Año de San Isidro Labrador

 

El 12 de marzo de este año del Señor, se cumplieron los 400 años de la canonización de San Isidro Labrador, junto a tres españoles más: San Ignacio de Loyola, San Francisco Javier y Santa Teresa de Jesús. Los consejeros del Papa Gregorio XV, le sugirieron que para no ser solo españoles los nuevos santos, añadiera a la canonización a San Felipe Neri.

A simple vista y dada la gran talla humana y espiritual de los santos canonizados, la figura de San Isidro, un humilde labrador, parecería ser la añadida a compartir la gloria de tanta santidad reconocida. Pero no fue así.

El santo ya previsto para ser canonizado el 12 de marzo de 1622 por el Papa Gregorio XV era, y solo él, San Isidro Labrador. En aquellos momentos el luteranismo avanzaba con fuerza incidiendo en la “sola fe” y la Iglesia, en la vida del humilde labriego de Madrid, vio la oportunidad de ofrecer a todos los católicos un modelo de vida cristiana al alcance de todos y sobre todo, de los más humildes. Isidro, labrador asalariado, esposo y padre, humilde y sencillo, honesto y trabajador, con una fe vivida sin tapujos y públicamente demostrada, tenía siempre abierta su corazón y su puerta a los más necesitados. Por eso su culto se extendió rápidamente por la Iglesia, en una sociedad predominantemente agrícola, y su imagen más popular con los bueyes arando conducidos por los ángeles mientras Isidro rezaba, se podía encontrar prácticamente en todas las iglesias y capillas del mundo católico hasta la actualidad.

Hasta entonces, las canonizaciones normalmente eran de uno en uno, pero la Divina Providencia, y a través de las circunstancias humanas, agrupó a este ramillete de santos.

El primer elevado a la gloria de los altares fue, pues, San Isidro Labrador. Teniendo ya al santo principal en su sitio, después vino San Ignacio de Loyola, San Francisco Javier, Santa Teresa de Jesús y San Felipe Neri.

Terminada la ceremonia de canonización, las calles de Roma presenciaron una solemne procesión en la que se visitaron las iglesias más vinculadas a los nuevos santos. Así, desde San Pedro y cruzando el río Tíber, la procesión se dirigió a Santa María in Vallicella, donde está el Oratorio, fundación de san Felipe Neri; luego a la iglesia de Santiago de los Españoles, para rendir homenaje a san Isidro Labrador. Desde allí, la procesión se dirigió a la iglesia de Gesù, donde están los grandes altares de san Ignacio de Loyola y san Francisco Javier, y luego a la iglesia carmelitana de Santa María della Scala, en el Trastévere, para rendir homenaje a Santa Teresa de Jesús.

Y ahora nosotros, tenemos el gozo de celebrar estos 400 años de canonización de nuestro patrón celebrando, por especial concesión de nuestro Cardenal Arzobispo Mons. Juan José Omella, el “Año de San Isidro Labrador” , que él mismo inaugurará el próximo día 16. De esta manera, en la única parroquia de Cataluña que tiene a este santo como titular, podremos profundizar en la santidad a la que estamos llamados por el Bautismo, en la vida ordinaria, trabajando, formando una familia, educando a los hijos y siendo honestos, honrados y trabajadores en lo que se nos encomiende y buenos cristianos en todo momento y con toda persona que se cruce en nuestros caminos.

Una fe con obras, las de nuestro santo patrón, en una vida ordinaria en medio de sus paisanos, pero grande a los ojos de Dios.

Cuando hablamos tanto de cómo vivir nuestro compromiso cristiano y dedicamos tiempo y tiempo a reflexiones y proyectos, a la luz de San Isidro Labrador podemos decir que vivir cristianamente es cumplir los mandamientos de la Ley de Dios y de la santa Madre Iglesia. Y sobre el tan traído y llevado voluntariado, San Isidro y su mujer Santa María de la Cabeza, nos enseñan que la caridad no tiene horarios ni programas y que hay que estar disponibles para atender al prójimo en sus necesidades, cumpliendo así las Obras de Misericordia corporales y espirituales.

