En espíritu y verdad

San Juan XXIII decía que había que abrir las ventanas de la Iglesia, para renovar ambientes contaminados. San Juan Pablo II iniciaba su pontificado diciéndonos que no tuviésemos miedo de abrir nuestro corazón a Cristo. Ahora en esta nueva etapa de la sociedad y de la Iglesia, Jesús nos dice, como a la Samaritana, que adoremos a Dios en espíritu y verdad.

A costa de mucho dolor y sufrimiento, hemos aprendido a valorar muchas cosas en este tiempo. También nuestra fe, con todos los acontecimientos, se ha visto obligada a purificarse y replantearse qué es ser creyente en Jesucristo y qué connotaciones nos implica a la hora de vivir, como nos dice el Señor, intentando ser sal y luz en donde estemos.

Decir que tenemos fe, juzga ya nuestra manera de vivir. Si tenemos fe, nuestro obrar no puede ser jamás como el del mundo. No se puede poner una vela a Dios y otra al diablo.

Nuevo tiempo, nueva y renovada manera de vivir nuestra fe, desembarazándonos de los criterios y medidas del mundo.

Recordemos que Jesús nos dijo que a “vino nuevo, odres nuevos”. Nuevo tiempo, nueva y renovada manera de vivir nuestra fe, desembarazándonos de los criterios y medidas del mundo. Si tenemos que agradar a alguien, no es a la moda, a la opinión pública, ni a los intereses mundanos. Debemos agradar a Dios con una vida limpia que nos aleje del pecado y se manifieste en actos con recta conciencia e intención, que busquen el bien y la verdad.

Tenemos la oportunidad de hacer una relectura profunda de cómo vivimos las enseñanzas de Jesús y los caminos, algunos confusos y desconcertantes, que ofrece esta cultura de la globalización en la que nos hayamos inmersos.

Es hora de separar el trigo de la cizaña; de apartarse de lo que no humaniza; de saber cómo tiene que vivir un hijo de Dios en la Iglesia y en el mundo, sin caer en la mundanidad; debemos saber rechazar las tentaciones que el mismo Señor tuvo que sufrir.

Debemos agradar a Dios con una vida limpia que nos aleje del pecado y se manifieste en actos con recta conciencia e intención, que busquen el bien y la verdad. Nuestras obras no las debemos hacer para ser bien vistos por los hombres, sino por Dios.

No se trata de hacer cristianos dependientes, sino adultos en la fe que la traduzcan en obras. Ni de súbditos obedientes sin espíritu crítico, sino libres y atentos a la voluntad de Dios, poniendo en práctica las enseñanzas de Jesús.

El cristiano no sigue una teoría, sino que tiene un estilo de vida. Una manera de vivir según el evangelio de Jesús de Nazaret y las enseñanzas de la santa Madre Iglesia. Ojalá que, siguiendo los ejemplos del Señor, seamos especialistas en lavarnos los pies mutuamente y creer en su palabra cuando nos dice: “El que quiera ser el primero que se haga el último, el servidor de todos”.

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. Párroco.

En la fiesta de nuestro santo patrón

Queridos hermanos en la fe, feligreses de nuestra parroquia de San Isidro Labrador, de l’Hospitalet y Barcelona.

Nos disponemos a celebrar un año más San Isidro. Miramos su ejemplo y pedimos su intercesión. Cierto que las circunstancias hacen que cosas, ciertamente bonitas y tradicionales como las rosas y los panecillos, no adornen nuestra celebración patronal, pero no resta ni un ápice a nuestra devoción al santo y a la protección que le pedimos para nosotros, nuestras familias y nuestro mundo.

En estos momentos, urge asomarse al mundo que se aproxima y reflexionar sobre él.

Dicen que vamos hacia una nueva normalidad, pero no se concreta de qué manera. Necesitamos aterrizar en lo concreto, pues se utilizan en demasía generalidades y tópicos que tapan y ocultan una realidad que ya está siendo difícil y dura para muchas personas.

Un buen diagnóstico, por duro que sea, siempre nos posibilita el poner medios adecuados para buscar soluciones. Lo que es erróneo y fatal es no afrontar la realidad y dejar que nos desborde sin haber tenido posibilidad de encajarla y mejorarla.

