fundando el monasterio de San José después de abandonar el monasterio de la Encarnación. Acérquense a Pastrana (Guadalajara) donde estuvieron la Santa, San Juan de la Cruz, el Padre Gracián, la princesa de Éboli…Un interesante museo parroquial y el primer noviciado de los Carmelitas descalzos. Y piérdanse por la Sierra del Segura camino de Beas de Segura (Jaén); allí coincidieron también la Santa, San Juan de la Cruz, el P. Gracián… Si hoy día llegas a través de un paisaje extraordinario y difícil, imaginemos en el siglo XVI. De allí partieron las fundaciones de Sevilla, Granada y Caravaca. Y no pueden acabar el periplo sin acercarse a Alba de Tormes (Salamanca) donde reposa el cuerpo incorrupto de santa Teresa de Jesús. La villa ducal de Alba les deparará la hermosa vista del río Tormes que pasa bañando la villa, el torreón ducal que habla de la gloria de otras épocas y el magnífico museo teresiano que precede a la visita de las urnas en que se conservan las reliquias de la Santa. 

Apasionante historia de hombres y mujeres que vivieron un ideal de santidad en medio de las contradicciones de la época en que les tocó vivir. Hagamos nosotros lo mismo.

Francisco Prieto Rodríguez, pbro.

Párroco

 

Editorial diciembre 2025

Todo nos habla de la venida del Señor

El mes de diciembre se abre, luciendo ya todas las festivas iluminaciones navideñas que, consumismos aparte, nos hablan de la venida del Señor. La mayor parte es Adviento, tiempo de preparar los caminos del Señor que viene en cada persona y en todo acontecimiento. El Hijo de Dios entró en nuestra historia, haciéndose carne de nuestra carne, para que nosotros, humanos que a menudo perdemos la orientación y el sentido del don de la vida que se nos ha concedido, pudiésemos encontrar en Él el Camino, la Verdad y la Vida.

Para nuestro desorientado y complicado mundo, donde tantos problemas nos envuelven, la señal de la esperanza y de la alegría, sigue siendo el humilde pesebre de Belén. 

Tiempo de mirar las figuras que lo representan y recuerdan. Cada personaje tiene su misión y su papel. Todos hacia el Niño y alrededor de Él. Dios, en ese Niño, nos ha dado su Palabra definitiva. 

Haced lo que Él os diga, nos dice la Virgen María, su Madre. 

Dejemos brotar en nosotros la ternura, la confianza y la esperanza. La figura de María, en el misterio de su Inmaculada Concepción, da color propio a la vivencia del misterio salvador, siendo el tiempo del Adviento su tiempo litúrgico por excelencia.

Hágase en mí, según tu palabra, le dijo María al Señor con toda confianza en Dios su Salvador; y en este nuevo Adviento nos invita a nosotros a repetírselo al Señor junto a Ella.

Quizás faltaban muchas cosas materiales en el pesebre de Belén, pero irradiaba la luz del amor, la alegría y la esperanza, porque allí entre María y José llegaba la salvación del mundo. El Príncipe de la Paz era la puerta por donde la humanidad, atormentada por tantas cosas, pudiese entrar para cambiar los corazones y hacer propias las palabras de los ángeles que anunciaban a los pastores: ¡Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres que ama el Señor! 

Con la misma ternura que miramos el pesebre, os invito a mirar la instantánea de la portada de nuestra hoja parroquial. Unos niños de nuestra catequesis, con espontaneidad y sencillez, le rezan a la Virgen María. Y recordemos también las palabras de Jesús: Si no nos hacemos como niños, no entraremos en el reino de los cielos.

¡Oh María, sin pecado concebida, ruega por nosotros, que recurrimos a Ti!

Para todos, provechoso Adviento, feliz Navidad y que el Señor derrame sobre todos los corazones sus bendiciones y los llene de amor y paz.

Francisco Prieto Rodríguez, pbro.

Párroco

 

Editorial diciembre 2025

Nuevas Oportuniades

 Muchos años hace ya que la fiebre de la novedad y del cambio por el cambio entró en nuestra sociedad. Fuera lo antiguo y viva la innovación continua. Ya nadie se acordaba que san Francisco de Sales advertía que un arco no podía estar en continua tensión. La tensión que provoca estar al día y la búsqueda constante de novedades nos ha llevado a un estado de estrés y crispación que hace que uno de los grandes peligros que nos amenazan sea la salud mental.

El vestir, las costumbres, la liturgia, la sustitución de los textos sagrados “antiguos” por lecturas más modernas y “entendibles”; las plegarias eucarísticas inventadas y las canciones del grupo “folk” de turno. El ansia de vivir el cambio llevó a olvidar el tesoro de la liturgia y del canto que habían dado la unidad católica de la fe. Podías estar en Estonia y seguir la Misa católica por conocer su estructura y partes definidas. Y con la carrera por la innovación nos encontramos que de una parroquia a otra los cantos son diferentes; la estructura de la liturgia quedaba al arbitrio del presidente de la celebración y, en vez de encontrarte en la unidad católica de la fe, te encontrabas esperando a ver con qué nos iban a sorprender ese día. Si no todo era así, gracias a Dios, muchas parroquias punteras en juventud y actividades vivieron esa euforia de “compromiso y acción”, que priorizaba la acción sobre la contemplación y la oración.