Las rosas que se reparten tradicionalmente el día de su fiesta nos hablan de la fragancia de lo bello y del trabajo que hay que hacer para conseguirlo. Y los “panecillos de San Isidro”, nos alientan a compartir el pan de cada día con los hermanos más necesitados.

Que este año que iniciamos nos lleve a ser más santos y más buenos hijos de la Iglesia, brillando en nuestras buenas obras la fe que profesamos y que hemos recibido como gracia de Dios. 

 

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

 

Editorial Mayo 2022

Peregrinos de la verdad

 

En este mes llegamos a la cumbre de la Cuaresma con la gran celebración del Triduo Pascual y el inicio del tiempo Pascual. Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida y nadie va al Padre sino por mí, nos dice  Jesús, el Señor. Por eso lo contemplamos y bebemos de su Palabra salvadora.

En la vida cristiana, la celebración de la Pascua es el centro y el eje de todo el año: comienza con la Vigilia Pascual, se prolonga durante cincuenta días hasta Pentecostés, y se celebra cada domingo.

La estructura de la cincuentena pascual ha permanecido prácticamente invariable desde finales del siglo V, y en las últimas reformas litúrgicas, Pentecostés ha vuelto a ser el último día de la cincuentena, como colofón, recuperando su propia identidad. Así se describe en las Normas Universales sobre el Año Litúrgico. Los cincuenta días que van desde el domingo de Resurrección hasta el domingo de Pentecostés se celebran con alegría y júbilo, como si se tratara de un único día de fiesta o, mejor aún, de un “gran domingo»”.

A lo largo de esas siete semanas, lo que se celebra es el misterio de la glorificación de Cristo. Resurrección, ascensión y envío del Espíritu Santo no son celebradas como fiestas aisladas o episodios sucesivos acontecidos en el tiempo, sino como aspectos de un solo y único misterio.

Fiel a la tradición litúrgica universal, la reforma del Concilio Vaticano II ha reservado estos libros del Nuevo Testamento para que sean leídos durante el tiempo pascual en las celebraciones litúrgicas: Hechos de los Apóstoles, primera Carta de Pedro, primera Carta de Juan, Apocalipsis y Evangelio de Juan. Todos estos libros adquieren una significación peculiar al ser leídos e interpretados desde la perspectiva del misterio pascual.

Así pues, tenemos el tiempo pascual para que, después de la purificación del alma a través de la penitencia, la oración y la caridad como ejes existenciales,  profundicemos en lo que nosotros somos en razón de nuestra comunión con Jesús resucitado, ahondando en nuestra propia identidad cristiana y eclesial.

Podríamos decir que esta experiencia, renovada año tras año, viene a ser como una actualización periódica del Apocalipsis: victoria de la vida sobre la muerte, de la verdad sobre el error, de la alegría sobre el llanto, de la luz sobre las tinieblas; inauguración de la nueva Jerusalén, del cielo nuevo y de la tierra nueva. Así ha de vivir la comunidad nacida de la pascua de Jesús, que por la fuerza de su Espíritu la anima y la mantiene en la unidad.

 

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

 

 

Editorial Abril 2022

Carta a los feligreses

 

¡Alabado sea Jesucristo!

Apreciados feligreses de la Parroquia de San Isidro Labrador,

Me complace comunicaros que Mons. Juan José Omella, Cardenal Arzobispo de Barcelona, presidirá la santa Misa en honor de nuestro patrón San Isidro Labrador, el día 16 de mayo en nuestra parroquia, inaugurando el “Año de San Isidro Labrador” 15 de mayo de 2023.  Nuestra parroquia es la única en toda la archidiócesis que tiene como patrón a este santo.  El motivo de la celebración de este “Año de San Isidro” es el cumplimiento de los 400 años de su proclamación como santo, junto con grandes figuras como Santa Teresa de Jesús, San Ignacio de Loyola, San Francisco Javier y San Felipe Neri.

