Buscar el bien común

El nuevo curso pastoral y académico nos lleva a planificar y pensar en los meses que tenemos por delante, como si fuera, y en la práctica lo es, un inicio de año. Todos, pequeños y grandes, de profesiones liberales, nuevas modalidades o artesanales, estamos llamados a buscar el bien común, dejando individualismos que nos llevan a la división, enfrentamientos y sufrimiento de los siempre más débiles. 

Parece una contradicción que, al lado de tanta innovación, seamos tan cortos de vista que, por nuestro egoísmo e individualismo, olvidemos que trabajar por el bien común nos ha de llevar a unir fuerzas y superar antagonismos y peculiaridades personales. 

Cuando sumamos las diferencias y trabajamos unidos, nos enriquecemos y nos hacemos fuertes en la búsqueda de soluciones. Cuando los protagonismos y miopías se adueñan de nosotros, no vemos, o no queremos ver, la realidad que nos envuelve, quedándonos en luchas fratricidas por imponer nuestra manera de pensar y nuestros reglamentos, tan a menudo distantes de las necesidades reales de la convivencia.

Un mundo mejor pasa por la colaboración generosa entre todos los que habitamos el planeta, los países y las zonas donde vivimos. Cada uno de nosotros es corresponsable del bien común y de las leyes que en los diez mandamientos de la Ley de Dios, están establecidas. Que se resumen en amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo.

Los creyentes sabemos que amar a Dios sobre todas las cosas es reconocer nuestra fragilidad y que solo Él es santo. Que necesitamos de su amor y gracia que nos enseña a vivir escogiendo el camino del bien y rechazando el camino del pecado que lleva a la destrucción del ser humano. Y que la norma que sirve para todas las generaciones es la de tratar a los demás, como yo quiero que me traten. 

En este mes de septiembre celebramos, no las fiestas de “la” Mercè, sino las fiestas de la Virgen de la Merced, patrona de Barcelona, que se apareció a San Pedro Nolasco para confortar e iluminar su corazón, para redimir y salvar, el cuerpo y el alma, de los cristianos apresados por los musulmanes en el Mediterráneo. Así los primeros religiosos “mercedarios” rescataban vidas, llegando hasta intercambiarse por los prisioneros.

El ideal del espíritu de la Virgen de la Merced sigue vigente en nuestros días pues nos invita a liberarnos y liberar a los que nos rodean, de las esclavitudes que actualmente atenazan a las personas y a la sociedad. Que la Virgen santísima de la Merced nos ayude a salir de nosotros mismos, para colaborar en la salvación de todo aquél que sufre a nuestro lado.

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

Editorial septiembre 2025

Con Dios todo es posible

En este mundo nuestro faltan muchas cosas y sobra dolor y tristeza. Se ha dicho que la sonrisa cuesta menos que la electricidad y da mucha más luz. Es fácil caer en el olvido de Dios cuando todo marcha bien, a nuestro gusto, pero cuando la vida aprieta y sacude, el que más y el que menos acude a Dios y reza, cada uno a su modo.

Acudir a Dios para pedir y olvidarse de Él, es falta de gratitud y corrección. Y hoy se mira más al suelo que al cielo. Miramos demasiado a la tierra; necesitamos mirar más al cielo. Recordemos que san Pablo dice: “Buscad las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; gustad las cosas de arriba, no las de la tierra”.

Se ha dicho que “la mucha ciencia acerca a Dios y la poca ciencia aleja de Él”. La poca ciencia junto con la soberbia de creer que se sabe todo, aleja de Dios. La verdadera ciencia es el conocimiento del universo. Y el universo es obra, creación de Dios. La fe es el asentimiento a la palabra de Dios. No puede haber contradicción entre lo que Dios dice y lo que hace. El conocimiento de lo que Dios ha hecho -ciencia-, no puede contradecir lo que Dios ha dicho -fe-.

