Tiempo de Perdón

¿Por qué cuesta pedir perdón? Cuesta pedir perdón porque somos débiles. Todas mis fuerzas no bastan para salvarme ni para solucionar todos mis problemas. Por eso necesito a Jesucristo, que me salva y me otorga el don del perdón.

En numerosas ocasiones vemos que alguien hace algo que nos hiere y pensamos mal de él. Pero debemos entender que no hay sistemáticamente mala voluntad en el otro. Debemos aceptar a los demás como son, incluyendo la posibilidad de que se equivoquen, pues deseamos que los demás hagan lo mismo con nosotros.

Perdonar no es justificar el mal o apoyar una injusticia; debemos perdonar a pesar del daño que el otro nos ha hecho y aunque  el otro no muestre arrepentimiento. Hay que pensar que en muchas ocasiones, la otra persona tiene un bloqueo o un mecanismo de defensa que le impide reconocer su culpa.

Perdonar no solo libera al otro de la culpa sino que también me libera a mí. En ocasiones se puede vivir cegado por el rencor, guardar factura por el daño recibido y vivir con una fijación con quien me ha hecho daño. Perdonando me libero de esta obsesión.

El Evangelio nos muestra que Dios nos concede el regalo de recibir su perdón si antes nosotros se lo hemos otorgado a otros. El perdón me capacita para amar con un amor tan puro, gratuito y desinteresado como el suyo.

“Perdónanos, así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”, rezamos en el Padrenuestro. Así que, aunque cueste pedir perdón y perdonar, vale la pena intentarlo siempre, pues no existe nada más liberador.

Sigamos aprovechando este tiempo de conversión, gracia, perdón y reconciliación que nos ofrece la santa Cuaresma.

 

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

 

Editorial Marzo 2023

Artesanos de la armonía

 

Ser artesanos de la armonía, es una buena definición de lo que ha de ser la vida cristiana. Trabajar poco a poco las virtudes, en silencio, sin espectacularidades. Desconfiando de las “fórmulas mágicas pastorales” que, como la espuma, suben y bajan, pero que dejan una insatisfacción permanente que no deja madurar la vida cristiana en su cotidianidad.

No hay fórmulas secretas para estudiar, formar una familia, vivir cristianamente o conseguir la excelencia en un deporte. Solo es necesario invertir tiempo, dedicación, esfuerzo, fidelidad y perseverancia para conseguir el objetivo perseguido. Y esto es lo que no se quiere hacer, buscando “atajos” que nos eviten implicarnos totalmente y nos eviten la disciplina, el sacrificio, la honestidad y la pasión por definir lo que queremos y pagar el precio que conlleva. 

Estamos en un mundo en que lo queremos todo. Certificados, pero sin estudio ni esfuerzo; tener una familia pero que esté a mi servicio y capricho; apasionados por los deportes, pero que otros los practiquen y nosotros ya los valoraremos; queremos que Dios nos ayude pero la vida nos la organizamos como nos convenga… Y así un largo etcétera, que hace que se busquen las fórmulas mágicas que nos eviten la rutina, el esfuerzo escondido y la fidelidad para conseguir aquello que deseamos. 

Estamos demasiado acostumbrados a consumir; necesitamos constantemente la novedad, incluso en las cosas santas de Dios. Espanta solo pensar en aburrirse. Y el resultado es la insatisfacción permanente.

Sin embargo, Dios no se cansa de ofrecernos el tesoro escondido de la felicidad que no está en las cosas, sino en Dios y en el corazón de cada persona. Ser feliz tal como eres y con las circunstancias que a cada uno le ha dado el Señor. No es más feliz el que más tiene, sino el que menos necesita.

Este es el don que nos ofrece la vida cristiana y que ahora, en este tiempo de gracia y conversión, nos ofrece la Cuaresma. Ir a lo esencial. Implicarnos en poner los medios para ser felices, desterrando lo malo que hay en nuestra vida. Y, como un buen artesano, invertir en nuestro empeño por ser buenos católicos, tiempo, esfuerzo, sacrificio, oración, fidelidad y constancia en tratar de ser buenas personas y buenos hijos de Dios.