Este santo tiene muchas cosas que decirnos en nuestra sociedad actual, por esto a lo largo de este año de San Isidro, podremos reflexionar el modelo de vida cristiana que nos ofrece a través de los diferentes aspectos que configuran su vida.

El modelo de santidad que nuestro patrón ofrece es el de un trabajador del campo, que amaba la naturaleza y la cuidaba porque era el sustento de su familia; laico y padre de familia que, junto con su esposa, cuidó y educó a su hijo; vivieron las contradicciones de la vida como, entre otras, ver la vida de su hijo en peligro, la maledicencia que puso en cuestión la fidelidad matrimonial o la envidia por trabajar tal y como se había comprometido.  Llevaba una vida sencilla y humilde y, como buen cristiano, la puerta de su casa estaba siempre abierta para socorrer a los más necesitados.  Y no olvidaba nunca de pasarse por su parroquia de san Andrés a rezar y dar gracias a Dios.  En su tiempo, como ahora, no era fácil ser un cristiano coherente y vivió en muchas ocasiones la envidia de los que lo rodeaban al ver su comportamiento laboral y familiar.

Curiosamente este santo se hizo muy popular porque la mayoría de cristianos se podían identificar fácilmente con él.

Se nos ofrece la oportunidad de que este acontecimiento sirva para reflexionar sobre temas fundamentales de nuestra sociedad, como el medio ambiente que tanto nos preocupa ahora; la familia y su responsabilidad como primeros educadores; la vida cristiana en un mundo descristianizado; como educar una recta conciencia en una sociedad que, según conveniencias, alterna el libertinaje y el puritanismo y también como la Iglesia, a través de la historia, siempre ha ofrecido fe y cultura, como lo demuestra nuestra Escuela, que ya desde el año 1958 ofrece una de las pedagogías más integrales para formar personas en todas sus dimensiones.

Preparémonos a celebrar este acontecimiento agradeciendo a Dios poder trabajar para hacer una sociedad mejor ofreciendo una buena educación católica, que quiere decir universal e integral, en nuestro barrio de Santa Eulalia, mediante nuestra Escuela Parroquial “Casal dels Àngels”, la vivencia de la vida cristiana celebrando los Sacramentos y practicando la Caridad.

 

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

 

* El tradicional día 15 de mayo, al coincidir este año con el V domingo de Pascua, se traslada litúrgicamente al siguiente día.

 

Editorial Marzo 2022

En voz baja

La verdad padece, pero no perece. Esta sentencia se cumple también para las llamadas “redes sociales”. Es tanta su fuerza que si una persona, no entra en ellas queda excluido de las relaciones o llamadas que hasta entonces se hacían servir. ¿Por qué?  O haces lo que todo el mundo dice o quedas excluido. Esta es la sociedad llamada libre y democrática que impone sus dictaduras.

Al mismo tiempo, estas “redes sociales” permiten el anonimato y todo tipo de comentarios, que sin ninguna fiabilidad, se difunden. 

En voz baja, mucha gente opina sobre la esclavitud que significa estar continuamente conectados y recibiendo una sobredosis de irrelevantes comentarios o informaciones. Pero, no se atreven a ir contra corriente por el qué dirán.

Por otro lado se perciben situaciones en las que, perdido todo control, lo que se vierte a través de estos medios intenta perjudicar la fama del prójimo.

El problema es que, una vez desatado ese demonio interior de los celos, rivalidades, personalismos, etc. de cada persona, las redes sociales también sirven para, desde la oscuridad, el anonimato y la cobardía, soltar el veneno de la maledicencia sobre personas y situaciones.

