El Sí de la Virgen María

Que vuestro sí sea sí y que vuestro no, sea no, dice el Señor en el evangelio de san Mateo. La Virgen María, gracias a su sí dado desde la libertad más absoluta como criatura, posibilitó que en la cadena humana, como nos relatan las genealogías, todo pueda ser historia de salvación. 

Una de las dificultades que hay en las relaciones humanas es la ambigüedad y no expresar las ideas con claridad y sencillez. Tenemos que procurar evitar todo lo que pueda dificultar el entendimiento y la comunicación, al no saber en qué términos se está hablando. ¿Broma? ¿Serio? ¿Decir sin decir? Estamos acostumbrados a que en los debates políticos y televisivos gana siempre la ironía y el doble lenguaje que lleva al aplauso fácil, pero no a la solución de los problemas. Esas sutilezas del lenguaje entorpecen y difuminan lo más importante del diálogo, que es la comunicación sincera y la búsqueda de soluciones; y el entendimiento y fraternidad por encima de todo. 

La fiesta de la Inmaculada nos invita con María a acoger a Jesús que llega, a abrirnos a su presencia y a escuchar su palabra.

En Ella vemos, como terminada, la obra que Dios tiene empezada en cada uno de nosotros; y en Ella vemos lo que acontece cuando alguien consiente que Dios intervenga en la propia vida.

Y también podemos celebrar la buena noticia de que el pecado no forma parte de la estructura fundamental del ser humano querido por Dios y que la victoria sobre él es posible.

La fiesta de la Inmaculada nos convierte en gente “enemistada” con la injusticia y la violencia y, por lo tanto, con todos los dinamismos de exclusión que imperan en nuestro mundo.

 

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

Editorial Diciembre 2021

La esperanza de la libertad humana

Sin pedirnos permiso, el mundo nos hace escoger. Sin estar preparados, nos hace decidir y tomar caminos que no llevan al mismo sitio. Y ahí está presente el pecado original, que nos impide escoger bien y nos impide dejar a Dios entrar en nuestra vida.

Esa ceguera, que sólo con la Gracia y con mucho sacrificio se puede vencer, alimenta nuestro “yo” de tal manera que nos volvemos insensibles a los dones de Dios sin ver su amor y misericordia.

Sólo Dios es lo primero. A Él debemos rendir inteligencia y voluntad. Entregarle nuestra vida e historia. Sólo Él puede darnos la luz que necesitamos y hacernos entender que vamos de su mano. 

No todas las elecciones en la vida son acertadas ni nos llevan a buen fin. Pero Dios siempre nos ofrece una nueva oportunidad.

Supliquemos a Dios una fe fuerte, firme y profunda. Como la de los grandes árboles del bosque que resisten las tempestades bien enraizados en la tierra. Que soportan el peso de la nieve, sin dejar de mirar hacia el cielo.

El drama de la libertad humana es que podemos escoger, pues nos vemos obligados a tomar decisiones que nos van configurando.

Por eso la fe alumbra nuestro caminar. Obedezcamos la Palabra de Cristo sin glosa. Perseveremos en la gracia que nos hizo vislumbrar que el Reino de Dios comienza en el interior de cada uno de nosotros.

Humildad, sencillez, obediencia; penitencia por nuestros pecados y por nuestra soberbia; por pensar que, sin Dios, podíamos dirigir nuestra vida y hacer un mundo mejor. 

Si nos humillamos delante del Señor, si le entregamos nuestra libertad y nos dejamos hacer por Él, nos concederá la luz que necesitamos en nuestro caminar y esa fe fuerte, firme y profunda para vencer las dificultades de la vida.

El objetivo de nuestra vida es ser felices. Los santos son los que fueron fieles a sí mismos y a la voluntad de Dios, que se expresa en la recta conciencia y en la práctica de las buenas obras; fueron valientes y no antepusieron nada a Cristo.

Que la intercesión de todos los santos ayuden nuestro esfuerzo; llenen nuestro corazón de gratitud por los dones recibidos y nos hagan caminar por la senda de la humildad, que lleva a la santidad.