Tenemos por delante la reflexión sobre nuestro estilo de vida personal, sobre como vivimos el ámbito familiar y en que tipo de sociedad nos movemos y que valores o contravalores estamos transmitiendo.

En nuestro santo patrón tenemos aspectos que nos pueden iluminar porque son los fundamentales para todas las épocas: una vida familiar sencilla y discreta, que hace el bien sin estridencias y en la que abunda lo principal: el amor, la fe y la esperanza en Dios.

El confinamiento ha puesto a prueba nuestra manera de vivir y las relaciones interpersonales. Somos lo que somos, sin maquillajes y sin evasiones. Hemos tenido muchos días para pensar, para convivir, para valorar lo que es importante para nosotros y para prescindir de lo que no lo es.

Esto nos invita a saber escoger como ha de ser nuestra manera de vivir en esta nueva etapa de nuestra historia personal y colectiva.

Como fieles católicos hemos tenido que ayunar de los sacramentos de la Iglesia, agarrándonos a la fe en Cristo y valorando lo importante y fundamental en la vida cristiana.

Estamos experimentando lo que son “paredes maestras” del edificio de la Iglesia, es decir, la necesidad de los sacramentos para la vida cristiana y la caridad y lo que son “tabiques” o determinadas actividades, formas y tradiciones de las que se pueden prescindir o cambiar según las circunstancias. Invitación directa a que sepamos, en nuestra vida, diferenciar lo que es fundamental de lo que es complementario. San Agustín, recordemos, dice que el amor es una perla preciosa que el que la tiene, no necesita nada más y que si no se tiene, todo lo demás no basta.

En la fragilidad de la vida y en el dolor de la muerte, estamos encontrándonos de nuevo como seres humanos, sin distinciones ni privilegios.

En este tiempo que llevamos confinados he rezado, además de los misterios del Rosario correspondientes al día, el misterio de la Crucifixión y Muerte del Señor, por todos los enfermos y los que los cuidan y por los difuntos que han muerto solos y por sus familiares que no se han podido despedir de ellos. Y el misterio de la venida del Espíritu Santo, para que este tiempo sirva para renovar nuestra alma y la faz de la tierra.

Como bien sabéis, la misión del párroco no es solo organizativa, sino que tiene la misión de ser el pastor, a imagen del Buen Pastor, que conduce y guía la comunidad parroquial. Por eso debe rezar cada día por la feligresía a él encomendada y ofrecer la Santa Misa dominical, de manera especial, por los feligreses vivos y difuntos.

En este tiempo que llevamos confinados, Mn. Alberto y servidor estamos celebrado cada día la Santa Misa, rezando por todos vosotros y por nuestro mundo y Mn. Agustín, ofreciendo su enfermedad y cuando le es posible, concelebrando con nosotros. Gracias a Dios estamos bien, con el deseo de que podamos abrir pronto  nuestro templo al culto público. El P. Francesc S.I. sigue bien y continua en su comunidad religiosa.

Nos duele el dolor de tantas personas víctimas de la pandemia y nos preocupa las consecuencias económicas desfavorables para tantas familias que ya se están produciendo.

A estas alturas ya sabemos que el día de San Isidro, lo celebraremos a puerta cerrada, pero seguiremos pidiendo su intercesión para que todos tengan salud, trabajo y esperanza y que sobre todo, se viva en nuestra sociedad con respeto mutuo, buscando siempre el bien común y con la mano  extendida al más necesitado.

Recordemos que en toda circunstancia, podemos ser un faro en la tempestad de alguien.

Aprovecho también para agradecer públicamente, en nombre de mis hermanos sacerdotes, vuestra constante oración i solicitud por nosotros.

Recibid nuestro afecto y bendición.

Francisco Prieto Rodríguez, pbro.

Párroco

10 de mayo de 2020. Domingo V de Pascua.

La vida se abre paso

Editorial Mayo

Estamos experimentando que, en medio de tanto dolor, sufrimiento e incertidumbre, la primavera está cumpliendo su misión, que es hacer brotar de nuevo la vida en la naturaleza. Lo que parecía muerto, se llena de vitalidad y color en las más variadas formas y tamaños. De la misma manera y al mismo tiempo, estamos ya celebrando la Pascua que ilumina tantas y diversas situaciones con la esperanza del cielo y la certeza de que no estamos solos en medio de tanta adversidad. De forma inconsciente miramos al futuro para escapar de la dureza del presente. Nos decimos que pronto pasará todo, pero sabemos que ya no todo será igual. Es la prueba de la fe y de la humanidad.

