El mundo de antes, ya es como una postal; pero los Santos no pasan de moda

Poco a poco, vamos viendo que muchas de las cosas que antes formaban parte de nuestra existencia y valorábamos como imprescindibles, desaparecen. Conocer nuevas personas, convivir y comunicarse, celebrar tradiciones civiles y religiosas, descubrir nuevas culturas y estar pendientes de las últimas novedades, ya no se puede hacer habitualmente. Las circunstancias imponen restricciones y piden evitar eso a lo que estábamos acostumbrados.

Pronto las nuevas generaciones verán esas tradiciones, que han configurado nuestra manera de ser, como si viesen una postal antigua. Costará pero se hará. Para eso están los medios de comunicación que influyen en los comportamientos y dirigen las masas.

En medio del hoy que nos toca vivir, la fiesta de Todos los Santos nos recuerda que la santidad es el reto de los seguidores de Jesucristo. El ejemplo de los santos, con su variedad, nos muestra que mantener la fe, aún a costa de sacrificios e incomprensiones, y no dejar que se endurezca nuestro corazón, ni se nos nuble el sentido para seguir distinguiendo el bien del mal, nos sigue diciendo que vivir con esperanza y aspirar a la vida eterna, es mejor que conformarse a las modas, intereses y mediocridades del mundo.

Pasan los imperios militares, económicos o ideológicos pero el bien o el mal se siguen distinguiendo.La buena persona que intenta hacer el bien, que mira de ser mejor, que pone esperanza y ánimo delante de las dificultades de la vida y que siempre está dispuesta a construir y evitar la toxicidad en su pensar y obrar, sigue siendo un regalo para la humanidad. Es el regalo de los santos que Dios nos sigue haciendo y a la santidad a que nos invita a cada uno.

Ser Santo nunca pasa de moda.

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

Ser instrumentos de Dios

La Iglesia no puede repetir lo que dice el mundo. Debe decir lo que le es propio, sin traicionarlo por querer evitar la cruz y el sufrimiento que comporta ir contra corriente.

Un padre/madre/amigo no es mejor padre/madre/amigo por darle la razón a su hijo o amigo sin más. Es verdadero padre/madre/amigo, cuando te dice lo que nadie se atreverá a decirte y lo que cree sinceramente.

Escuchar, comprender, compartir,…no quiere decir no tener opinión o criterio propio, por el temor a ser catalogado de antiguo y de no estar al día de las cosas modernas.

A todo esto se añade la osadía e inconsciencia, bastante generalizada, de querer opinar y creer saber de todo, sin tener necesidad de escuchar a nadie.

En este ambiente, los católicos debemos saber dónde estamos, qué significa nuestra pertenencia a la Iglesia católica y cuales han de ser nuestros criterios de actuación en la sociedad en que vivimos.

Para nosotros la Eucaristía y los Sacramentos, son los puntos más importantes de nuestra fe, pues alimentan nuestra vida cristiana, y no están regulados por el capricho, moda o interpretación personal del momento. La Iglesia no es un auto-servicio en el que cojo lo que me gusta y aparto lo que no.

La Iglesia, Esposa de Cristo, ha de transmitir el mensaje de salvación en todo tiempo y lugar, que comienza por invitar a la conversión personal y empezar una nueva vida en Cristo.

Y así, como en una orquesta, armónicamente, deberíamos funcionar las comunidades de seguidores de Cristo. Dirigidos por los pastores de la Iglesia y alimentados con su doctrina.

En un mundo mediatizado por las presiones publicitarias, que modelan las conductas y encaminan el pensamiento, la verdad de Cristo debe resplandecer para orientar el comportamiento de sus seguidores.

Cada uno, donde esté, tiene la obligación de hacer el bien, ser responsable del trabajo que se ejerce y pensar en los demás.

Si una persona va a Misa, va a encontrarse con Cristo y alimentarse de su Palabra y de su Cuerpo, para poder, en la familia y en el trabajo, intentar ser una buena persona que evite el mal, haga el bien y practique la caridad con todo el mundo.

Por eso el templo del Señor merece respeto y los que asisten, también. Debemos recordar que nuestra libertad se acaba, donde comienza la libertad de los demás.