 

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

Editorial Noviembre 2021

Familia, educación católica y parroquia

Conceptos que deben tener un claro contenido, sabiendo qué es lo que quiere decir cada una de estas palabras en la vida de un católico, de un seguidor de Jesucristo.

Cuando hablamos de familia hablamos desde la creación por parte de Dios del hombre y la mujer, así como de sus fines primordiales, según nos relata el libro del Génesis. En el núcleo donde venimos al mundo, experimentamos el amor y la aceptación incondicional y recibimos las herramientas físicas, emocionales y espirituales para entrar en la vida y hacer un nuevo eslabón. Esto es la plena realización del ser humano, que ama y desea ser amado y como fruto de ese amor se transmite la vida. El amor, palabra tan usada y tan desgastada, no solo hace referencia a la satisfacción personal o a situaciones idílicas; San Pablo, en la carta a los Corintios, expresa de manera magistral el amor que no pasa nunca. Y este amor es fiel, comprensivo, servicial, generoso, sacrificado, que no tiene envidia, que todo lo cree, todo lo soporta, todo lo perdona; este es el amor que hace superar todas las pruebas de la vida. Amarse mutuamente y cuidar la familia es el gran tesoro que debemos custodiar.

Una familia católica, tiene el deber y la obligación de educar católicamente a sus hijos. Facilitar la transmisión del saber y una cultura humanista, amplia, y que enseñe a pensar; conociendo y amando la historia y la filosofía, junto con la espiritualidad cristiana que ha configurado Europa y buena parte del mundo, se convierte en una opción fundamental para el desarrollo de la persona. Hay que saber escoger el tipo de educación que han de recibir los hijos y el pensamiento que se les transmite. De ello dependerá en buena medida su felicidad.

Y en la Parroquia, la familia celebra la fe y recibe los sacramentos, principalmente la Eucaristía y la Confesión, pues acoge a todos los católicos acompañándolos en el desarrollo de la vida; iluminando las diferentes etapas de crecimiento con el don de la fe y la acción de la gracia de Dios. La Parroquia proporciona la estabilidad y el desarrollo espiritual que la persona necesita para madurar la fe. 

Hoy que ya se habla en nuestra diócesis de reestructuración de parroquias, como ya pasa en muchas partes de Europa, agradezcamos al Señor el don de la cercanía territorial que tenemos para celebrar los sacramentos e impliquémonos en la tan vital y necesaria promoción de las vocaciones sacerdotales.

 

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

Editorial Octubre 2021

Un nuevo curso pastoral

Igual que cuando no funcionan los semáforos, circular y caminar se convierte en un peligro, cuando nuestra sociedad olvida que hay unas leyes y reglamentos para la vida personal y comunitaria, nos deslizamos hacia el caos.

Nos extrañamos de comportamientos antisociales y olvidamos que la persona y sus circunstancias son muy complejas y que no basta con hacer reglamentos, normas o leyes, si no se ha educado la mente y el corazón en unos principios basados en el sentido común y en el discernimiento del bien y del mal.

Si no hablamos de la cultura del esfuerzo en el estudio, en el trabajo y en la convivencia, se potencia un individualismo feroz e irreal, convirtiéndose cada persona en epicentro de todos los demás; cargándose solo de derechos sin ninguna obligación.

Lo que nadie aceptaría para un deporte y una música (la falta de esfuerzo y práctica, de una manera constante y dura), se acepta para la educación y la vida espiritual. Aunque no apruebes, pasas de curso, se dice, para no traumatizar; y de esta manera abocamos a la persona hacia el fracaso y al vivir sin el mínimo esfuerzo. Después nos escandalizamos cuando no se siguen las normas sociales para evitar contagios, en bien de la misma persona y de los demás.

Si no hay una educación del corazón; si no se ayuda y potencia el esfuerzo personal; si no decimos la verdad de que la vida pide esfuerzo y sacrificio, estamos abocando a las futuras generaciones hacia el abismo. 

Un nuevo curso pastoral no tiene nada que inventar, pues siguen siendo actuales, y nunca del todo asumidos en la vida cotidiana, los principios que han de regir la vida del católico: observancia y cumplimiento de los Diez Mandamientos de la Ley de Dios y los Cinco Mandamientos de la Santa Madre Iglesia. 