Está pasando como en una partida de billar, pues cuando disparas una bola, es muy difícil controlar las carambolas que pueden derivarse.

Es tanta la fuerza y la presión ambiental en los llamados “medios de comunicación” que las voces discordantes son acalladas y el espíritu crítico brilla por su ausencia, tragando todo tipo de propuestas por el miedo a ser tachado de “antiguo”.

Se busca sin medida tener seguidores, ser escuchado, que se sepa lo que se hace. Así se gastan muchas energías que se podrían aprovechar para intentar, con la gracia de Dios y nuestro esfuerzo, ser mejor persona en la vida de cada día y con los que nos toca vivir; respetar la diferencia y buscar siempre lo que une y no lo que separa. El reto es educar en enriquecerse con lo diverso, asumiendo las legítimas diferencias y dejando de lado actitudes que separan, dividen y enfrentan.

Hay que saber usar las cosas que Dios pone en nuestra vida y los avances tecnológicos de que disponemos. Siempre teniendo una recta conciencia; no olvidando que debemos tratar a los demás como nos gusta ser tratados y recordando que el  octavo mandamiento de la Ley de Dios nos prohíbe mentir y dar falsos testimonios.

Así como también comporta, para poder ser absuelto de las culpas en la confesión, rectificar las mentiras, calumnias e informaciones no contrastadas difundidas.

Sin menospreciar la técnica y la ciencia, no olvidemos que la relación personal es la mejor vía para estrechar lazos sociales, deshacer malos entendidos y crecer en el diálogo y respeto mutuos. 

 

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

Editorial Febrero 2022

Donde hay problemas, sé tú la solución

Todos nos estamos deseando lo mejor para este nuevo año que Dios nos concede. Lamentablemente estos buenos deseos no suelen aterrizar en cosas concretas, pues vivimos inmersos en generalizaciones y globalidades que olvidan que, por muchos protocolos, documentos, pactos y acuerdos que se firmen, todo pasa por la persona concreta que te atiende o informa.

Lo que nos lleva a desear encontrarnos, en cualquier ámbito, con buenas personas. Personas mínimamente entendidas en las funciones que representan; educadas y respetuosas con los que se acercan a ellas; escuchando y orientando sin abusar del puesto en que están y, por la ignorancia que tienen, complicando lo que es sencillo. 

También algunos, de manera sistemática, te derivan de un sitio a otro o te dicen que vuelvas a llamar, después de largas esperas con el teléfono en la mano, reviviendo el conocido artículo de Larra “Vuelva usted mañana”.

Se siguen ofertando generalizaciones y dando por supuesto que solo por decirlo, todo funcionará mejor, olvidando que el ser humano es muy complejo y diverso y que es esta “complejidad” la que debe ponerlas en práctica. 

Formar personas sigue siendo el reto pendiente de nuestra moderna y progresista sociedad, contemplando al ser humano en su integridad y en sus etapas evolutivas; así como los condicionamientos a que está sometido en estos tiempos.

Se habla de “salud mental”, pero no de las cosas que la entorpecen. Una persona para desarrollar lo mejor de sí misma, debe crecer y tener un ambiente armónico, sereno, acogedor y protector que le permitirá desarrollarse con libertad y confianza. Debe tener los debidos incentivos para superarse adecuadamente y debe evolucionar desde el respeto al que tiene al lado, sabiendo escuchar, valorar y aceptar. 

El esfuerzo, el sacrificio y la contribución al bien común, debe hacer que la persona en crecimiento valore lo que tiene y la haga responsable de mejorar lo que se disfruta y que tantas personas en nuestra sociedad no tienen.

En este año del Señor 2022, tenemos todos la oportunidad de que, donde estemos y lo que hagamos, seamos un regalo siempre para los demás. Y cuando hay tantos problemas personales y comunitarios, donde estemos, siempre seamos, en vez de un problema, una solución.