La moral católica sigue estando en vigor, por lo que los Mandamientos de la Ley de Dios y de la Santa Madre Iglesia son fundamentales para vivir en cristiano. No hay mejor examen de conciencia que repasar los mandamientos.

Uno va a Misa, no para encontrarse con los “suyos” y buscar que Dios nos dé la razón. Uno va a Misa para encontrarse con Dios y abrirle el alma, pedir perdón por los pecados cometidos y suplicar su gracia y su misericordia, para uno mismo y para nuestro mundo.

San Agustín decía que era obispo para sus fieles y cristiano con sus fieles.

Nuestro bautismo, nuestra fe, debe ser la clave de interpretación de la sinfonía de la vida y, a través de ella, valorar los principios que rigen nuestra vida, sean los políticos, los económicos o la manera de vivir. Si pensamos como piensa el mundo; si nuestros criterios son los del mundo, entonces debemos pensar qué significa para nosotros el ser cristianos.

El mundo, uno de los enemigos del alma, nos ofrece espejismos de felicidad, como si todo se pudiera comprar y vender. Como si no hubiera nada más que el disfrutar y aparentar. No habla de las personas que quedan en la cuneta de la vida, destrozadas y frustradas, por no conseguir las expectativas anunciadas.

La fe que hemos recibido es un don, un tesoro, que debemos cuidar.

Nos invita a ir hacia Dios, el único que puede sanar las heridas de la vida y de nuestro corazón, ofreciéndonos la vida eterna. Y nos confía la hermosa misión de ser instrumentos de Dios para las situaciones de la vida y personas que nos encontremos.

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

¿Ser o parecer?

¿Vivir ofreciendo una “imagen” o vivir siendo como tú eres realmente?

Estamos muy condicionados por las modas y la presión ambiental que nos empuja a “estar al día”. Pero, aunque ser uno mismo no es nada fácil, no podemos dejar de planteárnoslo porque, ni más ni menos, nos jugamos el ser felices el tiempo que tengamos de vida.

Voces que alertan de la importancia de este planteamiento siguen apareciendo, gracias a Dios, pero su difusión es minoritaria y no pueden competir con la vorágine ambiental que intenta conducir a la sociedad.

Sembrar una idea en un corazón y en una mente, sigue siendo lo más revolucionario que se puede hacer. De aquí la disputa constante en los medios políticos por las plataformas educativas. Pero parece que más que el bien común o el deseo de una sociedad mejor a través de la cultura y el saber para todos, solo se intenta imponer una determinada manera de vivir.

Atreverse a pensar, a conocer la historia, a reflexionar sobre lo que está bien o mal, hace a la persona libre para tomar sus propias decisiones. Vivir con una ética, hagas lo que hagas, es fundamental y no tiene que plantearse ninguna persecución por las ideas religiosas que se puedan tener.

Un cristiano, un católico, un agnóstico, un ateo, un creyente de cualquier otra religión, ¿acaso no ha de ser honrado? ¿no ha de ser responsable de sus actos? ¿no debe ser coherente con lo que dice?.

Una auténtica educación social pasa por ayudar a ser personas libres que sean capaces de tomar sus propias decisiones y afrontar el siempre condicionante “qué dirán”.

El problema de las personas que nos han sumido en las diferentes crisis de las últimas décadas, o del último siglo, no es que tuvieran un bajo nivel de matemáticas, ciencias o gramática, saberes necesarios, sin duda; su problema era la falta de ética y de valores humanos.

Con el exceso de tecnología a edades inadecuadas, estamos creando generaciones de espectadores de la vida, incapaces de tomar decisiones libres que aporten soluciones a los problemas que tenemos planteados, y esperando siempre que alguien haga algo o que el Estado lo resuelva. Así se mantiene a la población en un estado de adolescencia perpetua.

La educación debe ayudar a desarrollar la individualidad, pero también ayudar a pensar en los demás.

La transformación social solo será posible desde la transformación personal.

El reto que tenemos por delante es ayudar a formar personas libres para asumir su propia vida y ser felices como son; que saben pensar y ayudan a los demás a  encontrar el sentido de su propia vida, sin tener que estar sometidos a las presiones y dictaduras que condicionan la existencia.

Qué escogemos, ¿un minuto de vanagloria, de apariencia, de lucimiento ante el que te escucha? ¿O bien ser lo que somos, con humildad, felices, y sin tener que vivir de cara a la galería?