Cuando en la vida se pone en primer lugar el dinero o cualquier otro bien material, no se puede ver a Dios. Eso se convierte en un ídolo y oculta al Señor, pues “nadie puede servir a dos señores”. Conviene estar alerta para no confundir el querer propio con el querer de Dios.

Un cristiano tiene que ser realista, objetivo. Pero ser objetivo es contar, no solo con sus posibilidades, sino con las posibilidades de Dios. Y las posibilidades de Dios son infinitas. El optimismo es el realismo para el cristiano. Ante la marcha de nuestro mundo, ante el panorama que vemos a nuestro alrededor, tendemos a pensar que no hay nada que hacer. Pero desde la fe, nosotros contamos con Dios y, con Dios, todo es posible. Aquí hay mucho que hacer y se parte del sano realismo que nos hace ver que las cosas son como son, y yo con mi fe, esperanza y caridad puedo, si no cambiarlas, sí mejorarlas. 

Que santa María, causa de nuestra alegría, nos bendiga y que por su intercesión lleguemos al cielo en el que desde su Asunción nos espera.

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

 

Editorial agosto 2025

La fe no hace vacaciones

 En el tiempo de verano se busca poder tener unos días de desconexión del ritmo habitual del año. Hay más luz solar, temperaturas calurosas y ganas de romper las rutinas. Tiempo también adecuado para fortalecer la fe y oxigenar el alma, dedicando más tiempo a la oración, al silencio, a la lectura y a las relaciones interpersonales, tratando de interesarnos por los que nos rodean y escucharlos sin prisas.

El santoral va acompañando nuestra vida y podemos destacar, entre tantos y queridos santos, la fiesta de la Virgen del Carmen el 16 de julio y la solemnidad del Apóstol Santiago, el 25 de julio, patrón de España y meta de peregrinos que llegan a la tumba del Apóstol desde todos los puntos del mundo.

A la Virgen del Carmen, patrona de los navegantes y celebrada tanto tierra adentro como en los puertos de mar, le pedimos que auxilie nuestra debilidad y nos proteja de todo mal en nuestro navegar por la vida, a menudo, llena de tempestades. “Carmen” significa jardín; pidamos,pues,  al Señor que nuestra alma sea siempre un jardín en el que pueda descansar el Señor.

Santiago de Compostela, con el arca de plata que guarda las reliquias del Apóstol, nos remite a pensar en la evangelización de España; en la aparición de la Virgen en el Pilar de Zaragoza en carne mortal para animar y consolar a Santiago en los trabajos apostólicos y en los Siete Varones Apostólicos; denominación dada a los siete discípulos de Santiago que, según la tradición jacobea, predicaron la palabra de su maestro por Hispania. Determinados relatos literarios señalan que después de presenciar cómo había sido degollado Santiago en Jerusalén, recogieron su cuerpo en un estercolero de las afueras de la ciudad, así como el hacha con la que se realizó el martirio. Se dirigieron a España, donde el Santo Apóstol les había pedido que lo llevasen una vez pereciese. De los nueve, dos de ellos, Teodoro y Atanasio, fueron enterrados en el mismo espacio que Santiago. Los siete restantes -Torcuato, Segundo, Indalecio, Tesifonte, Eufrasio, Cecilio, Exiquio- son conocidos como los siete varones apostólicos. El Códice Calixtino (s. XII), que los cita de pasada, señala, sin embargo, que los había elegido durante su predicación y que posteriormente serían ordenados obispos en Roma por Pedro y Pablo, y volverían a Hispania a continuar con su misión hasta su martirio en diferentes lugares. 

La peregrinación, el Camino de Santiago, nos invita a caminar con lo imprescindible, desprendiéndonos de lo superfluo y mirar hacia delante con ánimo y esperanza de llegar a la meta de la vida que es Cristo en su gloria. Cuando el que escribe estas líneas peregrinó a Santiago de Compostela en el año 1980, se contabilizaron 209 peregrinos; actualmente los peregrinos pasan del medio millón al año. 