 

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

Editorial Enero 2022

El Sí de la Virgen María

Que vuestro sí sea sí y que vuestro no, sea no, dice el Señor en el evangelio de san Mateo. La Virgen María, gracias a su sí dado desde la libertad más absoluta como criatura, posibilitó que en la cadena humana, como nos relatan las genealogías, todo pueda ser historia de salvación. 

Una de las dificultades que hay en las relaciones humanas es la ambigüedad y no expresar las ideas con claridad y sencillez. Tenemos que procurar evitar todo lo que pueda dificultar el entendimiento y la comunicación, al no saber en qué términos se está hablando. ¿Broma? ¿Serio? ¿Decir sin decir? Estamos acostumbrados a que en los debates políticos y televisivos gana siempre la ironía y el doble lenguaje que lleva al aplauso fácil, pero no a la solución de los problemas. Esas sutilezas del lenguaje entorpecen y difuminan lo más importante del diálogo, que es la comunicación sincera y la búsqueda de soluciones; y el entendimiento y fraternidad por encima de todo. 

La fiesta de la Inmaculada nos invita con María a acoger a Jesús que llega, a abrirnos a su presencia y a escuchar su palabra.

En Ella vemos, como terminada, la obra que Dios tiene empezada en cada uno de nosotros; y en Ella vemos lo que acontece cuando alguien consiente que Dios intervenga en la propia vida.

Y también podemos celebrar la buena noticia de que el pecado no forma parte de la estructura fundamental del ser humano querido por Dios y que la victoria sobre él es posible.

La fiesta de la Inmaculada nos convierte en gente “enemistada” con la injusticia y la violencia y, por lo tanto, con todos los dinamismos de exclusión que imperan en nuestro mundo.

 

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

Editorial Diciembre 2021

La esperanza de la libertad humana

Sin pedirnos permiso, el mundo nos hace escoger. Sin estar preparados, nos hace decidir y tomar caminos que no llevan al mismo sitio. Y ahí está presente el pecado original, que nos impide escoger bien y nos impide dejar a Dios entrar en nuestra vida.

Esa ceguera, que sólo con la Gracia y con mucho sacrificio se puede vencer, alimenta nuestro “yo” de tal manera que nos volvemos insensibles a los dones de Dios sin ver su amor y misericordia.

Sólo Dios es lo primero. A Él debemos rendir inteligencia y voluntad. Entregarle nuestra vida e historia. Sólo Él puede darnos la luz que necesitamos y hacernos entender que vamos de su mano. 

No todas las elecciones en la vida son acertadas ni nos llevan a buen fin. Pero Dios siempre nos ofrece una nueva oportunidad.

Supliquemos a Dios una fe fuerte, firme y profunda. Como la de los grandes árboles del bosque que resisten las tempestades bien enraizados en la tierra. Que soportan el peso de la nieve, sin dejar de mirar hacia el cielo.

El drama de la libertad humana es que podemos escoger, pues nos vemos obligados a tomar decisiones que nos van configurando.

Por eso la fe alumbra nuestro caminar. Obedezcamos la Palabra de Cristo sin glosa. Perseveremos en la gracia que nos hizo vislumbrar que el Reino de Dios comienza en el interior de cada uno de nosotros.

Humildad, sencillez, obediencia; penitencia por nuestros pecados y por nuestra soberbia; por pensar que, sin Dios, podíamos dirigir nuestra vida y hacer un mundo mejor. 

Si nos humillamos delante del Señor, si le entregamos nuestra libertad y nos dejamos hacer por Él, nos concederá la luz que necesitamos en nuestro caminar y esa fe fuerte, firme y profunda para vencer las dificultades de la vida.

El objetivo de nuestra vida es ser felices. Los santos son los que fueron fieles a sí mismos y a la voluntad de Dios, que se expresa en la recta conciencia y en la práctica de las buenas obras; fueron valientes y no antepusieron nada a Cristo.