¿Dónde queremos estar? El miedo nos hace marionetas y cuando nos dicen que “todo el mundo lo hace”, se tranquiliza nuestra conciencia.

Jesucristo no vino a contentar al mundo, sino a darle la luz de la Verdad, enseñándonos el camino hacia la Vida eterna.

El Señor nos dice que estemos en el mundo, sin ser del mundo. Por eso, apliquémonos aquella frase histórica que dice: “Más vale honra sin barcos, que barcos sin honra”.

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

Fracaso y Oportunidad

Estudios recientes nos dicen que Cataluña y España son un fracaso ejemplar en abandono escolar y desempleo. También hemos pasado de la era industrial a la era digital. Se han relativizado los títulos académicos y se priman  capacidades y habilidades. Estamos en un mundo en cambio acelerado, en el que hay que aprender cada vez más y más rápido.

Hace ya muchos años, los más innovadores no pedían solo títulos y certificados, sino capacidades reales. Para evolucionar y superar lo caduco, valoraban el pensamiento crítico, la creatividad para ofrecer alternativas y la gestión de la complejidad y la diversidad.

Estas capacidades  son imprescindibles para abrir un futuro más esperanzador, porque la realidad cada vez es más diversa y compleja y pide saber funcionar con auténticos equipos de trabajo.

En el ámbito religioso, experimentamos una descristianización en el que las nuevas generaciones no solo no están en contra de la religión católica, sino que viven prescindiendo de ella. Desaparece una generación de católicos que no tienen relevo y si no somos capaces de presentar lo esencial y diferencial de nuestra religión y la centralidad de Jesucristo, no seremos sal y luz ni para el presente ni para el futuro. No somos unos agentes socioculturales ni una oenegé. 

Tanto en lo civil como en lo religioso debemos reconsiderar nuestros planes educativos y evangelizadores. La desaforada “titulitis” sin contenido y las “fórmulas” evangelizadoras nos ofrecen un panorama que, si no fuese por la fe en el Señor Jesús, sería desolador, sin esperanza.

Jesucristo nos invita a que sepamos transformar la realidad, para mejorar la vida de las personas sin distinción. Con la fuerza del Espíritu Santo, podemos transformar nuestros fracasos en nuevas oportunidades.

Para la nueva época debemos ofrecer una cultura amplia, de claro humanismo cristiano, con una apuesta clara por la exigencia, el esfuerzo y la disciplina autoimpuesta. Y una religión que se acerque al corazón de la persona que sigue buscando autenticidad, rehuyendo fórmulas o recetas prefabricadas, como si Dios estuviera a nuestro servicio y para lo que nos conviene. Tenemos la oportunidad de ofrecer el Misterio de Cristo desde la fidelidad a los Sacramentos y al Magisterio de la Iglesia. Y aceptando ser un “pequeño rebaño” y signo de contradicción para nuestro mundo.

Nos espera una sociedad de todos los colores, credos y edades, por lo que tenemos que aprender a gestionar nuestra fe en el ámbito de esa nueva cultura.

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

Preocupaciones sacerdotales

De manera estable, como saben, vivimos en la parroquia tres sacerdotes. Tres edades distintas y distintos modos y experiencias de vida sacerdotal. Poco a poco hemos ido encajando los caracteres y nos enriquecemos mutuamente compartiendo las diferentes perspectivas que tenemos. Nos une una espiritualidad sacerdotal compartida y una opción de vida totalizante en la que el Señor Jesús es Padre, Maestro y Pastor. Un sacerdote joven de edad y de ordenación, con treinta y pocos años; un sacerdote de mediana edad, con algo más de cincuenta años, más de veinticinco de sacerdote y que en plena actividad pastoral tuvo que renunciar al apostolado directo y ofrecer sus dolores y confinamiento por la Iglesia. En este tiempo de confinamiento que hemos pasado, jocosamente nos decía que él llevaba confinado muchos años. Y servidor, metido ya en la sesentena y que, gracias a Dios he podido celebrar ya los cuarenta años de ordenación sacerdotal. Compartimos diariamente la mesa y nos enriquecemos hablando de las cosas humanas y divinas. Sobre todo de nuestro ministerio sacerdotal y de la parroquia a la que queremos servir presidiéndola en nombre de Cristo el Señor.