 

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

 

Editorial Febrero 2023

Sin respetos humanos

 

Respetos humanos, tópicos, modas. Condicionantes que nos envuelven como una tela de araña, que no nos dejan aceptarnos como somos y que nos absorben las energías que tenemos, al intentar vivir tal como dictaminan las corrientes que dirigen el mundo.

Empezamos el nuevo año que Dios nos concede con la fiesta de Santa María – que puso la voluntad de Dios por encima de todos los respetos humanos – para ponernos bajo su protección. Pero también para intentar, como hizo Ella, dejarnos obrar por Dios; con la total confianza de que si Dios dirige nuestro camino, todo tiene sentido en Él y todo es para nuestro bien. Aunque no lo entendamos y pensemos que Dios se ha olvidado de nosotros, ante las dificultades que muchas veces tenemos que asumir. Por eso la Iglesia sigue repitiendo: “Feliz tú que has creído porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá”. 

Tampoco tuvieron respetos humanos los Reyes Magos, que representan todas las razas y culturas, y dejándolo todo se pusieron en camino, siguiendo la estrella, buscando la verdad y la sabiduría, cosas fundamentales para la vida de cada uno. Asumen dificultades, contrariedades y la incertidumbre que supone dejar lo cómodo y conocido, para buscar al Salvador del mundo, que finalmente encuentran en la debilidad y ternura del Niño nacido en Belén. Y porque son sabios, saben ver más allá de los ojos de la carne, para ver lo que Dios les estaba revelando.

El final del tiempo de Navidad y el comienzo del tiempo llamado de “durante el año” lo celebramos con la fiesta del Bautismo del Señor. Se nos recuerda e indica de nuevo que, si queremos vivir la vida de manera feliz, tal como Dios quiere, esto es, con esperanza, haciendo el bien y amando y dejándose amar, tenemos que seguir el camino que el Señor nos indica, escucharle a través de su Palabra de salvación y ponerlo en práctica en nuestra vida de cada día, con los que el Señor ha puesto a nuestro lado.

 

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

 

Editorial Enero 2023

Espiritualidad y formación

 

Los tópicos, modas y respetos humanos son grandes obstáculos para la vida cristiana, pues nos condicionan de tal forma que la manera de vivir pierde su categoría de “vida cristiana” para ser como la mayoría. Podemos seguir creyendo, pero dada la intensidad de la presión ambiental, cada vez más se hace de forma personal y privada, para no molestar mucho a los que piensan de diferente manera. Hoy por hoy, es la gran mayoría, con los medios de comunicación al servicio de las “nuevas verdades” y los, supuestamente, logros adquiridos.

El Adviento, de nuevo, nos invita a la esperanza de que Dios no nos abandona, si nos volvemos hacia Él. La Virgen María, cuya figura resalta en este tiempo litúrgico, es modelo para nosotros de confianza y abandono en Dios; también intercesora y nos recuerda que el camino de Dios siempre tiene como resultado el bien y la salvación. Eso sí, al estilo de Dios y no del mundo, como contemplaremos durante el tiempo de Navidad. En lo más escondido de la tierra y fuera del circuito de los poderes del mundo, Dios se hizo carne de nuestra carne para que nosotros pudiésemos acercarnos a Él. Pastores y reyes, que el mundo separa por clases y categorías, se encuentran en el mismo portal de Belén adorando al Niño Dios. Es tan hermosa la escena que los ángeles no pueden dejar de estar contemplando el milagro que Dios puede hacer en los corazones que se le abren. Pastores, ángeles y reyes contemplando al Salvador y Redentor y a la Virgen María y a San José. La Virgen María, la madre del Señor, y San José, el Custodio del Hijo de Dios, son modelos de vida entregada en Dios, por encima de los criterios del mundo. 

María y José sufrieron las incomprensiones de sus convecinos y de los que les rodeaban, pero supieron escoger bien y pusieron a Dios por encima de todo otro criterio mundano.

