Puntos de luz para el mundo

Han pasado los meses, pero los efectos de la tragedia de la gota fría que afectó a la Comunidad Valencia, Castilla-La Mancha y Andalucía se siguen notando en las personas y en las casas afectadas. La sorpresa y la fragilidad experimentadas ante la naturaleza incontrolada ha ido pasando del torbellino informativo mostrando el dolor y la destrucción causada en personas y enseres, a la lenta reconstrucción y al dolor por los seres perdidos. Los sobrevivientes perdieron lo que tenían para vivir y todas las cosas y recuerdos de su historia personal y familiar.

Pero lo que nunca olvidarán fueron los miles de voluntarios, que dejándose llevar por las emociones y el corazón, se lanzaron a ayudar a los damnificados. Aportaron no solo el duro trabajo de limpiar, salvar y reconstruir, sino que dieron calor humano y manos fraternales tendidas a los que sufrían. Eran, en medio de tanta oscuridad, puntos de luz. 

Todos los voluntarios aportaban esperanza y trabajo; pero también había muchísimos jóvenes, llamados de la generación del cristal, que surgían con fuerza y determinación caminando hacia los que sufrían. Jóvenes llenos de entusiasmo enfangándose para ayudar a los que necesitaban ayudas, pero sobre todo, el sentirse acompañados en tanto dolor.

Jóvenes de una nueva generación; como todas, con sus limitaciones y carencias, pero llenos de generosidad y corazones abiertos que es lo que de verdad se estaba necesitando en esos momentos de desgracia e infortunio.

Estrenamos un nuevo año y lo hacemos poniéndonos bajo la protección de santa María, Madre de Dios, porque somos conscientes de nuestra fragilidad. Pero el Señor nos ha dado un signo de esperanza para nuestro mundo con tantos jóvenes que se convirtieron en puntos de luz y esperanza en medio de la oscuridad de la tragedia vivida.

La generosidad de tantos voluntarios en general, y con los jóvenes de una nueva generación en particular, con su testimonio, su calor humano y determinación, se convierten en semillas de esperanza para este nuevo año que Dios nos concede, convirtiéndose en puntos de luz y esperanza para nuestro mundo.

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

Editorial Enero 2025

Esperar la venida del Señor

El grito de Juan el Bautista: “Preparad los caminos del Señor”, es una constante invitación a la vigilancia, porque el Señor vendrá cuando menos lo pensemos. Como las vírgenes prudentes de la parábola, es necesario alimentar constantemente las lámparas y estar en vela, porque el Esposo se presentará de improviso. La vigilancia se realiza en un clima de fidelidad, de espera ansiosa, de sacrificio. El grito del Apocalipsis ¡Ven, Señor Jesús!, resume la actitud radical del cristiano ante el retorno del Señor. Solo en Él está la salvación. Solo Él puede librarnos de nuestra propia miseria. Al mismo tiempo, la seguridad de su venida nos llena de alegría.

La invitación del Bautista a preparar los caminos del Señor nos estimula a poner en juego todos nuestros modestos recursos para preparar la venida del Señor, implicándonos en el trabajo humano por hacer un mundo mejor.

El Adviento nos sitúa entre el “ya” de la encarnación y el “todavía no” de el fin de los tiempos. Cristo está presente en medio de nosotros, pero su presencia no es aún total ni definitiva. Hay muchos hombres que no han oído todavía el mensaje del Evangelio, ni la gracia de la reconciliación en Cristo no baña todas las esferas del mundo. Hasta la reconciliación universal al final de los tiempos, la esperanza del Adviento seguirá teniendo sentido y podremos seguir orando: Venga a nosotros tu reino…

En la fiesta de Navidad se concentra y actualiza la plenitud de la venida de Cristo: de la venida histórica, realizada ya, de la cual Navidad es memoria, y de su venida última al fin de los tiempos, de la cual la Navidad es anticipación gozosa. En cada Misa, en el “ahora” de cada celebración eucarística, se actualiza el misterio gozoso de la venida y de la presencia salvífica del Señor entre nosotros. 

La repetición cíclica del Adviento y de la Navidad, nos sugiere la imagen del círculo en forma de espiral, donde cada vuelta supone un mayor grado de profundidad. Así, cada año nuestra espera es más intensa y ardiente y nuestra experiencia de la venida del Señor más profunda y definitiva.

¡Feliz Adviento! ¡Feliz Navidad!