Procuramos darle tiempo a las relaciones humanas, conversando y compartiendo preocupaciones, noticias o lecturas que nos hacen pensar. La persona siempre es lo primero y nunca es perder el tiempo conocerse más y compartir el pensamiento.

Como suele suceder, muchas veces las conversaciones más jugosas surgen de la manera más casual y entre una actividad u otra en que nos cruzamos por la parroquia. A parte de compartir lo cotidiano, de una manera u otra, algunos temas surgen en nuestras conversaciones: la necesidad de una buena formación sacerdotal para ser buenos pastores del pueblo de Dios y no meros animadores socioculturales. Tener clara nuestra vocación de sacerdotes seculares, que saben vivir y compartir con los demás sacerdotes, pero asumiendo la soledad y la opción de vida que nos compromete a regir, santificar y enseñar a la comunidad encomendada por nuestro obispo, desde la misión recibida por la imposición de manos. Estamos llamados a vivir un amor esponsal con Cristo.

Nos preocupa también las tendencias que invaden muchas de nuestras comunidades, relegando por la actividad la celebración de los sacramentos, como vida de la comunidad creyente, a un segundo plano. También, para no hacer la lista interminable, nos preocupa la falta de una mínima solidaridad entre nosotros los sacerdotes. No somos los propietarios de las parroquias, sino enviados por el Señor. No tenemos que inventar o contentar según modas, sino enseñar y celebrar según nos enseña la santa Madre Iglesia. Como pastores del Pueblo de Dios debemos conducir al rebaño a buenos pastos y defenderlo de todo aquello que le puede hacer daño, sean modas o personas que no buscan el bien de las almas, sino su propio beneficio. Necesitamos una manera de actuar entre sacerdotes que nos haga apoyarnos mutuamente, dejando rivalidades y protagonismos y ciñéndonos a hacer presente a Jesucristo, para que sea conocido y amado. Y cuando uno deja una parroquia y misión, debe saber retirarse y no entrometerse ni descalificar al que le ha sucedido.

Nuestra vocación de sacerdotes de parroquia nos hace ser avanzadilla de la Iglesia en los ambientes donde vive la gente y allí hacer presente al Señor en los sacramentos y tanto hacer una catequesis infantil, dar la santa Unción a un enfermo o cuidar de Cáritas parroquial… Un poco de todo y variado. En todas partes nos arreglamos como podemos y tratamos de dejar la parroquia un poquito mejor de lo que nos la encontramos. Esta es nuestra misión. Y de nuestros superiores nos gustaría que nunca dejasen de ser padres y pastores, que nos guían, nos sostienen y nos confortan. De ellos necesitamos empatía, flexibilidad, comunicación y confianza. Organigramas y estructuras, las justas y la persona siempre por encima de todo, cuidando el aspecto humano, espiritual y afectivo de cada sacerdote.

Como ven, tres generaciones que pueden hablar, complementarse y ayudarse. Cada uno en su lugar, pero receptivos y llevando a la oración y a la reflexión lo que dicen los hermanos. Puedo decir, dando muchas gracias a Dios, que vivimos un ambiente fraterno y cordial en que vamos avanzando y complementándonos mutuamente para bien de las almas que nos han sido encomendadas.

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

En espíritu y verdad

San Juan XXIII decía que había que abrir las ventanas de la Iglesia, para renovar ambientes contaminados. San Juan Pablo II iniciaba su pontificado diciéndonos que no tuviésemos miedo de abrir nuestro corazón a Cristo. Ahora en esta nueva etapa de la sociedad y de la Iglesia, Jesús nos dice, como a la Samaritana, que adoremos a Dios en espíritu y verdad.

A costa de mucho dolor y sufrimiento, hemos aprendido a valorar muchas cosas en este tiempo. También nuestra fe, con todos los acontecimientos, se ha visto obligada a purificarse y replantearse qué es ser creyente en Jesucristo y qué connotaciones nos implica a la hora de vivir, como nos dice el Señor, intentando ser sal y luz en donde estemos.

Decir que tenemos fe, juzga ya nuestra manera de vivir. Si tenemos fe, nuestro obrar no puede ser jamás como el del mundo. No se puede poner una vela a Dios y otra al diablo.

Nuevo tiempo, nueva y renovada manera de vivir nuestra fe, desembarazándonos de los criterios y medidas del mundo.