Cultivemos nuestro espíritu y cuidemos nuestra alma.

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

 

Editorial Julio 2025

Misioneros en el mundo

 

 Llevamos unos meses con el corazón y la oración puestos en el sucesor de Pedro, el Papa de Roma. Primero, la enfermedad del Papa Francisco, hasta sus últimos días, nos hacían sufrir viendo su deterioro físico. El 21 de abril entregó su alma a Dios y el sábado día 26 sus exequias fueron en la plaza de San Pedro del Vaticano y el entierro en la Basílica de Santa María la Mayor de Roma. Después, la preparación del Cónclave y la elección del Cardenal Prevost, en cuarta votación en la Capilla Sixtina, hizo que el jueves 8 de mayo, se anunciara al mundo que teníamos un nuevo Papa que había tomado el nombre de León XIV. Todos estos acontecimientos centraron los ojos de todo el mundo en Roma y en la Iglesia Católica.

Nuestro nuevo Papa León XIV se presentó al mundo como hijo de San Agustín, es decir, como religioso agustino con un marcado acento misionero que le hizo pasar décadas en Perú, siendo los diez últimos años obispo de Chiclayo (Perú) nombrado por el Papa Francisco.

En este tiempo hemos tenido acceso a abundantes biografías suyas que nos muestran sus capacidades de gobierno, humildad, escucha y diálogo; así como un fuerte enraizamiento espiritual en la Orden religiosa de San Agustín a la que pertenece.

En estos primeros días de pontificado ya hemos podido vislumbrar las líneas que irán marcando el camino de la Iglesia, pero destacaría la invitación a que seamos misioneros en medio del mundo que vivimos aquí y ahora. Complejidad social; ideologías que dirigen e influyen en las masas humanas y en las nuevas generaciones; desigualdades de todo género; confusionismo en los derechos y deberes del ser humano; olvido y marginación de lo espiritual y trascendente, así como la pérdida y vivencia de la transmisión de la fe, a través de las costumbres, tradiciones y expresión litúrgica.

Nuestro nuevo Papa León XIV, entre muchísimas cosas que ya nos ha dicho, insistió desde el primer momento en que en medio de la incredulidad y de las dificultades vivamos con ardor misionero nuestra identidad católica, siendo sal y luz como quiere el Señor y tendiendo puentes para que a través de nuestro estilo de vida, Jesucristo sea conocido y amado.

Me permito ofreceros, queridos feligreses, esta breve adaptación de la Regla de San Agustín, que de manera sencilla puede ayudarnos a vivir nuestra vida cristiana como hijos de Dios e hijos de la Iglesia.

1. Ante todo, amad a Dios y después también al prójimo, porque estos son los mandamientos que principalmente se nos han dado.

2. Vivid unánimes y tened un alma sola y un solo corazón hacia Dios.

3. No todos tenéis iguales fuerzas, así que a cada uno según su necesidad.

4. Aspirad a que lo que tengáis, de buen grado sea común.

5. Honrad los unos en los otros a Dios, de quien sois templos vivos.

6. Aplicaos con instancia a la oración en las horas y tiempos señalados.

7. Que sienta el corazón lo que dice la boca, cuando alabáis a Dios.

8. Más vale necesitar poco que tener mucho.

9. No os hagáis notar por vuestro porte, ni pretendáis agradar con los vestidos, sino con la conducta.

10. Conoceréis que adelantáis en virtud cuando cuidéis y procuréis el bien común antes que el propio. 

11. Absteneos de las palabras demasiado duras, pero si alguna vez las pronunciáis, no os avergoncéis de aplicar el remedio con la misma boca que produjo la herida.

12. Exhalar en vuestra conversación y en toda vuestra vida el buen olor de Cristo, no como siervos bajo el peso de la ley, sino como hombres libres dirigidos por el Espíritu Santo.