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

 

Editorial Diciembre 2024

Santos y pecadores

 Por Jesucristo estamos llamados a la santidad de vida y lo primero que tenemos que hacer es darnos cuenta de nuestra fragilidad y reconocer nuestros pecados y limitaciones. Iniciar nuevas etapas de la vida se hace con la ayuda de la gracia de Dios y el esfuerzo personal. Esta combinación es lo que celebramos en la fiesta de Todos los Santos y el sufragio que ofrecemos en la conmemoración de Todos los fieles difuntos.

Cuando alguien sufre heridas emocionales, el primer paso para la curación es darse cuenta de lo que nos pasa y comunicarlo, además de si es necesario ayuda de tipo psicológico, a un buen confesor y director espiritual. Teniendo en cuenta que las soluciones rápidas son una excepción, pues hay que afrontar el sufrimiento humano para sobrevivir, curarse y crecer.

El camino es aceptar las propias limitaciones, tratando de vivir la verdad de quien eres realmente y siendo honrado contigo mismo. Se puede conseguir poniendo en la vida coraje, fortaleza, ternura y capacidad de amar.

Los santos son las personas que en su vida buscaron la salvación personal sin descanso, equivocadamente en muchos casos, pero perseverando en encontrar el sentido profundo de la vida que solo Jesucristo puede ofrecer. Así pues, no nos convertimos a valores impersonales ni siquiera a la búsqueda y lucha de una nueva humanidad. La entrega a los pobres y excluidos de la tierra suele ser un paso de la conversión a Dios. Pero esta entrega sin más no es conversión cristiana. Convertirse al Dios de Jesucristo es la relación fundamental que se regenera en la conversión y, a partir de ella, se regeneran las demás relaciones fundamentales. La conversión es ante todo, una nueva manera de situarnos ante Dios.

Las historias de los santos nos invitan a no dejar de buscar la verdad de la vida y la vida eterna que solo el Hijo de Dios nos puede conceder. 

Además, caer en la cuenta de que todo en este mundo es pasajero nos lleva a rezar por nuestros difuntos que, para los creyentes, no están “donde estén” como dice tanta gente, sino que por la fe en Jesucristo, resucitado de entre los muertos, nosotros esperamos encontrarnos con nuestros seres queridos en el reino de la luz y de la paz.

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

Editorial Noviembre 2024

Rosario y Misión

Octubre es llamado el mes del Rosario; se celebra la fiesta de la Virgen del Rosario y se recuerda la llamada del papa San Pío V a la cristiandad a rezar el rosario para que en la batalla de Lepanto, la cristiandad quedase a salvo, evitando la invasión de los reinos cristianos por el imperio otomano. El Rosario, popularizado por los frailes dominicos, se extendió por toda la cristiandad como una oración sencilla y profundamente evangélica, desgranándose al ritmo del rezo de las avemarías, los principales misterios de nuestra fe católica. El fiel que reza el rosario, puede plasmar, simplemente escribiendo los misterios de gozo, dolor, gloria y luz, que sabe de memoria, un perfecto resumen de los misterios de Cristo, salvador y redentor nuestro. A la Virgen María le pedimos que interceda por las necesidades de esta humanidad que parece que haya perdido el sentido común a la hora de hacer un mundo mejor.

Octubre también es el mes de la misiones, pues la campaña del DOMUND es una de las más populares en la iglesia. No hace muchos años, pedir para las misiones se hacía de una manera muy plástica e impactante, porque se pedía colaboración económica en unas huchas o bandejas que tenían un dibujo o figura de las diferentes razas del mundo. De esta manera sencilla, nos acostumbrábamos a ver personas y culturas diferentes y nos sentíamos urgidos a llevar nuestra fe y ayudar a conseguir una vida digna a tantos hermanos nuestros que vivían en lejanos países con culturas muy diferentes. Los misioneros llevaban la fe a lugares remotos y al lado de una capilla surgían también una escuela y un dispensario. 

Actualmente el largo descenso de la natalidad en Europa, el materialismo imperante en la sociedad y la crisis que sufren las familias, ha hecho que tengamos también un alarmante descenso de vocaciones; no solo para las misiones, sino para cubrir las iglesias europeas que antes enviaban misioneros a los cuatro puntos cardinales. Hace largos años que esto está pasando; se cierran comunidades religiosas y parroquias y, para mantener el culto y la vida cristiana, vienen de otros países para reforzar conventos y parroquias. 

No dejemos de rezar cada día el santo Rosario y seamos generosos en nuestra aportación a la colecta del Domund.

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

Editorial Octubre 2024

El Actuar de Nuestro Dios

Aunque hoy día tengamos motivos para la preocupación y casi la desesperanza, el reino de Dios sigue llegando gracias a Cristo y su Espíritu. Dada nuestra afición a la programación, a la eficacia productiva, al éxito rápido y espectacular, a la estadística y al porcentaje, es frecuente la impaciencia por los frutos visibles y palpables. Impaciencia que aplicamos a todos los sectores, tanto eclesial y pastoral como familiar y educacional. 