Recordemos que Jesús nos dijo que a “vino nuevo, odres nuevos”. Nuevo tiempo, nueva y renovada manera de vivir nuestra fe, desembarazándonos de los criterios y medidas del mundo. Si tenemos que agradar a alguien, no es a la moda, a la opinión pública, ni a los intereses mundanos. Debemos agradar a Dios con una vida limpia que nos aleje del pecado y se manifieste en actos con recta conciencia e intención, que busquen el bien y la verdad.

Tenemos la oportunidad de hacer una relectura profunda de cómo vivimos las enseñanzas de Jesús y los caminos, algunos confusos y desconcertantes, que ofrece esta cultura de la globalización en la que nos hayamos inmersos.

Es hora de separar el trigo de la cizaña; de apartarse de lo que no humaniza; de saber cómo tiene que vivir un hijo de Dios en la Iglesia y en el mundo, sin caer en la mundanidad; debemos saber rechazar las tentaciones que el mismo Señor tuvo que sufrir.

Debemos agradar a Dios con una vida limpia que nos aleje del pecado y se manifieste en actos con recta conciencia e intención, que busquen el bien y la verdad. Nuestras obras no las debemos hacer para ser bien vistos por los hombres, sino por Dios.

No se trata de hacer cristianos dependientes, sino adultos en la fe que la traduzcan en obras. Ni de súbditos obedientes sin espíritu crítico, sino libres y atentos a la voluntad de Dios, poniendo en práctica las enseñanzas de Jesús.

El cristiano no sigue una teoría, sino que tiene un estilo de vida. Una manera de vivir según el evangelio de Jesús de Nazaret y las enseñanzas de la santa Madre Iglesia. Ojalá que, siguiendo los ejemplos del Señor, seamos especialistas en lavarnos los pies mutuamente y creer en su palabra cuando nos dice: “El que quiera ser el primero que se haga el último, el servidor de todos”.

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. Párroco.

En la fiesta de nuestro santo patrón

Queridos hermanos en la fe, feligreses de nuestra parroquia de San Isidro Labrador, de l’Hospitalet y Barcelona.

Nos disponemos a celebrar un año más San Isidro. Miramos su ejemplo y pedimos su intercesión. Cierto que las circunstancias hacen que cosas, ciertamente bonitas y tradicionales como las rosas y los panecillos, no adornen nuestra celebración patronal, pero no resta ni un ápice a nuestra devoción al santo y a la protección que le pedimos para nosotros, nuestras familias y nuestro mundo.

En estos momentos, urge asomarse al mundo que se aproxima y reflexionar sobre él.

Dicen que vamos hacia una nueva normalidad, pero no se concreta de qué manera. Necesitamos aterrizar en lo concreto, pues se utilizan en demasía generalidades y tópicos que tapan y ocultan una realidad que ya está siendo difícil y dura para muchas personas.

Un buen diagnóstico, por duro que sea, siempre nos posibilita el poner medios adecuados para buscar soluciones. Lo que es erróneo y fatal es no afrontar la realidad y dejar que nos desborde sin haber tenido posibilidad de encajarla y mejorarla.

Tenemos por delante la reflexión sobre nuestro estilo de vida personal, sobre como vivimos el ámbito familiar y en que tipo de sociedad nos movemos y que valores o contravalores estamos transmitiendo.

En nuestro santo patrón tenemos aspectos que nos pueden iluminar porque son los fundamentales para todas las épocas: una vida familiar sencilla y discreta, que hace el bien sin estridencias y en la que abunda lo principal: el amor, la fe y la esperanza en Dios.

El confinamiento ha puesto a prueba nuestra manera de vivir y las relaciones interpersonales. Somos lo que somos, sin maquillajes y sin evasiones. Hemos tenido muchos días para pensar, para convivir, para valorar lo que es importante para nosotros y para prescindir de lo que no lo es.

Esto nos invita a saber escoger como ha de ser nuestra manera de vivir en esta nueva etapa de nuestra historia personal y colectiva.

Como fieles católicos hemos tenido que ayunar de los sacramentos de la Iglesia, agarrándonos a la fe en Cristo y valorando lo importante y fundamental en la vida cristiana.