Que la intercesión de todos los santos ayuden nuestro esfuerzo; llenen nuestro corazón de gratitud por los dones recibidos y nos hagan caminar por la senda de la humildad, que lleva a la santidad.

 

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

Editorial Noviembre 2021

Familia, educación católica y parroquia

Conceptos que deben tener un claro contenido, sabiendo qué es lo que quiere decir cada una de estas palabras en la vida de un católico, de un seguidor de Jesucristo.

Cuando hablamos de familia hablamos desde la creación por parte de Dios del hombre y la mujer, así como de sus fines primordiales, según nos relata el libro del Génesis. En el núcleo donde venimos al mundo, experimentamos el amor y la aceptación incondicional y recibimos las herramientas físicas, emocionales y espirituales para entrar en la vida y hacer un nuevo eslabón. Esto es la plena realización del ser humano, que ama y desea ser amado y como fruto de ese amor se transmite la vida. El amor, palabra tan usada y tan desgastada, no solo hace referencia a la satisfacción personal o a situaciones idílicas; San Pablo, en la carta a los Corintios, expresa de manera magistral el amor que no pasa nunca. Y este amor es fiel, comprensivo, servicial, generoso, sacrificado, que no tiene envidia, que todo lo cree, todo lo soporta, todo lo perdona; este es el amor que hace superar todas las pruebas de la vida. Amarse mutuamente y cuidar la familia es el gran tesoro que debemos custodiar.

Una familia católica, tiene el deber y la obligación de educar católicamente a sus hijos. Facilitar la transmisión del saber y una cultura humanista, amplia, y que enseñe a pensar; conociendo y amando la historia y la filosofía, junto con la espiritualidad cristiana que ha configurado Europa y buena parte del mundo, se convierte en una opción fundamental para el desarrollo de la persona. Hay que saber escoger el tipo de educación que han de recibir los hijos y el pensamiento que se les transmite. De ello dependerá en buena medida su felicidad.

Y en la Parroquia, la familia celebra la fe y recibe los sacramentos, principalmente la Eucaristía y la Confesión, pues acoge a todos los católicos acompañándolos en el desarrollo de la vida; iluminando las diferentes etapas de crecimiento con el don de la fe y la acción de la gracia de Dios. La Parroquia proporciona la estabilidad y el desarrollo espiritual que la persona necesita para madurar la fe. 

Hoy que ya se habla en nuestra diócesis de reestructuración de parroquias, como ya pasa en muchas partes de Europa, agradezcamos al Señor el don de la cercanía territorial que tenemos para celebrar los sacramentos e impliquémonos en la tan vital y necesaria promoción de las vocaciones sacerdotales.

 

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

Editorial Octubre 2021

Un nuevo curso pastoral

Igual que cuando no funcionan los semáforos, circular y caminar se convierte en un peligro, cuando nuestra sociedad olvida que hay unas leyes y reglamentos para la vida personal y comunitaria, nos deslizamos hacia el caos.

Nos extrañamos de comportamientos antisociales y olvidamos que la persona y sus circunstancias son muy complejas y que no basta con hacer reglamentos, normas o leyes, si no se ha educado la mente y el corazón en unos principios basados en el sentido común y en el discernimiento del bien y del mal.

Si no hablamos de la cultura del esfuerzo en el estudio, en el trabajo y en la convivencia, se potencia un individualismo feroz e irreal, convirtiéndose cada persona en epicentro de todos los demás; cargándose solo de derechos sin ninguna obligación.

Lo que nadie aceptaría para un deporte y una música (la falta de esfuerzo y práctica, de una manera constante y dura), se acepta para la educación y la vida espiritual. Aunque no apruebes, pasas de curso, se dice, para no traumatizar; y de esta manera abocamos a la persona hacia el fracaso y al vivir sin el mínimo esfuerzo. Después nos escandalizamos cuando no se siguen las normas sociales para evitar contagios, en bien de la misma persona y de los demás.