En estas fiestas navideñas, la liturgia nos invita a celebrar la Sagrada Familia que se nos ofrece como modelo e intercesión para nuestras familias. La familia es el tesoro más grande que podemos tener en esta tierra. Hay que saber cuidarla y evitar todo lo que la pueda destruir. Dios, en su infinita sabiduría, nos ha dado la familia donde podemos crecer, madurar y ser nosotros mismos, envueltos en amor, comprensión y aceptación. Qué mejor que encomendar nuestras familias a la Sagrada Familia de Nazaret.

Qué hermoso es este tiempo de Adviento y Navidad que nos ofrece este intenso mes de diciembre.

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

 

Editorial Diciembre 2022

Santos y Difuntos

 

El mes de noviembre está marcado por la fiesta de Todos los Santos y la conmemoración de todos los Fieles Difuntos. Dos perspectivas que iluminan nuestro caminar hacia el final del año litúrgico, con la solemnidad de Cristo Rey del Universo.

El reinado de Cristo tiene como estilo de vida las bienaventuranzas, que nos llevan a identificarnos y abrazarnos a la Cruz, su auténtico trono; en él está clavado con el pecado del mundo que incluye también mi pecado personal. En el trono del Calvario se da el abandono total del Hijo en los brazos de su Padre. Así, con su vida entregada, haciendo el bien a todo el que se lo pedía y le abría el corazón, nos enseñaba el camino a recorrer hasta el momento en que dejamos la vida terrena para presentarnos a nuestro Creador. 

Los Santos supieron encontrar el camino hacia la vida eterna, siguiendo a Cristo, el Hijo de Dios, hecho carne de nuestra carne, para que nuestra débil carne humana pudiese llegar a la eternidad. Por donde pasaron trataron de hacer el bien, dejando el buen olor de Cristo en sus actos y palabras.

Y los Fieles Difuntos nos hacen recordar la fragilidad de la vida y su final, tarde o temprano. La Iglesia nos invita a la oración y sufragios por todas las personas difuntas que el Señor puso en nuestro camino y dejaron en nosotros la huella de su amor. Por eso es justo recordarlos y rezar por ellos, dando gracias a Dios por el don de su vida y para que reciban el perdón de sus pecados y el premio de todas sus buenas acciones.

El final del Año Litúrgico nos invita a considerar las postrimerías del hombre: muerte, juicio, cielo o infierno. De esta manera nos invita a pensar cómo estamos viviendo la vida que se nos ha concedido, haciendo un buen examen de conciencia. 

Con estas consideraciones nos hacemos conscientes de la unión e interacción entre la Iglesia triunfante, purgante y militante. Es decir, que los santos nos ayuden e intercedan por nosotros; que nuestros difuntos, por nuestras oraciones, recuerdo y sacrificios, puedan gozar de la vida eterna; y que nosotros, los que aún vivimos en este mundo, sepamos, con Cristo y por Cristo, sembrar el reino de Dios con nuestros hechos y palabras.

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

 

Editorial Noviembre 2022

La fuente de la esperanza es Cristo

La Iglesia se sigue presentando con el mismo anuncio de siempre, que es su único tesoro: Jesucristo es el Señor; en Él, y en ningún otro, podemos salvarnos (Hch 4,12). La fuente de la esperanza, para Europa y el mundo entero, es Cristo, y la Iglesia es el canal a través del cual pasa y se difunde la ola de gracia que fluye del Corazón traspasado del Redentor. San Juan Pablo II confesaba lleno de esperanza que el Señor resucitado y vivo es la única y verdadera esperanza del hombre y de su historia.

El último libro de la revelación, el Apocalipsis, clama “Ven, Señor Jesús”. Es quizás, la invocación más antigua que conservamos. ¡Maranathá! ¡Ven, Señor Jesús!. Es una palabra aramea, la lengua que hablaba Jesús. Es una exclamación que se conservó en su dicción original. Con este mismo grito, el Apocalipsis cierra el Nuevo Testamento.

Pastores y comunidades caminamos muchas veces, bajo el síndrome del atardecer, como la Iglesia de Laodicea, pues la tibieza y el escándalo se han apoderado de nosotros. Pero no todo está perdido, pues Dios sigue llamando a nuestra puerta y nos espera con infinita paciencia. Si le abrimos nuestro corazón, seremos renovados para anunciar, henchidos de esperanza, la esperanza del reino entre nosotros.