El señor que nos envía a la misión para, instaurar todas las cosas en Cristo, nos dará la luz y la fuerza que necesitamos.

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

 

Editorial Junio 2025

Oración y trabajo

 

     El “Ora et labora” de san Benito de Nursia (Nursia 480 – Montecasino 547), rige  los monasterios benedictinos, como el de Montserrat, y fundamenta los cimientos de Europa. La regla benedictina distribuye sabiamente los tiempos del día dedicados a la oración y al trabajo y educa las relaciones humanas de la convivencia monástica, a través de la educación y modelaje del corazón.

    Dios se convierte así en el pilar de la sociedad humana que se siente llamada a dar lo mejor de cada uno de sus miembros. Toda acción, en armonía, contribuye al bien común y en todo se da gloria a Dios.

    Así lo respiró nuestro santo patrón Isidro, de profesión labrador. Casado y padre de familia. Trabajador por cuenta ajena, asalariado, porque no tenía más riqueza que sus brazos y su trabajo. Pero si algo sobresalía en su persona y su actuación, era la fe recibida de sus mayores. Así lo demostró a lo largo de su vida en las variadas situaciones, nada fáciles, que le tocaron vivir. En Dios puso su confianza y no quedó defraudado. 

    Un año más, al celebrar la fiesta de nuestro patrón parroquial, lo contemplamos como un ejemplo a seguir poniendo en práctica el lema benedictino “Oración y trabajo” que tan bien supo practicar en su trabajo, familia y sociedad que le rodeó.

    Sus padres seguramente vivieron u oyeron explicar el paso de las reliquias de san Isidoro de Sevilla, llevadas por los cristianos escapando de la dominación musulmana, hasta su destino final en León, donde se veneran actualmente, en la colegiata románica que lleva su nombre. Tanto les pudo impactar este hecho que a su hijo le pusieron de nombre Isidoro que se transforma en Isidro.

    No le dejaron bienes materiales a su hijo, pero le dejaron el tesoro de la fe que iluminó toda su vida y su comportamiento. Rezó siempre poniendo a Dios el primero a quien servir y alabar y trabajó para ganarse el sustento diario para él y su familia. La puerta de su casa y su corazón, siempre estuvieron abiertas a los que lo necesitaban. Y Dios nunca lo dejó de la mano.

    El humilde labrador, siendo un laico, padre de familia, vivió en la práctica, quizás sin saberlo, el ideal de San Benito y así lo recordamos. Y como Dios siempre hace sus guiños, fue canonizado por el papa Gregorio XV en 1622, y a la canonización fueron añadidos, ni más ni menos, que Santa Teresa de Jesús, San Ignacio de Loyola, San Francisco Javier y San Felipe Neri. Todos estos reconocidos santos, estuvieron encabezados por un humilde labrador.

    Que la celebración de nuestra fiesta parroquial nos ayude a todos, rezando y trabajando honradamente, a acercarnos a Jesucristo y a nuestros hermanos. 

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

 

Editorial Mayo 2025

Especialistas en lavar los pies

 

La Semana Santa es el culmen del tiempo cuaresmal en el que hemos viajado a nuestro interior con un corazón contrito y humillado por nuestros pecados y debilidades. Y la Semana Santa es el despegue del tiempo pascual en que volvemos a alegrarnos, en Cristo y con Cristo, porque a pesar de nuestras fragilidades y pecados, contra Dios y los hermanos, Él nos ha lavado y purificado con su sangre y resurrección.