Si no hay una educación del corazón; si no se ayuda y potencia el esfuerzo personal; si no decimos la verdad de que la vida pide esfuerzo y sacrificio, estamos abocando a las futuras generaciones hacia el abismo. 

Un nuevo curso pastoral no tiene nada que inventar, pues siguen siendo actuales, y nunca del todo asumidos en la vida cotidiana, los principios que han de regir la vida del católico: observancia y cumplimiento de los Diez Mandamientos de la Ley de Dios y los Cinco Mandamientos de la Santa Madre Iglesia. 

Se resumen en dos: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. En esto se sintetizan la Ley y los Profetas. 

Nuestra pretensión en este nuevo curso pastoral que Dios nos concede, es que, en medio de las incertidumbres que nos rodean, sigamos manteniendo en nuestra parroquia los dos ejes principales sobre los que ha de girar nuestra vida cristiana: el Culto y la Caridad. Dios lo primero y como consecuencia de nuestro encuentro con Dios, la atención al hermano.

 

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

Editorial Septiembre 2021

Adquirir buenos hábitos

El paso de los valores a las virtudes es el paso de la teoría del bien a la práctica del bien. Ese tránsito se da por el puente de los hábitos. Las virtudes son hábitos adquiridos. No nacemos con ellas. Solo la repetición de un mismo acto cristaliza en un tipo de conducta estable y fácil que llamamos hábito. Gracias a los hábitos, el hombre no está condenado como Sísifo a empezar constantemente de cero. Y el secreto para afianzar una conducta no es otro que la repetición.

Un acto aislado no constituye un modo de ser. Sabemos que para consolidar una conducta es imprescindible la repetición de los mismos actos. Por eso se ha dicho que quien siembra actos recoge hábitos, y quien recoge hábitos cosecha su propio carácter. En consecuencia, “adquirir desde jóvenes ciertos hábitos no tiene poca o mucha importancia: tiene una importancia absoluta” (Aristóteles). Los pedagogos  saben que, si los hábitos perfectivos no arraigan pronto, la personalidad del niño queda a merced de sus deseos.

El esfuerzo es necesario. “El arte de vivir se parece más a la lucha que a la danza”, sentenció el emperador Marco Aurelio. Por una misteriosa incoherencia (los católicos lo llamamos pecado original), ningún hombre es como a él le gustaría ser. Sabemos que los seres humanos traicionan a menudo sus propias convicciones éticas, no hacen el bien ni evitan el mal que deberían. En esa debilidad constitutiva se manifiesta también la necesidad de la fortaleza. Unas veces, son los bienes primarios quienes ejercen una presión desmedida: la comida, la bebida, el sexo, la comodidad o la salud pueden adquirir un atractivo casi irresistible. En otros casos, el desorden nace del enorme protagonismo que hemos ido concediendo al dinero, al trabajo, a la posición social. Las concesiones a cualquier desorden cristalizan en un hábito desordenado, en un vicio. 

Nos proponemos muchas cosas y no hacemos lo que nos habíamos propuesto. Ese querer y no querer es una experiencia de incoherencia interna, de debilidad humana, como si algo estuviera estropeado dentro de nosotros. Hasta aquí llega la reflexión ética, y la reflexión espiritual continúa diciéndonos que la gracia, que no suple a la naturaleza, sí la perfecciona con los sacramentos que acompañan la vida del creyente.

Nos esforzamos en pulir nuestros defectos, pero no lo hacemos como Sísifo, sino como aquél que se siente perdonado una y otra vez y puede comenzar una nueva etapa con el auxilio de la gracia de Dios; que no solo conoce nuestro error, vicio o pecado, sino que conoce también nuestro interior y nuestra buena disposición para continuar en el camino del bien, apartándonos del camino del mal.

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

Editorial Agosto 2021