Uno quisiera ver crecer rápidamente en nosotros mismos y en los demás un cristianismo pujante y cargado de frutos. Pero al ver la realidad que no se ajusta a nuestro querer, sin darnos cuenta vamos cediendo al desaliento y a la desesperanza, creyendo que estamos perdiendo el tiempo. He aquí un desafío constante a la esperanza cristiana.

La actuación de Dios tiene un dinamismo silencioso pero imparable y fructificará a su tiempo. No le apliquemos criterios mundanos de eficacia inmediata, porque esos no son los baremos del reino de Dios.

Los medios deslumbrantes y avasalladores no suelen ser los medios de Dios, pues como dice san Pablo: “El que planta no significa nada, ni el que riega tampoco; cuenta el que hace crecer, Dios” (1Cor 3,7). Él es el único que salva, no por la fuerza sino mediante la paradoja de la debilidad con que, poco a poco, va creciendo el reino de Dios dentro y fuera de nosotros.

El reino de Dios es su reinado de amor, justicia, paz y santidad; es la soberanía de su voluntad. Por eso en el padrenuestro, a continuación de la petición “Venga a nosotros tu reino”, añadimos en seguida: “Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”, porque éste es el camino para la venida del reino.

Si esto se consigue en nuestra vida personal y en el entorno eclesial, familiar y social en que nos movemos, se ha realizado lo más importante y fundamental de nuestra condición de discípulos de Cristo.

En este nuevo curso pastoral que comenzamos ahondemos en la oración y la contemplación, para captar la gratuidad de Dios (parábola de la semilla que crece sola) y para dar su valor a las cosas pequeñas, a la suave sonrisa, a los gestos sencillos y cercanos que nos hacen saber esperar, aguardando con fe esperanzada, la gloriosa venida del Señor

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

 

Editorial Septiembre 2024

Vivir con sentido común y ética

En este tiempo vacacional, hay tiempo hasta para aburrirnos un poco; pero la ruptura de nuestros horarios y rutinas nos ofrece  espacios en los que la mente puede profundizar en la memoria y el recuerdo.

Pensar es de las cosas más difíciles; es por eso que los conductores de las masas humanas (léase medios de comunicación, con su correspondiente dosis de ideología) tratan de dificultarlo ofreciendo las mil y una posibilidades de distracción para evitar tener tiempo en que se pueda llegar a pensar.

Atreverse a pensar lleva a la posibilidad de usar la propia razón, por encima de eslóganes y consignas para decirte lo que tienes que hacer, pensar u opinar. Por eso la Iglesia, transmitiendo su doctrina y ofreciendo la vía de la oración para acercarnos a Dios, ofrece a la persona el camino del silencio, la contemplación, el pensamiento y el recuerdo de lo vivido que se convierte en aprendizaje para el presente.

La regla de oro del Evangelio, “trata a los demás como tú quieres que te traten a ti”, nos hace tocar de pies a tierra y nos hace ejercer el gran don de la libertad que Dios nos ha concedido y que los poderes mundanos tratan de usurpar.

Si yo quiero que me comprendan, perdonen mis faltas o me respeten, debo hacerlo yo también con los demás. Y esto es el principio del sentido común y de la ética que hemos de aplicar a nuestra vida y acciones. El sentido común no es un conocimiento superficial, sino la sabiduría colectiva, de sano y compartido entendimiento, que nos hace tener conciencia de lo que es auténtico y verdadero.

Vivir con ética es saber reflexionar sobre lo que está bien o está mal, ajustando nuestra conducta a los principios y normas que guían nuestro día a día, para poder distinguir lo que es bueno de lo que no lo es; lo correcto de lo incorrecto.

Vivir con sentido común y con una conducta ética, nos ayuda a ser, ante todo buenas personas y posibilita el vivir como católicos, correspondiendo a la gracia bautismal que hemos recibido. No olvidemos que la Gracia de Dios, perfecciona la naturaleza, pero no la suple.

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

Editorial Agosto 2024

La esencia de la vida cristiana

Un Jubileo es un año de gracia, un camino, una peregrinación de esperanza, que el Papa, el sucesor de Pedro, convoca cada veinticinco años. El primero de ellos se celebró el año 1300, aunque ya existía algún precedente; por ejemplo, el Jubileo compostelano, cuando la fiesta de Santiago Apóstol coincidiese en domingo, concedido en 1122 por el Papa Calixto II. El Papa Francisco ha convocado el Jubileo ordinario del 2025 con la bula “La esperanza no defrauda”.

