La fe, sin caridad, está muerta

Editorial Febrero

Esto no es un eslogan, sino la constante orientación-revisión de la vida cristiana. Pero no reduzcamos el término “caridad” a hacer unas buenas obras, o dar alguna limosna.

Nuestra vida cristiana trata, con la ayuda de la gracia de Dios y de nuestro esfuerzo personal, de seguir las huellas de nuestro Maestro y Señor Jesucristo. Por eso la vida cristiana, más que profesar una “religión” que ha de cumplir unos determinados preceptos, trata de ser un “estilo de vida” que abarca la totalidad de nuestro ser y circunstancias.

Podemos decir, con toda seguridad, que donde hay caridad y amor, allí está Dios. Por consiguiente, si no hay caridad y amor, aunque hablásemos la lengua de los ángeles o moviésemos montañas, podemos asegurar que allí no está Dios. 

Por sus frutos los conoceréis, dice el Señor.

Y todo esto, tan básico en la vida cristiana, constatamos desde nuestra debilidad, que no es fácil cumplirlo, pues antes que la verdad y la caridad, nos supera en muchas ocasiones, nuestra vanidad, orgullo y autosuficiencia. Y lejos de la unión y complementariedad, nuestros actos producen enfrentamiento y división.

Por eso, la actitud penitencial de la vida cristiana no es un simple rito o queda circunscrita al tiempo cuaresmal, sino que tiene que partir de una auténtica búsqueda de la verdad y del sentido de nuestra vida que, si es en verdad seguir a Cristo, nos pide morir al hombre viejo y renacer con Cristo a una vida nueva, que se concreta en una manera de vivir que produzca buenas obras.

No esperemos al comienzo de la santa Cuaresma para empezar a mejorar nuestra vida cristiana; escuchemos la voz del Señor y no endurezcamos el corazón.

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