Estamos experimentando lo que son “paredes maestras” del edificio de la Iglesia, es decir, la necesidad de los sacramentos para la vida cristiana y la caridad y lo que son “tabiques” o determinadas actividades, formas y tradiciones de las que se pueden prescindir o cambiar según las circunstancias. Invitación directa a que sepamos, en nuestra vida, diferenciar lo que es fundamental de lo que es complementario. San Agustín, recordemos, dice que el amor es una perla preciosa que el que la tiene, no necesita nada más y que si no se tiene, todo lo demás no basta.

En la fragilidad de la vida y en el dolor de la muerte, estamos encontrándonos de nuevo como seres humanos, sin distinciones ni privilegios.

En este tiempo que llevamos confinados he rezado, además de los misterios del Rosario correspondientes al día, el misterio de la Crucifixión y Muerte del Señor, por todos los enfermos y los que los cuidan y por los difuntos que han muerto solos y por sus familiares que no se han podido despedir de ellos. Y el misterio de la venida del Espíritu Santo, para que este tiempo sirva para renovar nuestra alma y la faz de la tierra.

Como bien sabéis, la misión del párroco no es solo organizativa, sino que tiene la misión de ser el pastor, a imagen del Buen Pastor, que conduce y guía la comunidad parroquial. Por eso debe rezar cada día por la feligresía a él encomendada y ofrecer la Santa Misa dominical, de manera especial, por los feligreses vivos y difuntos.

En este tiempo que llevamos confinados, Mn. Alberto y servidor estamos celebrado cada día la Santa Misa, rezando por todos vosotros y por nuestro mundo y Mn. Agustín, ofreciendo su enfermedad y cuando le es posible, concelebrando con nosotros. Gracias a Dios estamos bien, con el deseo de que podamos abrir pronto  nuestro templo al culto público. El P. Francesc S.I. sigue bien y continua en su comunidad religiosa.

Nos duele el dolor de tantas personas víctimas de la pandemia y nos preocupa las consecuencias económicas desfavorables para tantas familias que ya se están produciendo.

A estas alturas ya sabemos que el día de San Isidro, lo celebraremos a puerta cerrada, pero seguiremos pidiendo su intercesión para que todos tengan salud, trabajo y esperanza y que sobre todo, se viva en nuestra sociedad con respeto mutuo, buscando siempre el bien común y con la mano  extendida al más necesitado.

Recordemos que en toda circunstancia, podemos ser un faro en la tempestad de alguien.

Aprovecho también para agradecer públicamente, en nombre de mis hermanos sacerdotes, vuestra constante oración i solicitud por nosotros.

Recibid nuestro afecto y bendición.

Francisco Prieto Rodríguez, pbro.

Párroco

10 de mayo de 2020. Domingo V de Pascua.

La vida se abre paso

Editorial Mayo

Estamos experimentando que, en medio de tanto dolor, sufrimiento e incertidumbre, la primavera está cumpliendo su misión, que es hacer brotar de nuevo la vida en la naturaleza. Lo que parecía muerto, se llena de vitalidad y color en las más variadas formas y tamaños. De la misma manera y al mismo tiempo, estamos ya celebrando la Pascua que ilumina tantas y diversas situaciones con la esperanza del cielo y la certeza de que no estamos solos en medio de tanta adversidad. De forma inconsciente miramos al futuro para escapar de la dureza del presente. Nos decimos que pronto pasará todo, pero sabemos que ya no todo será igual. Es la prueba de la fe y de la humanidad.

Para vivir como cristianos necesitamos los sacramentos y la unión a Cristo y a la Iglesia. Todo lo demás es relativo y circunstancial y la realidad está haciéndonos ver que se puede prescindir de todo ello. Vivir como cristianos nos ha de llevar a ser hombres y mujeres de bien en todos los aspectos de la vida y del trabajo. Ésta es la gran prueba y verificación de la verdad de nuestra fe, pues no podemos quedarnos solo con decir ¡Señor!, ¡Señor!, pues así no entraremos en el Reino de los cielos.

La Iglesia es la Esposa de Cristo y solo en Él, y en comunión con Él, podemos formar parte de ella. Las estructuras caen y solo Dios permanece.