“Nadie vive en cualquier género de vida sin estas tres disposiciones del alma: las de creer, esperar y amar”, decía San Agustín. La gracia de Dios eleva nuestra condición creada y nos permite albergar una esperanza que nace del amor que brota del Corazón de Jesús traspasado en la cruz. 

 Y con la esperanza, Dios nos otorga la paciencia que actualmente ha sido relegada por la prisa, por el acuciante “aquí y ahora” que hoy hace de esta virtud una realidad extraña.

Es preciso reavivar la esperanza y ofrecer signos de esperanza, sabiendo atender a todo lo bueno que hay en el mundo. Signos de paz en medio de la guerra; de entusiasmo a la hora de contemplar la vida, en medio de una cultura marcada por la disminución de la natalidad y por la pérdida – desesperanzada – del deseo de transmitirla. Signos de esperanza para los presos, para los enfermos, para los jóvenes, para los migrantes y los más débiles, para los ancianos y los pobres. 

En 2025 se cumplen 1700 años del concilio de Nicea (325), que expresó como verdad de fe la plena divinidad de Cristo, “de la misma naturaleza” del Padre, como seguimos profesando en el Credo de la misa. 

La Carta a los Hebreos emplea la imagen del ancla para aludir a la esperanza que, junto con la fe y la caridad, sintetiza la esencia de la vida cristiana. El ancla fue usada por los artistas de la zona mediterránea para expresar no solo lo que significa mantener una embarcación fija en el mar, sino como alegoría de la esperanza y de la salvación. El ancla es un peso que retiene al navío, símbolo universal de firmeza, solidez, tranquilidad y fidelidad.

Apunta a la vida eterna. Sin esta referencia, “la dignidad humana sufre lesiones gravísimas —es lo que hoy con frecuencia sucede—, y los enigmas de la vida y de la muerte, de la culpa y del dolor, quedan sin solucionar, llevando no raramente al hombre a la desesperación«. 

María, la Madre de Dios, es el testimonio más alto de la esperanza, la Estrella del mar que nos conduce a Cristo, cuando navegamos por los procelosos mares de la vida. 

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

Editorial Julio 2024

Junio y el Sagrado Corazón de Jesús

El mes de junio nos trae la sensación del final del curso escolar, al que van unidas las vacaciones escolares y las actividades veraniegas. En el ámbito religioso, se celebra la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús y su mensaje de amor y misericordia para una humanidad que, al lado de una carrera incesante por avanzar en la ciencia y la técnica, vive el dolor y sufrimiento causado a millones de personas en nuestro mundo, en medio de discursos altisonantes sobre la paz y los derechos humanos.

El seguimiento de Jesucristo, según las épocas y culturas, también tuvo sus deformaciones, donde reduccionismos y voluntarismos ensombrecieron la gracia y la misericordia infinita de Dios.

Sin duda, el esfuerzo personal ha de acompañar la acción de la Gracia, pero sin endurecer el corazón y sin perder la alegría de sentirnos salvados y amados por Jesucristo que entregó su vida por cada uno de nosotros. ¿Cuántas veces tenemos que perdonar?, le dice Pedro a Jesús. Setenta veces siete, le contesta el Señor. Es decir, siempre que se pida perdón y se manifieste el arrepentimiento del mal causado. 

Cuando la soberbia del ser humano, aparece de nuevo intentando vivir como si Dios no existiera, solo basta mirar a nuestro entorno para darnos cuenta de lo lejos que estamos de que este mundo sea un paraíso. Se sigue cumpliendo aquello de que el hombre se convierte en lobo para el hombre. Se refiere a la crueldad humana o al hecho de que, en ocasiones, nuestros peores enemigos son nuestros semejantes.

El Sagrado Corazón de Jesús, en este mundo endurecido y tantas veces injusto, donde los más débiles siempre sufren los primeros, nos vuelve a hablar de amor y misericordia como único camino para que esta humanidad,  perdida en su orgullo y autosuficiencia, vuelva a encontrar en el amor de Jesucristo los caminos de paz, justicia, comprensión y humildad necesarios para vivir como hermanos.

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

Editorial Junio 2024

Junio y el Sagrado Corazón de Jesús

 

El mes de junio nos trae la sensación del final del curso escolar, al que van unidas las vacaciones escolares y las actividades veraniegas. En el ámbito religioso, se celebra la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús y su mensaje de amor y misericordia para una humanidad que, al lado de una carrera incesante por avanzar en la ciencia y la técnica, vive el dolor y sufrimiento causado a millones de personas en nuestro mundo, en medio de discursos altisonantes sobre la paz y los derechos humanos.