Vivir pascualmente es poner en práctica las renuncias a Satanás, el espíritu del mundo, y confesar que Jesús es el Señor de la historia y de mi vida. Antes de nuestro bautismo renunciamos a Satanás y confesamos que Jesús es el Hijo de Dios y que murió y resucitó de entre los muertos. Y después del Bautismo fuimos ungidos con el Santo Crisma, aceite perfumado consagrado en la Misa Crismal por el Obispo diocesano, junto con su presbiterio, para significar que somos propiedad de Dios y que en toda nuestra vida hemos de desprender el buen olor de Cristo. Además, se nos revistió con un vestido blanco rezando para que el pecado no ensucie la pureza adquirida por el Bautismo. Y se nos dio la luz de Cristo con un cirio encendido en el cirio pascual, símbolo del Cristo Resucitado, diciéndonos que el pecado no apague la luz de Cristo en nuestra vida.

En la Semana Santa las celebraciones nos llevan a contemplar el amor de Dios por la humanidad y por cada uno de nosotros. Cómo Jesucristo entrega su vida por lavar nuestros pecados y abrirnos las puertas del cielo, llevando una vida santa. No dejemos de lado el vivir esos días santos que nos ofrecen esperanza y siempre una nueva oportunidad. Para muchos esos días han pasado a convertirse en las vacaciones de primavera. Para los creyentes, estén donde estén, siguen siendo los días santos de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor.

De nuevo en nuestros tiempos, tenemos que elegir y no perder lo que es principal en nuestra vida de seguidores de Jesucristo: Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. Saber elegir y no perder la identidad cristiana. Nada fácil. Por eso, el Jueves Santo, en vez de la institución de la Eucaristía leemos el evangelio de san Juan con el lavatorio de los pies. ¿Por qué? Pues porque el relato de la institución eucarística era bien conocido en la comunidad cristiana, pero lo que flojeaba era el amor fraterno; por eso se nos recuerda que debemos hacer lo que hizo nuestro Maestro y Señor: lavarnos los pies los unos a los otros. Es decir, servirnos unos a otros, no despreciar a nadie, no creernos superiores a los demás…De esta manera nos dice el Señor, -y la Iglesia que lo celebra y hace presente sacramentalmente-, que esta es la condición para acercarnos a comulgar el Cuerpo de Cristo. Cada uno de estos días santos nos ayudan a no olvidar nuestra identidad cristiana y nos dan las claves para vivir nuestra vida como sal y luz en medio de la sociedad.

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

 

Editorial Abril 2025

Oración, ayuno y limosna

 

El tiempo cuaresmal nos prepara para la gran celebración pascual y nos purifica de las adherencias que, sin darnos cuenta, van lastrando nuestra vida. Oración, ayuno y limosna son los tres pilares de este tiempo penitencial.

La Cuaresma nos remite a los cuarenta días en que Jesucristo se retira al desierto para, en la intimidad, unirse con el Padre. Jesús se retiraba a orar, unas veces solo y otras acompañado por algunos discípulos. A veces pasaba la noche en oración, alejado de las multitudes que le buscaban. Y siempre consultaba con su Padre antes de tomar decisiones.

La oración es un estado del corazón. Por ello ha de ser continua: «Velad y orad en todo tiempo» (Lc 21,36). Orar es estar atentos a la voz de Dios, abrir el corazón y que entre su gracia para iluminar todos los rincones de nuestra vida.

Otra de las palabras inseparables de la cuaresma es el ayuno. Ayunar es abstenerse total o parcialmente de tomar alimento o bebida. El ayuno se practica el miércoles de ceniza y el viernes santo, y la abstinencia ambos días y todos los viernes de cuaresma. 

El ayuno y la abstinencia es una obligación de la Iglesia Católica para todas aquellas personas que quieran voluntariamente seguir a Cristo. En el Nuevo Testamento, Jesús indica la razón profunda del verdadero ayuno que tiene como finalidad comer el “alimento verdadero”, que es hacer la voluntad del Padre. 

