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Editorial

Conviértete y cree en el Evangelio

 

Donde reina el amor, crece la paz, la alegría, la libertad y el gozo de la vida. Ser hoy católico en nuestro mundo requiere decisión y valentía; apuesta por una vida mejor, junto al Dios de la paz y misericordia, y comienza ya por dignificar y renovar la vida presente. 

El cristianismo es una forma de entender y vivir la vida; la manera auténtica y completa de ser persona. Vivir según la voluntad de Dios, aceptar a Jesús como modelo permanente y universal de vida, no es una alternativa de tantas, sino la única forma justa de vivir nuestra humanidad.

Las palabras de Jesús son claras y terminantes: “Este es mi mandamiento, que os améis unos a otros como yo os he amado. Esto os mando: que os améis unos a otros” (Jn 15,12.17). Y esta es la enseñanza de los apóstoles: “La plenitud de la ley es el amor” (Rm 13,10).

La conversión bautismal termina en caridad, en servicio, en generosidad. Creer en Dios, convertirse a Jesús, consiste en cambiar de vida: de la indiferencia al amor, del egoísmo a la caridad. La caridad, como amor efectivo, nos obliga a reorganizar nuestra vida, nuestras primacías, la manera de emplear el tiempo, las ocupaciones y las relaciones. Sin el cambio de vida, el anuncio del mensaje se queda en retórica, palabras vacías, fantasías sin consistencia. Lo que da peso al anuncio, es la belleza de una vida regenerada por el amor de Dios.

“Todo lo que deseáis que los demás hagan con vosotros, hacedlo vosotros con ellos. Esta es la Ley y los Profetas” (Mt 7,12). “Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial que hace salir el sol sobre buenos y malos y manda la lluvia a justos e injustos” (Mt 5,44-46). “Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso” (Lc 6,36). 

Los gestos de amor y las obras de misericordia de los cristianos continúan, en la Iglesia y en el mundo, los milagros de Jesús. Son los signos que muestran que el reino de Dios está ya en nuestro mundo. Cuando este amor se manifiesta de forma palpable, los hombres de buena fe se sienten tocados por la presencia del Señor. Como en tiempos de Jesús, necesitamos ver “maravillas”, las maravillas de un amor sincero que rompe las leyes del egoísmo, que va más allá de lo común, y hace sentir a la gente sencilla la presencia de la bondad de Dios. Este es el verdadero punto de partida para la evangelización.

Alegrémonos por la invitación cuaresmal que de nuevo nos hace la santa Madre Iglesia para seguir más y mejor al Señor Jesús: “Conviértete y cree en el Evangelio”.

 

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

 

Editorial Febrero 2024