El seguimiento de Jesucristo, según las épocas y culturas, también tuvo sus deformaciones, donde reduccionismos y voluntarismos ensombrecieron la gracia y la misericordia infinita de Dios.

Sin duda, el esfuerzo personal ha de acompañar la acción de la Gracia, pero sin endurecer el corazón y sin perder la alegría de sentirnos salvados y amados por Jesucristo que entregó su vida por cada uno de nosotros. ¿Cuántas veces tenemos que perdonar?, le dice Pedro a Jesús. Setenta veces siete, le contesta el Señor. Es decir, siempre que se pida perdón y se manifieste el arrepentimiento del mal causado. 

Cuando la soberbia del ser humano, aparece de nuevo intentando vivir como si Dios no existiera, solo basta mirar a nuestro entorno para darnos cuenta de lo lejos que estamos de que este mundo sea un paraíso. Se sigue cumpliendo aquello de que el hombre se convierte en lobo para el hombre. Se refiere a la crueldad humana o al hecho de que, en ocasiones, nuestros peores enemigos son nuestros semejantes.

El Sagrado Corazón de Jesús, en este mundo endurecido y tantas veces injusto, donde los más débiles siempre sufren los primeros, nos vuelve a hablar de amor y misericordia como único camino para que esta humanidad,  perdida en su orgullo y autosuficiencia, vuelva a encontrar en el amor de Jesucristo los caminos de paz, justicia, comprensión y humildad necesarios para vivir como hermanos.

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

 

Editorial Junio 2024

Sic transit Gloria mundi

 

Así pasa la gloria del mundo, se le decía al nuevo Papa el día de su coronación, cuando se quemaba un poco de lino delante de él, antes de ser coronado con la tiara pontificia. El hoy San Pablo VI fue el último Papa coronado, con la tiara que le regaló la archidiócesis de Milán de la que era arzobispo en el momento de su elección como Obispo de Roma y sucesor de Pedro. 

Contemplando al Resucitado vemos cómo pasa la gloria del mundo cuando nos fijamos en sus llagas gloriosas y su cuerpo glorificado. Solo Él triunfa del pecado y de la muerte. La Pascua es la invitación a la esperanza, al sentido común, a los valores que hacen felices a las personas; la celebración que anualmente nos invita a no malgastar la vida por cosas que dejaremos aquí…..

¿De qué le vale a un hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?

La Biblia nos advierte con lealtad lo pequeño que es el hombre. Entonces, para comenzar un camino de renovación, la oración, imprescindible, ha de comenzar por reconocer nuestra pequeñez, ser conscientes de nuestra condición de criaturas.

El Salmo 8, después de haber reconocido que el hombre tiene en él mismo una marca de grandeza, se apresura a precisar: “Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado. ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?”

El Salmo 37 aconseja: “No te exasperes por los malvados, no envidies a los que obran el mal: se secarán pronto, como la hierba, como el césped verde se agostarán”.

El malvado es el que no se apoya en el Señor, pues se orienta hacia “otros señores”. Pero el salmista le dice al justo: “Confía en el Señor y haz el bien: habitarás tu tierra y reposarás en ella en fidelidad; sea el Señor tu delicia, y Él te dará lo que pide tu corazón”.

Solo Dios puede satisfacer los deseos del corazón humano y el salmista continúa: “Mejor es ser honrado con poco que ser malvado en la opulencia”. Sin embargo, a menudo el justo parece un derrotado y el malvado parece un vencedor y la certeza del hombre de fe es que, consciente de su pequeñez, puede apoyarse en el único Grande y dejarse abrazar por Él.

San Agustín Roscelli, sacerdote genovés del siglo XIX, afirmaba: “En el paraíso encontraremos a personas que no han sido ni mártires, ni obispos, ni sacerdotes, ni teólogos…pero no encontraremos ni una sola persona que no haya sido humilde”. Sin humildad no se llega a Dios. Abramos los ojos y no repitamos los mismos errores que está cometiendo una humanidad sin Dios.

Celebrar la Pascua es dejar que el espíritu del Señor Resucitado, que sabe de nuestras acciones y desventuras nos libere y nos salve. Debemos acercarnos a Jesús con la verdad de lo que somos: ¡somos pequeños y somos pecadores! Pero ahí se da el prodigio: delante de la humildad, Dios manifiesta su deseo de perdón y reconciliación. Jesús es la buena noticia del amor de Dios; Dios no solo nos perdona, sino que, al abrazarnos nos regala la posibilidad de amar como ama Él.

 

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

 

Editorial Abril 2024