La limosna, por último, ha de ser el fruto de nuestros ayunos y privaciones. Los pobres ocupan un lugar central en el Evangelio y es un mandato de Dios atender al extranjero, al huérfano, a la viuda… pero Jesús insiste en un aspecto cuando pide dar limosna «sin que tu mano derecha sepa lo que hace tu izquierda». Nos advierte así del peligro de buscar ser alabados por nuestra generosidad.

No dejemos de buscar la luz interior para que ilumine los desafíos a los que nos enfrentamos y las decisiones que debemos tomar. «Un solo padrenuestro rezado con atención, vale más que muchos rezados veloz y apresuradamente» (San Francisco de Sales). En esta cuaresma preparémonos a la nueva Pascua con un espíritu orante, de conversión personal, con la ayuda de la lectura diaria del Evangelio. Ayunemos de nuestras pasiones, de los móviles y de internet y tomemos el alimento saludable de los sacramentos, especialmente la reconciliación y la eucaristía, realizando buenas obras con una caridad amable y atenta al prójimo. 

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

 

Editorial Marzo 2025

Peregrinos de la Esperanza

“Peregrinos, caminantes, vamos hacia Dios”, reza una canción.

Como peregrinos, tenemos que saber escoger la meta y lo que es necesario para el día a día; sabiendo prescindir de lo que se puede convertir en un peso agotador y que acabe por hacernos desistir del viaje emprendido. 

Las palabras de Jesús nos dicen que no tengamos miedo a los que pueden matar el cuerpo, sino que temamos a los que pueden matar nuestra alma. Y si no sabemos escoger lo que es importante en la vida, puede ser que el esfuerzo por llevar tantas otras cosas hacia delante llegue a consumir la esperanza que debe animar cada etapa de nuestro caminar.

Peregrinar es invitarnos a ir ligeros de equipaje en la vida, pues si no tenemos más que lo imprescindible, nada nos podrán quitar. Pero se nos abrirán los ojos y el corazón a cosas que hemos ignorado muchas veces por estar tan atentos a las pequeñeces de nuestro limitado entorno.

La actitud de peregrinar es la de estar receptivos cada día a las personas y circunstancias que la Providencia nos vaya deparando. Es abrirnos a la esperanza que no defrauda, que es el mismo Cristo, que como en el camino de Emaús se nos hará el encontradizo para hacer que la luz vaya disipando las tinieblas de nuestro corazón y nos haga comprender las Escrituras.

“Espera en el Señor, ten ánimo, sé valiente, espera en el Señor”, nos dice el salmo 27. Confiados en su Palabra y en su Presencia eucarística, aprovechemos este año santo para que el Júbilo de Dios llene nuestra vida.

El Sr. Cardenal Juan José Omella, Arzobispo de nuestra archidiócesis de Barcelona, ha designado unos cuantos templos para ganar el Jubileo, pero querría destacar, por su vinculación con toda Barcelona en el amor, no de palabras sino de obras, y en su presencia orante y entregada al Señor, de manera callada y humilde al estilo de Nazaret, los Hogares de las Madres de Desamparados, en el Santuario de San José de la Montaña y en el Cottolengo del P. Alegre, a las Hermanas y Hermanos Servidores de Jesús. En ambas capillas, ganando el Jubileo, se perciben los testimonios de la Caridad por amor Cristo, pues en esos carismas que, entre otros, la Iglesia propone, se vive la entrega a Cristo en los hermanos y la santificación personal. 

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

 

Editorial Febrero 2025

Puntos de luz para el mundo

Han pasado los meses, pero los efectos de la tragedia de la gota fría que afectó a la Comunidad Valencia, Castilla-La Mancha y Andalucía se siguen notando en las personas y en las casas afectadas. La sorpresa y la fragilidad experimentadas ante la naturaleza incontrolada ha ido pasando del torbellino informativo mostrando el dolor y la destrucción causada en personas y enseres, a la lenta reconstrucción y al dolor por los seres perdidos. Los sobrevivientes perdieron lo que tenían para vivir y todas las cosas y recuerdos de su historia personal y familiar.