Se resumen en dos: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. En esto se sintetizan la Ley y los Profetas. 

Nuestra pretensión en este nuevo curso pastoral que Dios nos concede, es que, en medio de las incertidumbres que nos rodean, sigamos manteniendo en nuestra parroquia los dos ejes principales sobre los que ha de girar nuestra vida cristiana: el Culto y la Caridad. Dios lo primero y como consecuencia de nuestro encuentro con Dios, la atención al hermano.

 

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

Editorial Septiembre 2021

Adquirir buenos hábitos

El paso de los valores a las virtudes es el paso de la teoría del bien a la práctica del bien. Ese tránsito se da por el puente de los hábitos. Las virtudes son hábitos adquiridos. No nacemos con ellas. Solo la repetición de un mismo acto cristaliza en un tipo de conducta estable y fácil que llamamos hábito. Gracias a los hábitos, el hombre no está condenado como Sísifo a empezar constantemente de cero. Y el secreto para afianzar una conducta no es otro que la repetición.

Un acto aislado no constituye un modo de ser. Sabemos que para consolidar una conducta es imprescindible la repetición de los mismos actos. Por eso se ha dicho que quien siembra actos recoge hábitos, y quien recoge hábitos cosecha su propio carácter. En consecuencia, “adquirir desde jóvenes ciertos hábitos no tiene poca o mucha importancia: tiene una importancia absoluta” (Aristóteles). Los pedagogos  saben que, si los hábitos perfectivos no arraigan pronto, la personalidad del niño queda a merced de sus deseos.

El esfuerzo es necesario. “El arte de vivir se parece más a la lucha que a la danza”, sentenció el emperador Marco Aurelio. Por una misteriosa incoherencia (los católicos lo llamamos pecado original), ningún hombre es como a él le gustaría ser. Sabemos que los seres humanos traicionan a menudo sus propias convicciones éticas, no hacen el bien ni evitan el mal que deberían. En esa debilidad constitutiva se manifiesta también la necesidad de la fortaleza. Unas veces, son los bienes primarios quienes ejercen una presión desmedida: la comida, la bebida, el sexo, la comodidad o la salud pueden adquirir un atractivo casi irresistible. En otros casos, el desorden nace del enorme protagonismo que hemos ido concediendo al dinero, al trabajo, a la posición social. Las concesiones a cualquier desorden cristalizan en un hábito desordenado, en un vicio. 

Nos proponemos muchas cosas y no hacemos lo que nos habíamos propuesto. Ese querer y no querer es una experiencia de incoherencia interna, de debilidad humana, como si algo estuviera estropeado dentro de nosotros. Hasta aquí llega la reflexión ética, y la reflexión espiritual continúa diciéndonos que la gracia, que no suple a la naturaleza, sí la perfecciona con los sacramentos que acompañan la vida del creyente.

Nos esforzamos en pulir nuestros defectos, pero no lo hacemos como Sísifo, sino como aquél que se siente perdonado una y otra vez y puede comenzar una nueva etapa con el auxilio de la gracia de Dios; que no solo conoce nuestro error, vicio o pecado, sino que conoce también nuestro interior y nuestra buena disposición para continuar en el camino del bien, apartándonos del camino del mal.

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

Editorial Agosto 2021

Respeto y educación

Si nos vamos orientando hacia una nueva etapa de post pandemia, deberíamos considerar que lo fundamental para cualquier proyecto, tanto civil como eclesiástico, ha de tener muy en cuenta las relaciones humanas y procurar crear empatía para poder entender y acoger lo que quiere expresar el otro, en las siempre limitadas palabras.

La descalificación de los que no piensan igual, rezuma muchas veces una violencia impropia de quien se considera con principios e ideales nobles. Todo parece un querer imponer criterios sin diálogo y sin escuchar otras consideraciones. Muchas de las llamadas tertulias televisivas son ejemplo de sectarismos y de falta de educación; eso se transmite a la población pues lo hacen personas que hablan y opinan como si fuesen “entendidas” en todos los temas que tratan. 