En medio de esta esterilidad que experimentamos, Dios continua presente tejiendo los hilos de la historia, de manera incomprensible para nosotros. La tarea profética del pastor hoy, junto a la enseñanza y a la guía por el desierto de la comunidad, es mantener y levantar el ánimo y la esperanza del pueblo de Dios.

Dejemos de lado el miedo, la resignación y la nostalgia del pasado y, con la valentía de los mártires, confesemos nuestra fe en Dios, como una confesión de esperanza en el futuro, conscientes de que el Señor nos acompaña y nos lleva de la mano.

 

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

 

Editorial Octubre 2022

A mi párroco, Mn Valentín Balaguer Planas con gratitud

Llevo 42 años ordenado como sacerdote y Mn. Valentín tuvo una parte muy importante en el desarrollo de mi vocación sacerdotal, en la parroquia de los Desamparados, del barrio de la Torrassa. Ahora que se jubila con 91 años y 53 como párroco de Nuestra Señora de los Desamparados, merecidamente le quiero expresar mi recuerdo agradecido por su ministerio sacerdotal ejercido con tanto amor, generosidad y sacrificio. Buen continuador de su admirado Mn. Jaume Busquets.

Recibí la primera comunión de manos del párroco de entonces Mn. Jaume Busquets en el año 1961. Hombre de temple y con carácter. Recuerdo que acompañé a mi padre cuando lo llamó para participar en la procesión del barrio que él organizó, encomendándole llevar el ritmo, con el tambor, en el paso del Santo Entierro. Yo también participé en ella como nazareno, así como medio barrio. Una muy buena idea del párroco para ir integrando el aluvión de inmigrantes de Murcia, Andalucía y Extremadura.   

Alrededor de la parroquia giraba la vida del barrio, teniendo mucha importancia el colegio de “los curas” y el de “las monjas”. Muchos domingos, de críos, íbamos al cine “de los curas”. Allí vi la película “Fabiola” que, al contemplar el sufrimiento de los mártires, me llevó a confesarme con el cura. Esta fue una de las primeras veces. Vagos recuerdos, el de la muerte de un vicario joven en el confesionario y de la muerte de Mn. Jaume. Tuve una infancia feliz con las primeras letras, el “entierro de la sardina” y el ambiente de las fiestas populares en la calle.

Cuando le nombran el año 1969 párroco a Mn. Valentín, yo ya estoy por la vida parroquial y en todos los grupos se celebra con contento su nombramiento. Es el sacerdote que está, que deja hacer, que sin protagonismos se convierte en un punto de referencia. A partir de los 14 años, como tantos otros del barrio, paso a trabajar de día en una gestoría y continuar el bachillerato superior, por libre, por la noche. Y entre la “Legión de María”, el grupo excursionista, el inicio del escultismo en sus primeros intentos de implantación en la parroquia y las colonias de verano para niños, fue abriéndose paso la idea del sacerdocio y Mn. Valentín fue guiando ese discernimiento.

Todo empezó en una Misa de Nochebuena. Presidía Mn. Valentín. La casulla blanca, las flores blancas, el incienso, el canto del salmo 97. Una liturgia bien hecha como siempre le ha gustado. Lo cierto es que al acabar la celebración de la Misa me fui a la capilla del Santísimo y recé sin saber qué rezaba. Pero Dios había entrado en mi vida. Y se lo consulté a mi párroco, a Mn. Valentín.

Me dijo que siguiese haciendo mi vida normal, pero que fuese a Misa cada día que pudiese y que hablásemos cuando tuviese alguna duda. Hablar con él en el despacho se fue convirtiendo en algo habitual y cuando me dijo que podía tener vocación yo no tenía ni idea de cómo se hacía un cura. Era un mundo desconocido. Mi referencia era la parroquia y su párroco. Poco a poco me fue guiando y pude ir clarificando el camino y las dudas que se presentaban. 