Estos ambientes afectaron, como no, a la catequesis de la primera comunión y de la confirmación. La piedad se sustituyó por libros, generalmente bien editados, que eran difíciles de digerir aún por los adultos; así se llegaba a la primera comunión sabiendo apenas el Padrenuestro. La Confirmación tenía su punto álgido con la lectura del “Manifiesto” y todos tan contentos.

Hablar de los Diez Mandamientos, de los cinco Mandamientos de la Santa Madre Iglesia y del Santo Rosario se consideraba trasnochado. El precepto dominical pasó a ir a Misa cuando “lo sientas”. Entrar en el abandono de la piedad y de la estética religiosa pediría una reflexión sobre las ideas que entraron en la sociedad en los años sesenta y setenta del siglo pasado.

Hoy nos encontramos con el descenso de la natalidad; este curso escolar ha empezado con 14.300 niños menos. El aborto, el divorcio y la erosión de la familia, se quieren presentar como un avance de la sociedad. Los adultos no saben ya, en muchos casos, sus raíces culturales y religiosas.

 

Por eso necesitamos orar y repensar nuestra realidad desde la esperanza para crecer en el estilo evangélico, en la cercanía a Dios y en la presencia y testimonio en el mundo de nuestras comunidades.

Empezamos noviembre con la gran fiesta eclesial de Todos los Santos, que pone en comunión a la Iglesia que peregrina en la tierra con la Iglesia del cielo. Al día siguiente, la conmemoración de Todos los fieles difuntos nos invita al recuerdo piadoso de quienes nos precedieron con el sino de la fe y duermen ya el sueño de la paz. Buena oportunidad en este mes de profundizar en nuestras raíces familiares, religiosas y culturales.

También en esta hoja parroquial les ofrecemos las propuestas pastorales para un proceso de renovación eclesial comunitaria coincidiendo con la nueva organización pastoral y territorial de nuestra archidiócesis y el inicio del pastoreo de nuestro Papa León XIV, Vicario de Cristo, al frente de la Iglesia universal.

Francisco Prieto Rodríguez, pbro.

Párroco

 

Editorial noviembre 2025

Mes del rosario y del Domund

En el siglo XV, el dominico Alano de la Roche (1428-1478) le dio la forma que tiene hoy el rosario y propagó su devoción. El Rosario se ha considerado patrimonio de la Orden de Predicadores, hasta que el papa dominico, San Pío V, lo extendió a toda la Iglesia con su estructura actual (1569). El mismo papa instituyó la fiesta de Nuestra Señora de la Victoria, que después fue la fiesta de la Virgen del Rosario, para agradecer la intercesión de la Virgen en la victoria de Lepanto, el 7 de octubre de 1571: el rosario rezado por toda la Iglesia había conseguido la victoria y la paz.

La Santísima Virgen, tanto en las apariciones de Lourdes y Fátima, ha aparecido con su rosario en las manos y ha comunicado al mundo los beneficios de santificación, de fraternidad y de paz que se derivan del rezo del rosario.

Por otro lado, la campaña del Domund en octubre, que celebraremos el domingo día 19, inicia su andadura con la fiesta de santa Teresa del Niño Jesús, patrona de las misiones junto con san Francisco Javier. Si en un tiempo las Misiones pudieron considerarse como exclusivas de los que dejaron su patria para evangelizar en países y culturas diferentes, hoy las vemos como una tarea de toda la Iglesia, de todas las comunidades cristianas y de todo bautizado. El día del Domund constituye una ocasión especial para recordar a todo el pueblo de Dios la permanente validez del mandato misionero: El «mandato misionero» se refiere al mandato que Jesús dio a sus discípulos para predicar el Evangelio a todas las naciones, bautizar y enseñar a la gente a seguir sus enseñanzas, como se narra en los evangelios. Este mandato se basa en el amor de Dios, que desea la salvación de todas las personas, y es la responsabilidad de cada cristiano y de la Iglesia en su conjunto prolongar la misión de Cristo en el mundo. 

Rezar y enseñar a rezar el Rosario y evangelizar con nuestro estilo de vida en la vida ordinaria (si es necesario también con las palabras), pueden ayudarnos a vivir nuestra identidad católica en este nuevo siglo y milenio.

Que la Virgen santísima, en esta batalla cultural e ideológica en que nos vemos sumergidos, proteja nuestras familias, la transmisión de la vida desde su concepción y la salud del cuerpo y del alma de todos sus hijos.

Francisco Prieto Rodríguez, pbro.

Párroco

Nota histórica:
Viena ya había sido librada del asedio turco por Carlos V en 1529. La batalla de Lepanto (1571) había detenido el avance turco por el Mediterráneo. Pero a mediados del siglo XVII los turcos habían guerreado contra una cansada Venecia y habían penetrado en las extensas regiones del oriente europeo. Por eso, la batalla de Kahlenberg en Viena (1683) supuso un antes y un después en la historia europea: frenó la expansión del Imperio otomano, que dejó de extenderse por Europa. Poco a poco, Austria, Hungría, Rusia y Polonia fueron arrebatando territorios a los otomanos. 

 

 

Editorial octubre 2025