Hablar de reglas, códigos, principios y respeto a las leyes humanas o divinas, se considera desfasado y superado por el nuevo orden mundial.

Vivimos tiempos en que el pasado se ignora y donde parece que vamos a inventarlo todo de nuevo, prescindiendo del aprendizaje y de la experiencia, que necesita tiempo, esfuerzo y dedicación. Cosas estas, que modernamente escasean y no se valoran adecuadamente.

Cada medio de comunicación se expresa según su línea editorial, pero no suele invitar a considerar y repensar situaciones o planteamientos. Más que  información, se transmiten valoraciones como si estuvieran hablando los más expertos del mundo.

Entenderse y hacer una sociedad mejor y plural, donde podamos vivir y entendernos todos, pasa indefectiblemente por respetar al que se tiene al lado, tratándolo con educación. Escuchar atentamente lo que el otro dice, hacer el esfuerzo de comprender lo que se nos quiere decir y responder sin agresividad. Si falta esta actitud, el diálogo es imposible.

San Agustín, ya nos decía que debemos saber qué cosas son fundamentales y qué cosas son opinables. Pero que en todo y siempre, debe brillar la caridad.

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

Editorial Junio 2021

Tiempo de hacer buenas elecciones

Editorial Abril 2021

Ya estamos celebrando el esperado tiempo pascual, culmen de todo el año litúrgico y celebración gozosa y esperanzada de la resurrección del Señor en la que esperamos poder participar.

Un sinfín de aspectos se nos irán ofreciendo durante el tiempo pascual, para nuestra oración y meditación, con el fin de iluminar nuestra vida cristiana, pero siempre con la elección que renovamos, en las promesas bautismales, en la solemne Vigilia Pascual: ¿Renuncias a Satanás, a sus obras y a todas sus seducciones? El enemigo es Satanás. 

 ¿El amigo, el apoyo, dónde está? He aquí: ¿Crees en Dios Padre Todopoderoso? ¿Crees en Jesucristo, su Hijo único, que nació y sufrió? ¿Crees en el Espíritu Santo, en la santa Iglesia católica, en la comunión de los santos, la resurrección de la carne y la vida perdurable?

San Ignacio vio eso muy bien. Dos ejércitos formados en batalla, a las órdenes de dos príncipes y grandes capitanes. De los dos estandartes, uno es rojo y negro, llevando el pecado y la muerte escondidos en sus dobladuras. El otro es blanco y rojo, llevando bordados dos corazones, símbolos de pureza y de amor, con los nombres de Jesús y María.

Es el combate de la luz contra las tinieblas, de la tierra contra el cielo, y si los dos estandartes son igualmente rojos es porque la sangre derramada de los mártires, es la misma sangre que tienen los que la derraman.

Bautizarse es escoger bando y bandera. Esta lucha espiritual se parece mucho a nuestras guerras modernas, donde nada es seguro, donde el enemigo está en todos lados.

Tú, Señor, nos has avisado que hay que temer más al falso hermano que al enemigo declarado, y aún más al enemigo que está en nuestro propio corazón. Luchas por fuera, angustias por dentro, decía el apóstol Pablo.

Escoger el lado de Cristo es rechazar astucias, seducciones, adulaciones, promesas, placeres, riquezas. Y si resistimos, también hay que asumir odios, torturas, desprecios, persecuciones, calumnias y angustias de toda clase por haber rechazado lo que todo el mundo busca.

Luchar contra Satanás y todo su mundo hoy es raro, pero le pedimos al Señor que nos despierte el Espíritu recibido en el Bautismo, pues vivimos en medio de la confusión, sin normas morales, donde todo está permitido y da igual lo que se haga en contra de la vida o en la banalización y degradación de la hermosa sexualidad que Dios nos ha concedido para amar y ser amados.

No es fácil vivir contra corriente y en minoría. Pero mirando el estandarte de Cristo, porque lo prometimos el día de nuestro bautismo, y con su gracia, sigamos en el combate contra las seducciones de Satanás.