Pero lo que nunca olvidarán fueron los miles de voluntarios, que dejándose llevar por las emociones y el corazón, se lanzaron a ayudar a los damnificados. Aportaron no solo el duro trabajo de limpiar, salvar y reconstruir, sino que dieron calor humano y manos fraternales tendidas a los que sufrían. Eran, en medio de tanta oscuridad, puntos de luz. 

Todos los voluntarios aportaban esperanza y trabajo; pero también había muchísimos jóvenes, llamados de la generación del cristal, que surgían con fuerza y determinación caminando hacia los que sufrían. Jóvenes llenos de entusiasmo enfangándose para ayudar a los que necesitaban ayudas, pero sobre todo, el sentirse acompañados en tanto dolor.

Jóvenes de una nueva generación; como todas, con sus limitaciones y carencias, pero llenos de generosidad y corazones abiertos que es lo que de verdad se estaba necesitando en esos momentos de desgracia e infortunio.

Estrenamos un nuevo año y lo hacemos poniéndonos bajo la protección de santa María, Madre de Dios, porque somos conscientes de nuestra fragilidad. Pero el Señor nos ha dado un signo de esperanza para nuestro mundo con tantos jóvenes que se convirtieron en puntos de luz y esperanza en medio de la oscuridad de la tragedia vivida.

La generosidad de tantos voluntarios en general, y con los jóvenes de una nueva generación en particular, con su testimonio, su calor humano y determinación, se convierten en semillas de esperanza para este nuevo año que Dios nos concede, convirtiéndose en puntos de luz y esperanza para nuestro mundo.

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

Editorial Enero 2025

Esperar la venida del Señor

El grito de Juan el Bautista: “Preparad los caminos del Señor”, es una constante invitación a la vigilancia, porque el Señor vendrá cuando menos lo pensemos. Como las vírgenes prudentes de la parábola, es necesario alimentar constantemente las lámparas y estar en vela, porque el Esposo se presentará de improviso. La vigilancia se realiza en un clima de fidelidad, de espera ansiosa, de sacrificio. El grito del Apocalipsis ¡Ven, Señor Jesús!, resume la actitud radical del cristiano ante el retorno del Señor. Solo en Él está la salvación. Solo Él puede librarnos de nuestra propia miseria. Al mismo tiempo, la seguridad de su venida nos llena de alegría.

La invitación del Bautista a preparar los caminos del Señor nos estimula a poner en juego todos nuestros modestos recursos para preparar la venida del Señor, implicándonos en el trabajo humano por hacer un mundo mejor.

El Adviento nos sitúa entre el “ya” de la encarnación y el “todavía no” de el fin de los tiempos. Cristo está presente en medio de nosotros, pero su presencia no es aún total ni definitiva. Hay muchos hombres que no han oído todavía el mensaje del Evangelio, ni la gracia de la reconciliación en Cristo no baña todas las esferas del mundo. Hasta la reconciliación universal al final de los tiempos, la esperanza del Adviento seguirá teniendo sentido y podremos seguir orando: Venga a nosotros tu reino…

En la fiesta de Navidad se concentra y actualiza la plenitud de la venida de Cristo: de la venida histórica, realizada ya, de la cual Navidad es memoria, y de su venida última al fin de los tiempos, de la cual la Navidad es anticipación gozosa. En cada Misa, en el “ahora” de cada celebración eucarística, se actualiza el misterio gozoso de la venida y de la presencia salvífica del Señor entre nosotros. 

La repetición cíclica del Adviento y de la Navidad, nos sugiere la imagen del círculo en forma de espiral, donde cada vuelta supone un mayor grado de profundidad. Así, cada año nuestra espera es más intensa y ardiente y nuestra experiencia de la venida del Señor más profunda y definitiva.

¡Feliz Adviento! ¡Feliz Navidad!

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

 

Editorial Diciembre 2024