Habitualmente me confesaba con él, en el confesionario, y no puedo decir que me  causara ningún trauma. En la Misa diaria y en la buena dirección espiritual de Mn. Valentín, fue haciéndose la luz en mi alma y, con la ayuda de la gracia de Dios y sin volver la vista atrás, inicié la aventura de seguir a Jesucristo. Era el año 1971, con 17 años, con el apoyo de Mn. Valentín y con la desolación de mi familia que se oponía rotundamente.

El 25 de mayo de 1980, Mn. Valentín asistió a mi ordenación sacerdotal y el 31 de mayo, fiesta de la Santísima Trinidad, celebré mi Primera Misa en mi parroquia de Nuestra Señora de los Desamparados, junto a Mn. Valentín.

Recuerdo aquellos años con emoción y gratitud. Fueron tiempos felices de juventud y la parroquia y Mn. Valentín, mi párroco, forman una parte imborrable de mi historia.

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

Editorial Septiembre 2022

Año Santo Compostelano

Seguimos en el Año Santo Compostelano y, por tanto, la visión de los peregrinos caminando hacia la tumba del Apóstol, llena de colorido y vida nuestra alma, recordándonos que todos somos peregrinos hacia la Casa del Padre. Los caminantes nos recuerdan que tenemos que ir ligeros de equipaje por la vida, evitando pesos y ataduras innecesarias que dificulten nuestro caminar.

Tiempo es este de mirar de qué cosas podríamos prescindir; qué cosas nos agobian y porqué. El peregrino que tiene la ruta por delante, sabe que ha de administrar sus energías y que el caminar en silencio ayuda a concentrarse. También nos podemos preguntar si nos cuesta estar en silencio y porqué.

Como los peregrinos, debemos tener muy clara nuestra meta. Los bautizados estamos llamados a ser ciudadanos del cielo. Nuestro destino no es la nada, sino la vida eterna. Y como los peregrinos que, en el Monte del Gozo ven ya cercana la tumba del Apóstol, así nosotros, haciendo el bien a nuestro alrededor, comenzamos a vislumbrar y experimentar que podemos, con nuestra manera de vivir, hacer un trozo de infierno o de cielo a nuestro alrededor. Tenemos que saber escoger la manera de vivir.

 

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

 

Editorial Agosto 2022

No todo vale

Estamos asistiendo a un cambio de época. Lo que se está desarrollando ante nuestros ojos es la disipación de la cortina de humo, construida por la ideología occidental que gobernó el mundo después de la Segunda Guerra Mundial. Un mundo en el que el progreso de la tecnología, el comercio y la democracia liberal debían garantizar la dulzura, la calma y el placer…

Los niños mimados que hicieron el “mayo del 68” han gobernado el mundo durante 50 años. Con el pretexto de que los antiguos habían engendrado dos guerras mundiales y todo tipo de abominaciones, se han dado el derecho de juzgar y condenar su herencia. Pero, ¿lo hicieron mejor? Poseedores de un poder desmesurado sobre la sociedad, sobre las mentes y sobre el medio ambiente, llevaron al límite su concepción de la libertad: libertinaje político, libertinaje moral, liberalismo económico.

Ahora tenemos cierta perspectiva histórica y unas cuantas constataciones. El mundo (en realidad, «Occidente») se cree más rico, más libre y con más conocimientos que nunca. Sin embargo, lejos de generar los tiempos felices, pacíficos y prósperos prometidos, la ideología dominante ha producido desesperación, desilusión, despilfarro, divisiones, drogas, violencia, libertinaje, suicidios, angustia… en definitiva ha sido un gran engaño. Los nietos de la generación que tenía 20 años en 1968 no son más felices ni viven en un mundo mejor. Durante 50 años se ha pretendido construir un mundo de ocio y consumo para todos, como máximo exponente de una supuesta felicidad.  

Pero el humo se ha ido despejando. El virus Covid-19, la guerra de Ucrania y las sucesivas crisis han cuestionado los ídolos fabricados por la mano del hombre. Todo ha resultado ser «vanidad y aflicción de espíritu» (Ecl 1,14).  Al prescindir del Buen Dios, de su liturgia e incluso de su Nombre, nuestra sociedad basada en el humanismo, la ciencia, la política y la economía se ha extraviado. Lejos de liberar al hombre, lo ha cegado, esclavizado y hechizado.