San Juan Pablo II, en un momento en que debía escoger entre las dos banderas, sintió en su corazón estas palabras: “El mal se destruye a sí mismo. Tú dedícate a hacer el bien”.

¿Por dónde empezamos? ¿Qué tenemos que hacer? Por cuidar y salvar el amor y la unidad en nuestras familias, donde crecemos y nos desarrollamos armoniosamente, cuidando el cuerpo y el espíritu. No separándonos ni dividiéndonos entre los católicos, sino que vivamos unidos en la familia de los hijos de Dios que es la Iglesia. Y, huyendo de mediocridades, hagamos todas las cosas como si solo dependieran de nosotros, pero con la confianza del que sabe que todo depende de Dios.

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

Pórtate siempre con educación, y no hagas a otro lo que a ti no te agrada

Prácticamente todo el mes de marzo, a excepción de la solemnidad de san José y de la Anunciación del Señor, son días cuaresmales. Es decir, tiempo de intensificar la oración, pidiendo perdón a Dios por nuestros pecados, y de penitencia, como signo de conversión y reparación por el mal cometido. 

Jesús preguntó, en cierta ocasión, a sus apóstoles: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Pedro tomó la palabra y dijo: Tú eres el Hijo de Dios vivo. Le dice Jesús: Dichoso tú, Simón, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo”. (Mt 16,15).

Hay pues, un saber, un conocimiento, una sabiduría humana, que no se adquiere por cauces puramente científicos o académicos, sino que son fruto de la gracia, cuando sabemos estar atentos y a la escucha de la profundidad de nuestro ser, que se abre al espíritu de Dios. 

Los frutos de esa Sabiduría, todo el mundo los aprecia y alaba, pues son valores de los que andamos siempre bastante escasos: sensatez, prudencia, honestidad, buen criterio, sano juicio, sentido común (así llamado porque se supone connatural al ser humano, pero del que se dice que es el menos común de los sentidos). 

Pero si no plantamos el Árbol de la Sabiduría cuando somos jóvenes, no podrá darnos su sombra en la vejez.

Vivimos un momento de la historia en que se está recogiendo lo sembrado en el siglo XIX y buena parte del XX: el “nihilismo” como forma de vida, en el que con la “muerte de Dios” el ser humano vive la plena autonomía; el hombre como dios de sí mismo.

El Sínodo de los Obispos Europeos de 1999 declaraba en el documento final que Europa, religiosamente hablando, ha ido renunciando a sus raíces y se ha instalado en el indiferentismo, sumida en lo puramente material y económico. Vive como si Dios no existiera.

San Juan Pablo II decía, en “Mi Decálogo para el tercer milenio”, que un mundo sin Dios, antes o después, termina construyéndose contra el hombre y que al hombre contemporáneo le resulta difícil aceptar la fe, porque le asustan las exigencias morales que la fe representa.

La Sagrada Escritura nos habla de una “Sabiduría” que se ofrece al ser humano que está dispuesto a la reflexión sobre sí mismo y sobre su propia existencia (Sabiduría 6,12-16).

Para alcanzar esta sabiduría que Dios nos ofrece, pongamos los primeros peldaños que dan título a esta reflexión y que no podemos dar por supuestos: ser educados y respetuosos en todo momento y con todas las personas y no hacer a los demás lo que no queremos que nos hagan a nosotros. (Tobías 4, 14-15).

Si nos esforzamos en estos dos humildes propósitos seguro que Dios bendecirá nuestros esfuerzos de conversión cuaresmal y avanzaremos hacia la Sabiduría.

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

El silencio de Dios

Hemos pasado la gran tragedia del Holocausto, el horror de Ruanda y seguimos con  otros genocidios que asolan países diversos (de unos se habla mucho y de otros nada), y muestran la cara del mal y del horror del ser humano contra el ser humano. Muchas veces ha resonado la terrible pregunta ¿Por qué Dios calla y no lo evita?.

Desde la razón y desde lo incomprensible que son estos hechos, aparece “la libertad humana” con todo su dramatismo. Libertad de la que presumimos orgullosos en todo momento y de la que decimos que no podemos vivir sin ella.