Para vivir como cristianos necesitamos los sacramentos y la unión a Cristo y a la Iglesia. Todo lo demás es relativo y circunstancial y la realidad está haciéndonos ver que se puede prescindir de todo ello. Vivir como cristianos nos ha de llevar a ser hombres y mujeres de bien en todos los aspectos de la vida y del trabajo. Ésta es la gran prueba y verificación de la verdad de nuestra fe, pues no podemos quedarnos solo con decir ¡Señor!, ¡Señor!, pues así no entraremos en el Reino de los cielos.

La Iglesia es la Esposa de Cristo y solo en Él, y en comunión con Él, podemos formar parte de ella. Las estructuras caen y solo Dios permanece.

Para esta nueva etapa que se abre por delante, todos, creyentes y no creyentes, debemos actuar con sincera y auténtica ética profesional. Hablar de ética es hablar de cómo cada persona, en su hacer cotidiano, utiliza los medios de que dispone y de su libertad, para actuar siempre con justicia, rigor e imparcialidad. Solo así podremos vivir una espiritualidad que nos haga madurar, evitando las tentaciones de los espiritualismos que nos apartan de la vida y del compromiso a vivir como hijos de Dios e hijos de la Iglesia.

Francisco Prieto Rodríguez, pbro.

Párroco.

En estos inciertos tiempos…

Editorial Abril

Queridos hermanos,

Las terribles circunstancias de esta pandemia, nos ofrece una nueva oportunidad para rebajar nuestro orgullo y soberbia.

¿Recordáis en la Biblia el pasaje de la torre de Babel?

Hemos querido hacer un mundo mejor prescindiendo de Dios y confiados a las solas fuerzas humanas. Y ahora todo se derrumba como un castillo de naipes.

Lo que permanece y nos hará salir hacia delante, es el sacrificio y la generosidad de tanta gente. A la fuerza, volvemos a lo básico en las relaciones humanas y tenemos que convivir con los más cercanos, que quizás eran con los que menos convivíamos.

Esta sociedad que quería aprobar la eutanasia, se da cuenta de lo importantes que son los mayores y lo desamparados que están en muchos casos.

Dios actúa en circunstancias que no entran en nuestra mente y nos educa a través de los acontecimientos salvíficos que se nos ofrecen en la Divina Revelación.

El rey Salomón lo tenía todo y, en su libertad, se apartó de Dios, la fuente de todo bien. Apartarse de Dios llevó división y enfrentamiento al pueblo elegido y rompió el reino en dos partes: Israel y Judá. Más débiles y enfrentados entre ellos, fueron fácil presa de sus enemigos.

Desterrados en Babilonia, se dan cuenta de lo que han perdido y de las infidelidades cometidas. Pero Dios nunca abandona y allí precisamente se escriben páginas inspiradas de la Biblia y renace la esperanza.

Esperemos que así suceda en estos tiempos que nos tocan vivir.

Estamos viviendo una cuaresma diferente y nos acercamos a celebrar la Semana Santa, los días más importantes del año cristiano, con los templos cerrados. Pero la Santa Iglesia, aún en estas circunstancias, seguirá celebrando el misterio de Cristo muerto y resucitado.

Es una oportunidad para vivir la Semana Santa uniéndonos espiritualmente a las celebraciones de nuestra parroquia, que os detallamos a continuación.

Aún a puerta cerrada, seguimos celebrando cada día la Santa Misa teniendo muy presentes el dolor y la generosidad de tantas personas a nuestro alrededor.

Que en esta nueva Pascua brille la Luz de Cristo y disipe las tinieblas del sufrimiento y dolor de tantos hermanos nuestros.

En nombre de Mn. Agustín, Mn. Alberto, P. Francesc y en el mío propio, recibid nuestra bendición.

Francisco Prieto, pbro.

Párroco.

Familias en oración

Editorial Marzo

La familia es uno de los bienes más apreciados por la mayoría de personas. Sin embargo, vivir la dimensión familiar en un mundo tan complejo y disperso como es el nuestro, no es nada fácil. De ahí que sea importante no dejar de buscar ocasiones y motivaciones para que la familia se reúna y pueda compartir momentos de esperanza o preocupación por las variadas necesidades de nuestro mundo.

