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Editorial

En voz baja

La verdad padece, pero no perece. Esta sentencia se cumple también para las llamadas “redes sociales”. Es tanta su fuerza que si una persona, no entra en ellas queda excluido de las relaciones o llamadas que hasta entonces se hacían servir. ¿Por qué?  O haces lo que todo el mundo dice o quedas excluido. Esta es la sociedad llamada libre y democrática que impone sus dictaduras.

Al mismo tiempo, estas “redes sociales” permiten el anonimato y todo tipo de comentarios, que sin ninguna fiabilidad, se difunden. 

En voz baja, mucha gente opina sobre la esclavitud que significa estar continuamente conectados y recibiendo una sobredosis de irrelevantes comentarios o informaciones. Pero, no se atreven a ir contra corriente por el qué dirán.

Por otro lado se perciben situaciones en las que, perdido todo control, lo que se vierte a través de estos medios intenta perjudicar la fama del prójimo.

El problema es que, una vez desatado ese demonio interior de los celos, rivalidades, personalismos, etc. de cada persona, las redes sociales también sirven para, desde la oscuridad, el anonimato y la cobardía, soltar el veneno de la maledicencia sobre personas y situaciones.

Está pasando como en una partida de billar, pues cuando disparas una bola, es muy difícil controlar las carambolas que pueden derivarse.

Es tanta la fuerza y la presión ambiental en los llamados “medios de comunicación” que las voces discordantes son acalladas y el espíritu crítico brilla por su ausencia, tragando todo tipo de propuestas por el miedo a ser tachado de “antiguo”.

Se busca sin medida tener seguidores, ser escuchado, que se sepa lo que se hace. Así se gastan muchas energías que se podrían aprovechar para intentar, con la gracia de Dios y nuestro esfuerzo, ser mejor persona en la vida de cada día y con los que nos toca vivir; respetar la diferencia y buscar siempre lo que une y no lo que separa. El reto es educar en enriquecerse con lo diverso, asumiendo las legítimas diferencias y dejando de lado actitudes que separan, dividen y enfrentan.

Hay que saber usar las cosas que Dios pone en nuestra vida y los avances tecnológicos de que disponemos. Siempre teniendo una recta conciencia; no olvidando que debemos tratar a los demás como nos gusta ser tratados y recordando que el  octavo mandamiento de la Ley de Dios nos prohíbe mentir y dar falsos testimonios.

Así como también comporta, para poder ser absuelto de las culpas en la confesión, rectificar las mentiras, calumnias e informaciones no contrastadas difundidas.

Sin menospreciar la técnica y la ciencia, no olvidemos que la relación personal es la mejor vía para estrechar lazos sociales, deshacer malos entendidos y crecer en el diálogo y respeto mutuos. 

 

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

Editorial Febrero 2022