Pórtate siempre con educación, y no hagas a otro lo que a ti no te agrada

Prácticamente todo el mes de marzo, a excepción de la solemnidad de san José y de la Anunciación del Señor, son días cuaresmales. Es decir, tiempo de intensificar la oración, pidiendo perdón a Dios por nuestros pecados, y de penitencia, como signo de conversión y reparación por el mal cometido. 

Jesús preguntó, en cierta ocasión, a sus apóstoles: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Pedro tomó la palabra y dijo: Tú eres el Hijo de Dios vivo. Le dice Jesús: Dichoso tú, Simón, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo”. (Mt 16,15).

Hay pues, un saber, un conocimiento, una sabiduría humana, que no se adquiere por cauces puramente científicos o académicos, sino que son fruto de la gracia, cuando sabemos estar atentos y a la escucha de la profundidad de nuestro ser, que se abre al espíritu de Dios. 

Los frutos de esa Sabiduría, todo el mundo los aprecia y alaba, pues son valores de los que andamos siempre bastante escasos: sensatez, prudencia, honestidad, buen criterio, sano juicio, sentido común (así llamado porque se supone connatural al ser humano, pero del que se dice que es el menos común de los sentidos). 

Pero si no plantamos el Árbol de la Sabiduría cuando somos jóvenes, no podrá darnos su sombra en la vejez.

Vivimos un momento de la historia en que se está recogiendo lo sembrado en el siglo XIX y buena parte del XX: el “nihilismo” como forma de vida, en el que con la “muerte de Dios” el ser humano vive la plena autonomía; el hombre como dios de sí mismo.

El Sínodo de los Obispos Europeos de 1999 declaraba en el documento final que Europa, religiosamente hablando, ha ido renunciando a sus raíces y se ha instalado en el indiferentismo, sumida en lo puramente material y económico. Vive como si Dios no existiera.

San Juan Pablo II decía, en “Mi Decálogo para el tercer milenio”, que un mundo sin Dios, antes o después, termina construyéndose contra el hombre y que al hombre contemporáneo le resulta difícil aceptar la fe, porque le asustan las exigencias morales que la fe representa.

La Sagrada Escritura nos habla de una “Sabiduría” que se ofrece al ser humano que está dispuesto a la reflexión sobre sí mismo y sobre su propia existencia (Sabiduría 6,12-16).

Para alcanzar esta sabiduría que Dios nos ofrece, pongamos los primeros peldaños que dan título a esta reflexión y que no podemos dar por supuestos: ser educados y respetuosos en todo momento y con todas las personas y no hacer a los demás lo que no queremos que nos hagan a nosotros. (Tobías 4, 14-15).

Si nos esforzamos en estos dos humildes propósitos seguro que Dios bendecirá nuestros esfuerzos de conversión cuaresmal y avanzaremos hacia la Sabiduría.

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

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