El silencio de Dios

Hemos pasado la gran tragedia del Holocausto, el horror de Ruanda y seguimos con  otros genocidios que asolan países diversos (de unos se habla mucho y de otros nada), y muestran la cara del mal y del horror del ser humano contra el ser humano. Muchas veces ha resonado la terrible pregunta ¿Por qué Dios calla y no lo evita?.

Desde la razón y desde lo incomprensible que son estos hechos, aparece “la libertad humana” con todo su dramatismo. Libertad de la que presumimos orgullosos en todo momento y de la que decimos que no podemos vivir sin ella.

Pero delante de tantas maldades causadas por el propio ser humano, pedimos explicaciones a Dios, para no asumir nuestra responsabilidad.

¿Acaso Dios es culpable de que usemos mal nuestra libertad? ¿No somos nosotros los que causamos el dolor y muerte, a otros semejantes? ¿Sale de Dios el odio y la violencia que anida en los corazones y que lleva a cometer semejantes crímenes? ¿Es Dios culpable que yo sea envidioso, maledicente y tenga una mirada turbia sobre las personas y acontecimientos?.

Dios nos ha concedido esa libertad que no es libertinaje, pero que se confunde muy a menudo. Ser libres es un don para buscar, con nuestra inteligencia y voluntad, el camino del bien, no para elevar nuestro “yo” por encima de los que nos rodean y que tienen los mismos derechos que nosotros en este mundo.

No pidamos a Dios lo que no hacemos nosotros.

El deseo de que Dios cumpla nuestros deseos sin más, es la gran tentación que tenemos. No es estar nosotros al servicio de Dios, sino querer que Dios esté a nuestro servicio.

Una nueva Cuaresma se nos ofrece para acercarnos con mejor disposición a Dios. Para ver como está nuestra vida y para agradecer a Dios que, a pesar de nuestros pecados, contra nosotros mismos y contra el prójimo, Dios es misericordioso y calla, siempre esperando nuestra conversión.

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

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