En un vídeo un hombre decía: «Mi abuelo caminó 16 km, mi padre 8 km, yo conduzco un Cadillac, mi hijo un Mercedes y mi nieto conducirá un Ferrari… pero mi bisnieto volverá a caminar». Pero mi bisnieto volverá a caminar. ¿Por qué? Porque los tiempos difíciles hacen hombres fuertes, los hombres fuertes hacen tiempos fáciles, los tiempos fáciles hacen hombres débiles y los hombres débiles hacen tiempos difíciles.

Han vuelto los tiempos difíciles… En cierto modo es una buena noticia: nuestros nietos volverán a caminar, serán más pobres, pero vivirán con más sentido la vida que se nos ha concedido.

 

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

 

Editorial Julio 2022

San Isidro al estilo de San José

El relativismo moral que atenaza a nuestro mundo fue descrito por el entonces Cardenal Ratzinger, antes del Cónclave en el que sería elegido Papa el 19 de abril del 2005, tomando el nombre de Benedicto XVI. Ante este mundo nihilista y materialista que considera que, al final, todo se reduce a la nada y que nada tiene sentido; donde se rechazan todos los principios religiosos y morales y desprecian las virtudes cristianas, que tachan de anticuadas y traumáticas, podemos acudir a San José y a un buen discípulo suyo, San Isidro Labrador.

Ante todas las tragedias que acosan a la humanidad, les pedimos que guíen nuestros pasos por el camino de la paz. La paz de Dios no es solo ausencia de guerras, sino tener todas las condiciones necesarias para poder vivir dignamente y donde se respete a las personas, a la vida desde su concepción y a la creación que hemos recibido de Dios.

Es especialmente significativo que Isidro haya subido a los altares siendo un hombre de su casa, respetuoso con su mujer e hijo, a los que llevaba el pan cotidiano con su trabajo, cuando la casi totalidad de los santos que la Iglesia propone como modelos de vida cristiana, gozan de una consagración que los pone en estado de vida diferente de la mayor parte del pueblo de Dios. Isidro ejerció de casado toda su vida. Y se santificó con el trabajo cotidiano y la vida familiar. Un sencillo labriego. De ahí el patronazgo que ostenta como patrón del campo español. Son infinitas las ermitas, capillas e iglesias dedicadas en su honor por España y América, y las plegarias que le dirigen en los momentos de sequías o heladas.

Hoy podría resaltarse en él que era un laico y su vida familiar. Es un santo cercano al común de los mortales. Isidro Labrador y María de la Cabeza forman uno de esos pocos matrimonios que la Iglesia ha elevado a los altares. Y nos presenta al hombre que se santificó con su trabajo diario y su vida familiar. 

Como San José, para san Isidro Dios era siempre lo primero y dejaba que fuera Él quien condujese su vida.  

Es aleccionadora la anécdota del Papa Benedicto XV, allá por el año 1916, cuando paseando con algunos cardenales, les dijo: “He disfrutado estos días leyendo unos cuadernillos de una monjita carmelita francesa que murió a finales del siglo pasado. Santidad, comentó uno de los acompañantes, ¿se trata acaso de Sor Teresa del Niño Jesús que murió tísica a los 24 años en 1897? –Sí ciertamente. Así se llama. Una doctrina maravillosa y una vida encantadora. Creo que el Señor quiere que la propongamos como modelo de santidad ordinaria para nuestros días. Santidad, contestó el purpurado. ¿Ha pensado bien lo que va a hacer? Se trata de una chiquilla que se encerró en un convento de clausura a los 15 años, que murió a los 24 y que no hizo nada extraordinario. Si, tiene usted razón, no hizo nada extraordinario pero hizo todo lo ordinario extraordinariamente bien hecho”. Esto es la santidad.

 

Francisco Prieto Rodríguez, pbro. 

Párroco.

 

Editorial Junio 2022