Agua pasada, no mueve molinos

Nos preparamos para celebrar el Nacimiento del Hijo de Dios. Se alegra nuestro corazón porque podremos volver a repetir que nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. Y se nos indican las señales para descubrirlo. Un lugar humilde, unos esposos que se aman, se comprenden y se apoyan en la adversidad. Y un Niño, que está en medio de carencias materiales, pero rodeado de un amor inmenso.

Un Dios que nos habla a lo más profundo de cada uno. Todo un Dios, hecho carne de nuestra carne en la ternura y debilidad de un Niño, nos está diciendo que, como los pastores y reyes, podemos avanzar en nuestra historia, que no podemos cambiar, pero sí aprender de ella.

El rey David, de cuya estirpe nacerá Jesús, el Señor, tiene momentos claves en su vida delante de los cuales su reacción sigue sirviendo para enseñarnos a nosotros.

Después de pecar con la mujer de Urías, recibe el mensaje de Dios a través del profeta Natán sobre su mala acción. La reconoce inmediatamente, pidiendo la misericordia de Dios por su pecado.

Cuando su pequeño hijo estaba muy enfermo, rezaba y suplicaba a Dios por él, aceptando los designios de Dios, el único Señor de la vida.

Y en la huida que tiene que hacer de su propio hijo Absalón para salvar su vida, lo insultan y se mofan de él. El rey David acepta la humillación y el dolor de que su propio hijo se rebele contra él. En medio de la desgracia no se aparta de Dios.

David fue un gran hombre que cometió también grandes pecados, pero siempre los reconoció y se humilló ante Dios, tratando de enmendar su vida.

El salmo 50, que recitamos todos los viernes, hace suyos los sentimientos de David y también los nuestros: petición de misericordia ante el propio pecado y acción de gracias por el perdón de Dios y la nueva oportunidad que nos concede.

Bienvenidas las luces de colores y los deseos de hacer regalos, pero no perdamos de vista que el Mesías, el Hijo de David, lo que hace es asumir nuestras miserias y debilidades. El Niño Jesús, sonriéndonos, nos invita a apreciar las cosas humildes y sencillas, que son las realmente importantes.

No se trata de reescribir nuestra historia, cosa que es imposible, sino de no repetir los errores cometidos.

Recemos con el salmista:

  • Levanto mis ojos a los montes: ¿de dónde me vendrá el auxilio? El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra. (Salmo 120).
  • El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar? (Salmo 26).
  • El sacrificio agradable a Dios es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú, oh Dios, tú no lo desprecias. (Salmo 50).

Hurgar en las heridas personales o colectivas del pasado no soluciona nada, amarga el presente e impide mirar esperanzadamente al futuro.

Que tengamos todos un esperanzado Adviento, para poder tener una feliz Navidad.

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

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