“Familias en oración” es una sencilla iniciativa que recoge la propuesta tan acertada de que “la familia que reza unida, permanece unida”.

Siguiendo los consejos del apóstol Pablo, miremos todo lo que hay y quedémonos con lo bueno. Esta iniciativa, el solo ponerla en práctica, ya nos enriquece.

Propongámonos pues, rezar en familia. ¿Unos minutos cada día? ¿Una vez a la semana? ¿Una vez al mes?

Esforcémonos en intentar compartir lo que nos preocupa; pidamos por los que sufren; demos gracias a Dios por lo que tenemos.

Lo importante es reunirse en el nombre del Señor y abrirle nuestro corazón con humildad, fe y esperanza.

Rezar juntos como familia es un bonito testimonio de nuestra fe. Rezar juntos, sencillamente, con el corazón en la mano, con humildad y con esperanza.

Rezar juntos, estrechará los lazos familiares y facilitará la comunicación.

La fe, sin caridad, está muerta

Editorial Febrero

Esto no es un eslogan, sino la constante orientación-revisión de la vida cristiana. Pero no reduzcamos el término “caridad” a hacer unas buenas obras, o dar alguna limosna.

Nuestra vida cristiana trata, con la ayuda de la gracia de Dios y de nuestro esfuerzo personal, de seguir las huellas de nuestro Maestro y Señor Jesucristo. Por eso la vida cristiana, más que profesar una “religión” que ha de cumplir unos determinados preceptos, trata de ser un “estilo de vida” que abarca la totalidad de nuestro ser y circunstancias.

Podemos decir, con toda seguridad, que donde hay caridad y amor, allí está Dios. Por consiguiente, si no hay caridad y amor, aunque hablásemos la lengua de los ángeles o moviésemos montañas, podemos asegurar que allí no está Dios. 

Por sus frutos los conoceréis, dice el Señor.

Y todo esto, tan básico en la vida cristiana, constatamos desde nuestra debilidad, que no es fácil cumplirlo, pues antes que la verdad y la caridad, nos supera en muchas ocasiones, nuestra vanidad, orgullo y autosuficiencia. Y lejos de la unión y complementariedad, nuestros actos producen enfrentamiento y división.

Por eso, la actitud penitencial de la vida cristiana no es un simple rito o queda circunscrita al tiempo cuaresmal, sino que tiene que partir de una auténtica búsqueda de la verdad y del sentido de nuestra vida que, si es en verdad seguir a Cristo, nos pide morir al hombre viejo y renacer con Cristo a una vida nueva, que se concreta en una manera de vivir que produzca buenas obras.

No esperemos al comienzo de la santa Cuaresma para empezar a mejorar nuestra vida cristiana; escuchemos la voz del Señor y no endurezcamos el corazón.

Vivir con alegría y esperanza

Editorial Enero

 Empezar el mes de enero, no sólo nos ofrece un variado elenco de posibilidades

a través de los días y estaciones que, si Dios quiere, podremos vivir a lo largo del año que tenemos por delante, sino, que se nos ofrece, en clave litúrgica, el estilo adecuado para vivirlo.

Comenzamos el año pidiendo el amparo maternal de santa María, Madre de Dios y madre nuestra. Nos confiamos, como hijos desvalidos, a su protección y amparo.

Y en la Epifanía del Señor, que se manifiesta como luz y salvador para todos los pueblos y naciones, los Reyes Magos nos invitan a hacer nuestro recorrido anual con las mismas actitudes que ellos tuvieron hasta encontrar al Mesías esperado. Como ellos estamos invitados a escrutar las Escrituras y acoger en nuestro corazón la salvación de Dios. El Dios de Abraham, Isaac y Jacob, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, si lo acogemos en verdad es transformador de nuestra vida y nos hace ponernos en movimiento hacia el Señor. Superando obstáculos y oscuridades. Preguntando y permaneciendo fieles a la estrella que hay que seguir. El que busca encuentra. Y esa peregrinación, ese viaje fue purificando el corazón de tal manera que supieron descubrir en la humildad de nuestra carne al Hijo de Dios.

Todo en Dios tiene sentido y nuestro peregrinar también. Busquémoslo con ahínco pues solo Él nos puede dar la alegría y esperanza que necesitamos para vivir.