Pero delante de tantas maldades causadas por el propio ser humano, pedimos explicaciones a Dios, para no asumir nuestra responsabilidad.

¿Acaso Dios es culpable de que usemos mal nuestra libertad? ¿No somos nosotros los que causamos el dolor y muerte, a otros semejantes? ¿Sale de Dios el odio y la violencia que anida en los corazones y que lleva a cometer semejantes crímenes? ¿Es Dios culpable que yo sea envidioso, maledicente y tenga una mirada turbia sobre las personas y acontecimientos?.

Dios nos ha concedido esa libertad que no es libertinaje, pero que se confunde muy a menudo. Ser libres es un don para buscar, con nuestra inteligencia y voluntad, el camino del bien, no para elevar nuestro “yo” por encima de los que nos rodean y que tienen los mismos derechos que nosotros en este mundo.

No pidamos a Dios lo que no hacemos nosotros.

El deseo de que Dios cumpla nuestros deseos sin más, es la gran tentación que tenemos. No es estar nosotros al servicio de Dios, sino querer que Dios esté a nuestro servicio.

Una nueva Cuaresma se nos ofrece para acercarnos con mejor disposición a Dios. Para ver como está nuestra vida y para agradecer a Dios que, a pesar de nuestros pecados, contra nosotros mismos y contra el prójimo, Dios es misericordioso y calla, siempre esperando nuestra conversión.

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

Agua pasada, no mueve molinos

Nos preparamos para celebrar el Nacimiento del Hijo de Dios. Se alegra nuestro corazón porque podremos volver a repetir que nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. Y se nos indican las señales para descubrirlo. Un lugar humilde, unos esposos que se aman, se comprenden y se apoyan en la adversidad. Y un Niño, que está en medio de carencias materiales, pero rodeado de un amor inmenso.

Un Dios que nos habla a lo más profundo de cada uno. Todo un Dios, hecho carne de nuestra carne en la ternura y debilidad de un Niño, nos está diciendo que, como los pastores y reyes, podemos avanzar en nuestra historia, que no podemos cambiar, pero sí aprender de ella.

El rey David, de cuya estirpe nacerá Jesús, el Señor, tiene momentos claves en su vida delante de los cuales su reacción sigue sirviendo para enseñarnos a nosotros.

Después de pecar con la mujer de Urías, recibe el mensaje de Dios a través del profeta Natán sobre su mala acción. La reconoce inmediatamente, pidiendo la misericordia de Dios por su pecado.

Cuando su pequeño hijo estaba muy enfermo, rezaba y suplicaba a Dios por él, aceptando los designios de Dios, el único Señor de la vida.

Y en la huida que tiene que hacer de su propio hijo Absalón para salvar su vida, lo insultan y se mofan de él. El rey David acepta la humillación y el dolor de que su propio hijo se rebele contra él. En medio de la desgracia no se aparta de Dios.

David fue un gran hombre que cometió también grandes pecados, pero siempre los reconoció y se humilló ante Dios, tratando de enmendar su vida.

El salmo 50, que recitamos todos los viernes, hace suyos los sentimientos de David y también los nuestros: petición de misericordia ante el propio pecado y acción de gracias por el perdón de Dios y la nueva oportunidad que nos concede.

Bienvenidas las luces de colores y los deseos de hacer regalos, pero no perdamos de vista que el Mesías, el Hijo de David, lo que hace es asumir nuestras miserias y debilidades. El Niño Jesús, sonriéndonos, nos invita a apreciar las cosas humildes y sencillas, que son las realmente importantes.

No se trata de reescribir nuestra historia, cosa que es imposible, sino de no repetir los errores cometidos.

Recemos con el salmista:

  • Levanto mis ojos a los montes: ¿de dónde me vendrá el auxilio? El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra. (Salmo 120).
  • El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar? (Salmo 26).
  • El sacrificio agradable a Dios es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú, oh Dios, tú no lo desprecias. (Salmo 50).

Hurgar en las heridas personales o colectivas del pasado no soluciona nada, amarga el presente e impide mirar esperanzadamente al futuro.

Que tengamos todos un esperanzado Adviento, para poder tener una feliz Navidad.

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.