Para esta nueva etapa que se abre por delante, todos, creyentes y no creyentes, debemos actuar con sincera y auténtica ética profesional. Hablar de ética es hablar de cómo cada persona, en su hacer cotidiano, utiliza los medios de que dispone y de su libertad, para actuar siempre con justicia, rigor e imparcialidad. Solo así podremos vivir una espiritualidad que nos haga madurar, evitando las tentaciones de los espiritualismos que nos apartan de la vida y del compromiso a vivir como hijos de Dios e hijos de la Iglesia.

Francisco Prieto Rodríguez, pbro.

Párroco.

En estos inciertos tiempos…

Editorial Abril

Queridos hermanos,

Las terribles circunstancias de esta pandemia, nos ofrece una nueva oportunidad para rebajar nuestro orgullo y soberbia.

¿Recordáis en la Biblia el pasaje de la torre de Babel?

Hemos querido hacer un mundo mejor prescindiendo de Dios y confiados a las solas fuerzas humanas. Y ahora todo se derrumba como un castillo de naipes.

Lo que permanece y nos hará salir hacia delante, es el sacrificio y la generosidad de tanta gente. A la fuerza, volvemos a lo básico en las relaciones humanas y tenemos que convivir con los más cercanos, que quizás eran con los que menos convivíamos.

Esta sociedad que quería aprobar la eutanasia, se da cuenta de lo importantes que son los mayores y lo desamparados que están en muchos casos.

Dios actúa en circunstancias que no entran en nuestra mente y nos educa a través de los acontecimientos salvíficos que se nos ofrecen en la Divina Revelación.

El rey Salomón lo tenía todo y, en su libertad, se apartó de Dios, la fuente de todo bien. Apartarse de Dios llevó división y enfrentamiento al pueblo elegido y rompió el reino en dos partes: Israel y Judá. Más débiles y enfrentados entre ellos, fueron fácil presa de sus enemigos.

Desterrados en Babilonia, se dan cuenta de lo que han perdido y de las infidelidades cometidas. Pero Dios nunca abandona y allí precisamente se escriben páginas inspiradas de la Biblia y renace la esperanza.

Esperemos que así suceda en estos tiempos que nos tocan vivir.

Estamos viviendo una cuaresma diferente y nos acercamos a celebrar la Semana Santa, los días más importantes del año cristiano, con los templos cerrados. Pero la Santa Iglesia, aún en estas circunstancias, seguirá celebrando el misterio de Cristo muerto y resucitado.

Es una oportunidad para vivir la Semana Santa uniéndonos espiritualmente a las celebraciones de nuestra parroquia, que os detallamos a continuación.

Aún a puerta cerrada, seguimos celebrando cada día la Santa Misa teniendo muy presentes el dolor y la generosidad de tantas personas a nuestro alrededor.

Que en esta nueva Pascua brille la Luz de Cristo y disipe las tinieblas del sufrimiento y dolor de tantos hermanos nuestros.

En nombre de Mn. Agustín, Mn. Alberto, P. Francesc y en el mío propio, recibid nuestra bendición.

Francisco Prieto, pbro.

Párroco.

Familias en oración

Editorial Marzo

La familia es uno de los bienes más apreciados por la mayoría de personas. Sin embargo, vivir la dimensión familiar en un mundo tan complejo y disperso como es el nuestro, no es nada fácil. De ahí que sea importante no dejar de buscar ocasiones y motivaciones para que la familia se reúna y pueda compartir momentos de esperanza o preocupación por las variadas necesidades de nuestro mundo.

“Familias en oración” es una sencilla iniciativa que recoge la propuesta tan acertada de que “la familia que reza unida, permanece unida”.

Siguiendo los consejos del apóstol Pablo, miremos todo lo que hay y quedémonos con lo bueno. Esta iniciativa, el solo ponerla en práctica, ya nos enriquece.

Propongámonos pues, rezar en familia. ¿Unos minutos cada día? ¿Una vez a la semana? ¿Una vez al mes?

Esforcémonos en intentar compartir lo que nos preocupa; pidamos por los que sufren; demos gracias a Dios por lo que tenemos.

Lo importante es reunirse en el nombre del Señor y abrirle nuestro corazón con humildad, fe y esperanza.

Rezar juntos como familia es un bonito testimonio de nuestra fe. Rezar juntos, sencillamente, con el corazón en la mano, con humildad y con esperanza.

Rezar juntos, estrechará los lazos familiares y facilitará la comunicación.